Nariño, bajo el manto de la violencia

Decir que el departamento de Nariño es un “oasis de paz”, como comúnmente acostumbran a decir los que nunca han padecido el rigor de la violencia en sus distintas formas, es una falacia.

“No halle la voz sus altas soledades/ que la Patria dejo de ser amiga/ y están sin libertad sus libertades”. Luis Vidales.

En cuanto a desorden público el departamento de Nariño ocupa los primeros lugares del país en cuanto a violencia se refiere. Incursiones gerrilleras, de paramilitares, secuestros, extorsiones, asesinatos selectivos o indiscriminados, atracos en carreteras, entre otras acciones delincuenciales, son en estos momentos las características que ponen de manifiesto la difícil situación que se afronta.

Tanto las autoridades civiles como militares y de policía poco o casi nada efectivo han hecho a fin de prevenir y controlar las repercusiones de la guerra sin nombre que padece esta parte del territorio nacional. Las personas que residen o tienen algo que ver con la vida de los municipios del departamento son testigos elocuentes de la falta de seguridad. Ellas muchas veces en carne propia han sido víctimas de todos quienes actúan por fuera del marco de la ley en cualquier lugar de la resquebrajada geografía nariñense.

Decir que el departamento de Nariño es un “oasis de paz”, como comúnmente acostumbran a decir los que nunca han padecido el rigor de la violencia en sus distintas formas, es una falacia. No se puede continuar viviendo de ese concepto porque la realidad es franca y sincera y ante nuestros ojos se encuentra presente.

En Nariño la violencia dejó de ser una simple palabra que años atrás permitía saber con certeza quién o quiénes eran los que ponían los muertos, para pasar a ser en la actualidad un inmenso laberinto en donde resulta imposible poder determinar a ciencia cierta si los cadáveres que hoy ruedan por campos y ciudades pertenecen a los defensores de las supuestas instituciones democráticas, a los grupos subversivos, a los narcotraficantes, a los paramilitares, a la delincuencia común o a una población civil que se cree ajena al conflicto bélico que atraviesa esta sección del país.

Ante ese desolador panorama de destrucciones y muertes en que se halla sumido el departamento se ha perdido el respeto por la persona humana. “Nos volvimos una región animalesca, selva, es decir, reinado del más astuto, del más fuerte”. Se asesina indiscriminadamente porque se tiene la convicción que el asesinato de unos colombianos es un bien para otros colombianos.

Tal como se presentan las cosas, “una de las partes en guerra parece afirmar que estamos en una sociedad justa y que sus adversarios están demoliendo esa situación buena; por consiguiente son injustos y deben ser eliminados para que la justicia se mantenga. De la otra parte, parece alegarse que la situación en que vivimos es de injusticia y que la guerra busca eliminar los elementos injustos para instaurar una sociedad justa”.

Estamos en un tenebroso juego en donde nadie quiere perder, ni ceder un milímetro del poderío que se cree ostentar para defender sus privilegios. Y así quienes conforman los tentáculos del pulpo de la violencia matan con igual saña al viejo enemigo que al transeúnte desconocido. “El que mata a su enemigo se está vengando. ¿Pero el otro?, ese también sólo que queda en abstracto. De esta venganza en abstracto mueren y mueren día a día muchos colombianos”, como los nariñenses.

Pedir, clamar a gritos para que quienes tienen las fórmulas y mecanismos dentro del ámbito legal o fuera de él que salven a nuestra querida Patria y, por ende, a nuestro departamento se esta convirtiendo en una utopía porque nadie, absolutamente nadie quiere aceptar atribuirse el monopolio de la violencia y decir esta boca es mía para justificar la muerte de tantas personas inocentes y de los innumerables hechos punibles que se realizan.

Por Luis Eduardo Solarte Pastás, colaborador de Soyperiodista.com