'Ni siquiera la lluvia', un repaso a la vida de Hemingway

Le debemos a Alberto Duque López y a Ediciones Gaviota un sincero agradecimiento por obsequiarnos “Ni siquiera la lluvia”, una “novela que causa deleite, desazón, sorpresa y complicidad, como un aporte a la búsqueda de nuevas experiencias dentro de la narrativa colombiana y latinoamericana”.

“No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después”: Eclesiastés.

El 2 de julio de 1961 Ernest Hemingway seguía la tradición familiar de acabar voluntariamente con la existencia, su padre Clarence, su hermana Úrsula, su hermano Leicester y su hijo Gregory habían hecho lo propio. Para Hemingway, aquejado de la enfermedad del olvido, de Alzheimer y de intensos delirios la salida no podía ser otra diferente. Le dolía no poder escribir, no tener las palabras que lo habían hecho célebre, que lo inmortalizarían más allá de la Habana Vieja, del Floridita, de la Finca Vigía o de los titubeos intensos y continuos del Pilar.

Alberto Duque López logra magistralmente recrear la vida de Hemingway mediante una estrategia literaria que aprisiona al lector desde los primeros párrafos, pues, como su maestro de letras, escribe siguiendo sus preceptos de “escribir frases cortas, párrafos iniciales muy breves, un idioma vigoroso”. Se vale para ello de Amarilis, una cubana que “trabajó con el autor de El viejo y el mar en Finca vigía , cerca de la Habana”, quien además, “lo evoca en algunos momentos de su escandalosa existencia, marcados por la vida y la muerte, la pasión y el desgano, la gloria y la soledad, lo cotidiano y lo sublime mediante un monólogo que rasga la memoria ya perdida de esta mujer que, encerrada en una habitación intenta comprender su propia tragedia y la de ese escritor formidable que dejó algunas de las obras definitivas de la narrativa moderna..”.

Pocas veces se logra dibujar tan plenamente a un escritor con tan pocas palabras, en un monólogo que continuamente se parece un dialogo entre fantasmas, entre personajes que no se sabe si viven o mueren, o, si siquiera existieron en la memoria de los hombres. Pero que consigue reconstruir como si hubiese estado presente en los momentos definitivos e íntimos del personaje y quienes compartieron la tragedia de Hemingway tanto en vida como en muerte: “¿cierto que no estás muerto, Papa, que te salvaste de esa madrugada con la escopeta de matar tigres, que te llevaron a una clínica y te salvaron y te curaron y te pegaron las dos mitades de la cabeza, cierto? Respóndeme”. Y, curiosamente, es el lector quien encuentra las respuestas por cuanto se ve obligado a tomar partido entre la nada de los recuerdos y el todo de la ausencia.

Y tomados de la mano de Amarilis se recorren los sitios donde perdura y para siempre la presencia fantasmagórica de Hemingway, aun aquellos donde “Los arboles…huelen a verde”, El Pilar, El Floridita, Ketchum, Finca Vigía, Cabañas, Puerto Cubano; y en medio de ellos las noches deliciosas y de parranda donde los daiquiríes permitían hacer de la existencia un instante más placido y sencillo. Alberto Duque López recrea de una forma única, magistral e inigualable la vida tormentosa y solitaria de quien siempre fue visto como un ser plenamente feliz en sus largas horas de pesca y bohemia.

En ciertos pasajes el monólogo permite una extraña interacción con sus personajes, que son Uno y que continuamente se desdoblan para dar esa sensación de compañía; muchas veces se toma partido de una forma inconsciente por la manera pasional con la que el autor aborda el o los personajes que siempre resultan ser ficticios y que únicamente se encuentran en el enigma de una mente que recuerda para olvidar: “Soy una copia tuya, terca como tú, orgullosa como tú, con profundas depresiones como tú, con largas semanas internada en una clínica como tú, con miles de botellas de licor bebidas en sesiones maratónicas como tú, con un corazón vuelto cenizas como tú, con un cansancio irremediable como tú, con una tristeza insalvable como tu…. Soy un naufrago como tú”.

Quizá el mayor aporte de Alberto Duque López en “Ni siquiera la lluvia” radica en presentarnos a un Hemingway más humano, más vital y misterioso, abierto a todo y siempre encerrado en su mundo de papel: toros, boxeadores, viajes, peces, guerras y olvidos. Un Hemingway que se hundía consciente e inconscientemente en la Tierra del Olvido por cuanto “Todo se te había olvidado, olvidaste los nombres, olvidaste los rostros, olvidaste los lugares, olvidaste los sabores, olvidaste los olores, olvidaste los sonidos, olvidaste todas las sensaciones que llenaron tu vida…”. Y como tal, vencido y victorioso a la vez, tendría que recurrir al único camino que su biología y las circunstancias le ofrecían, y así, ese domingo 2 de julio de 1961 toma la (¿fatal?) decisión de enfrentar cara a cara las angustias de su propia existencia.

Le debemos a Alberto Duque López y a Ediciones Gaviota un sincero agradecimiento por obsequiarnos “Ni siquiera la lluvia”, una “novela que causa deleite, desazón, sorpresa y complicidad, como un aporte a la búsqueda de nuevas experiencias dentro de la narrativa colombiana y latinoamericana”.

Por PABLO EMILIO OBANDO ACOSTA, colaborador de Soyperiodista.com