Los correos del crimen

El emblemático sector comercial San Victorino de Bogotá camufla una de las actividades más tenebrosas en el mapa criminal de la ciudad.

EL ESPECTADOR

Detrás del bullicioso festín comercial de la populosa Plaza San Victorino en Bogotá se mueve silencioso el mercado criminal más grande y peligroso del país: estafadores, jíbaros, prostitutas, falsificadores y unos personajes fantasmales y temibles: los ‘correos’ del crimen.

El millonario negocio, que alimenta el resto de la ciudad prohibida, pasa desapercibido entre el frenético flujo peatonal de un sector que conecta el convulsionado centro con la otra Bogotá. Y para detectar este oscuro mundo hay que andar con ‘aires’ de que se pertenece al lugar, aunque “si uno se cruza con la persona equivocada…”, advierte el dueño de una casetica de libros usados.

El aviso del librero es oportuno. La amenaza se percibe en las miradas de personas que aparecen y desaparecen como fantasmas al sospechar la presencia de un ‘extranjero’, como les llaman a los “soplones” y a los “perros” o reporteros, “Detectan a los extraños como los ladrones huelen el miedo de la gente”, dice el librero.

Silencio cómplice

La apariencia de San Victorino es la de un típico mercado céntrico colombiano: atestado, desordenado, sucio y amenazante, a pesar de la presencia de 10 o 15 policías que a veces llegan de rutina a la Plaza, aunque casi siempre se les ve chateando en sus modernos celulares.

A mediados del siglo XX, el arquitecto suizo Le Corbusier alertó a las autoridades de la capital y dijo que el mal genio de los bogotanos se debía a sus estrechas y oscuras calles y al desorden de sus plazas. Recomendó derrumbar los viejos edificios del centro, ampliar las calles y cerrar la Plaza San Victorino, para hacer una especie de parque peatonal verde.

La Plaza sobrevivió a pesar de la construcción de nuevos edificios y calles más amplias y siguiósiendo el caótico puerto ambulante para comerciantes y turistas del resto de la ciudad y del país. Y lo que sucede hoy entre la policía y los anónimos criminales resulta ser igual que desde sus orígenes, según los testigos de la Plaza.

Aseguran que los antisociales no le temen a la autoridad sino a los periodistas y a las cámaras, en un círculo vicioso en que la autoridad y los bandidos parecen tolerarse en un tácito pacto de no agresión, mientras no se altere el orden.

Los agentes de la Policía se tornan evasivos cuando se les indaga sobre la vida oscura de San Victorino, lo que alerta a los delincuentes. Un denunciante anónimo que narra las mil y una historias del sector, ha detectado a dos mujeres merodeando cerca y aconseja a todos que vuelvan a sus actividades para no despertar sospechas.

Los ‘correos’ del crimen

Un hombre rapado y bañado en ‘menticol’ entra a la tienda de ropa donde se realiza la improvisada reunión de la denuncia, y pregunta por una caja de pañuelos pirámide. La dueña sabe de inmediato que no es un comprador habitual, sino un ‘correo’ del crimen: personas de apariencia común y enlaces de las mafias.

Cerca de allí, dos mujeres charlan y fuman sobre un andén. Se les acerca una señora con una menor de la mano, hablan algo y se alejan. Más tarde las dos mujeres reaparecen sonriendo. Son ‘correos’ del aborto y seguro han vendido alguna inyección abortiva de Pitocin, pastas de Cytotec o brebajes para el mismo fin, a un costo entre 60 y 200 mil pesos.

En otro punto ocurre la transacción más común: las drogas. Este ‘correo’ simula ser un vendedor de medias y tranza con un joven de morral estudiantil. El ‘jíbaro’ se pierde entre el hormiguero humano hacia otro de los lugares más dolorosos de la ciudad: el infierno del ‘Bronx’, un pestilente muladar del vicio y el crimen infestado de indigentes convertidos en despojos humanos.

El amenazante ‘Bronx’ era hasta poco la despensa más grande de drogas de la ciudad y armas del país, manejado por mafias de exparamilitares, cuyos cabecillas han sido capturados recientemente, desestabilizando una de las bandas criminales más poderosas de las ciudades colombianas. Sin embargo, tal como lo afirman las autoridades, estas bandas se reorganizan rápidamente y trasladan sus negocios ilícitos a otros sectores.

Diplomas y billetes falsos

El ‘correo’ de los diplomas y otros documentos es un señor flaco con bigotico de Hitler y un legajo de papeles bajo el brazo. Se pasea con tranquilidad, ya que también sirve de tramitador de las diligencias burocráticas ordinarias, mientras detecta al ojo quién busca una cédula falsa, un diploma universitario, un apetecido postgrado, un pase de conducir o una libreta militar, entre otros.

Del tráfico de billetes falsos se cree que desde aquí se distribuyen cada semana millones de dólares a otras ciudades colombianas, Ecuador y Venezuela. Los falsificadores colombianos de dólares tienen reputación de ser los mejores del mundo, por lo que el gobierno americano renueva con frecuencia el diseño de sus billetes.

El multimillonario mercado de las armas, manejado por el eje Farc-Narcotráfico desde el ‘corredor amazónico’, tiene a Bogotá como la ciudad con mayor demanda bélica del país, según informes militares. Y para acceder al ‘correo’ de las armas hay que pedir una cita telefónica con una persona que habla con una voz distorsionada electrónicamente.

El Centro de Estudios del Distrito asegura que en el sector se suministran todos los días revólveres, pistolas y municiones a gente común, delincuentes callejeros, bandas criminales y en especial al creciente comercio que florece en las cárceles de la capital.

La prostituta

En la Plaza no se puede estar mucho tiempo en un mismo sitio sin ser blanco de intrigas. Hay que moverse al vaivén de los transeúntes y no mirar a nadie a los ojos. “Si a usted lo ven parado por ahí, los manes le caen como agentes de la Sijin y se lo llevan pa’los sótanos”, dice un perfumista ambulante.

Una fotografía a un retratista que usa a dos llamas peruanas como modelos, levanta a una hilera de personas sentadas en un bordillo, y que antes se hacían en la escultura La Mariposa, de Edgar Negret, recuperada en el año 2000 y hoy sucia de grafitis, vómitos y excrementos de borrachos. Los ociosos se alejan, pero algunos se quedan merodeando para averiguar quién ha tomado la fotografía.

El episodio también saca de la rutina a una prostituta de aspecto casi infantil que no deja de estirar su faldita roja para llamar la atención. “Las ‘sardinas’ son enlaces de los manes, si me entiende”, dice más tarde el perfumista. No es fácil convencer a la jovencita de que la foto era una ‘pantalla’ para acceder a sus servicios. “Mmm, usted parece de la poli, ¿no?”, dice con desparpajo.

Guarda el celular y se maquilla para ocultar a la quinceañera que hay debajo, aunque por las noches hace todo lo contrario y expone su tentadora figura de niña prohibida en la ‘zona caliente’ del barrio Santa Fe, una víctima más de la red de prostitución de menores del centro de la ciudad.

La muchachita va de un lado a otro para que la sigan como perro faldero. “Oiga poli, 20 mil y vamos a mi cuarto”, dice, pero una fingida excusa deshace el pacto. Otra prostituta vestida con más discreción ha seguido la escena y le cae a la presa; “pagas la habitación, los condones y arreglamos”, dice. El trato se frustra y se aleja, mientras llama de su celular sin perder de vista al extraño cliente.

Las caras de San Victorino

Un día en San Victorino es en apariencia igual a todos, gente regateando mercancías, parejas fotografiándose, ancianos solitarios, indigentes en el limbo, niños alimentando a las palomas, excepto porque hay días que está más agitada. Aseguran que las mafias sacan a la calle toda clase de ventorrillos para crear aglomeraciones y distraer a los peatones, al tiempo que cometen algún crimen en otro lado.

La Plaza también adquiere otra ‘personalidad’ con el arribo de los agentes de la Policía. El lugar recupera cierta tranquilidad, pero no porque los criminales se ahuyenten sino todo lo contrario, de acuerdo con los denunciantes. Los antisociales sacan provecho de la acostumbrada presencia de los uniformados, para vigilar a sus verdaderos enemigos: los periodistas con sus cámaras y a los ‘soplones’ de la competencia en el negocio.

La cara irónica de la Plaza es la de los tradicionales raponeros del centro, que ante los temibles ‘correos’ se ven inofensivos. Solo se atreven a sus fechorías fuera del perímetro de las mafias, y si desobedecen reciben una golpiza. Los ladronzuelos prefieren esperar a que los caminantes se alejen por las intimidantes callejuelas para atracarlos y, en ocasiones, apuñalarlos cuando cae la noche.

Los ‘correos’ de la muerte

En el renovado parque Tercer Milenio deambulan los habituales indigentes, como recordando el antiguo infierno del “cartucho”, recuperado en el año 2000 aunque nunca logró integrarse al paisaje urbano del sector, a tal punto que los peatones prefieren bordearlo antes que atravesarlo.

Algunos de estos indigentes tiene una misión: merodear la morgue distrital para saber a qué horas la “paletera” (ambulancia de la Morgue) llevará un “filete” (cadáver) al Cementerio del Sur. Antes, estos entierros se hacían a plena luz del día, pero debido al creciente comercio de los cadáveres NN ahora se hacen en la madrugada y se ha reforzado la vigilancia.

Al arribo de los enterradores al cementerio, los vándalos esperan en sus cuevas mientras consumen drogas chamuscadas, beben aguardiente y tienen sexo. Los empleados hacen rápido su trabajo y se marchan. Los comerciantes de la muerte desempotran la caja de la pared, llevan el cuerpo a un rincón y sellan de nuevo el hueco con cal viva y cemento y queman la caja.

En algunos casos desmiembran el cuerpo allí mismo o lo envuelven y se lo llevan completo, dependiendo del encargo, si es para los estudiantes de medicina, si es para los brujos de los negocios esotéricos o para el ritual de los nuevos capos colombianos que queman el corazón de algún asesino para que les proteja su propio corazón de las balas enemigas.

Por la tarde llegan los verdaderos dolientes de los NN, aunque ya no exista ataúd ni cadáver. Son en su mayoría hombres y mujeres adultos, solitarios que se visten con dignidad para la ocasión y llevan flores plásticas a sus muertos ajenos y los lloran tratando de dar amor a quienes no pudieron dar en vida.

De regreso a la Plaza, los policías desalojan el lugar al mediodía para volver de improviso otro día. Los cientos de vendedores ambulantes, que habían recogido sus baratijas al arribo de los uniformados, salen de todas partes como moscas sobre restos de comida y tiran sus baratijas en el piso. “Los polis joden mucho y no dejan trabajar”, dice una vendedora de sudaderas.

En el atestado pasaje que conecta la Plaza con la carrera décima sobresale un señor alto y flaco, de gorra roja, morral sucio y unos frasquitos en las manos. Parece otro vendedor, pero no anuncia su producto. Una mujer con evidentes surcos de sufrimiento en su rostro se le acerca y compra un frasquito. “Nunca falla”, le dice el hombre sin mirarla. Es talio, un veneno mortal para ratas y humanos…

 

Por Uriel Ariza Urbina, colaborador de Soyperiodista.com.

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