Nuestras guerras ajenas. ¿Qué hacer?

La guerrra interna ya no le pertenece a los colombianos desde hace muchos años. Los padres de la patria la vendieron hace ya un largo tiempo. Primero se la entregaron a los Estados Unidos, y éstos la vendieron a Empresas Militares Privadas, EMP.

EL ESPECTADOTR

La guerrra interna ya no le pertenece a los colombianos desde hace muchos años. Los padres de la patria la vendieron hace ya un largo tiempo. Primero se la entregaron a los Estados Unidos, y éstos la vendieron a Empresas Militares Privadas, EMP.

Son éstas las que se lucran de la muerte en nuestro país. Son estas empresas, generalmente dirigidas por ex militares gringos, las que hacen lobby en los pasillos del Congreso Norteamericano (por lo cual cobran) para las ayudas militares, que, una vez obtenidas, activan los resortes de la guerra.

Ellos son los proveedores de los aviones fantasmas, helicópteros de segunda, munición, uniformes, alimentos, medicamentos para sus ejércitos, entrenadores para la tropa oficial y los mercenarios, inteligencia militar, planes psicológicos para el control de masas, pago a periodistas y medios para limpiar o borrar cualquier sombra de duda sobre los planes "democráticos de la potencia del norte", y otro largo etcétera difícil de nombrar.

Estas trasnacionales del crímen tienen sus peones allí donde ponen el ojo. En Colombia tienen a los suyos. Estos están en el gobierno, en los cuarteles, en la justicia, en los montes y ciudades y hasta en la Iglesia. Unos velados y oscuros, difíciles de identificar, otros brillantes y totalmente visibles. Son los encargados de hacer descarrilar cualquier intento de paz negociada.

Claro que no solamente están de por medio las jugosas ganancias que deja cualquier conflicto armado. Están también los intereses geopolíticos, la protección de las inversiones internacionales y el dominio regional por parte de la potencia dominante.

El presidente George Bush, en alianza con Alvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia en ese entonces, estuvieron a punto de poner en marcha un operativo militar encaminado a poner un candado a Venezuela seguido de una posible intervención armada en el opaís bolivariano. Uribe Vélez entregó 7 bases militares estratégicas facilitando, de entrada, la ocupación militar del país. Los altos tribunales, afortunadamente, declararon incostitucional el intento de ocupación militar y de paso derribó los planes de este peón, digo, presidente Uribe Vélez, de perpetuarse en el poder.

Las guerrillas, desde el momento histórico en que la región empezó a virar hacia la izquierda, se han convertido también en peones involuntarios de las Empresas Militares Privadas y los gobiernos que las sustentan.

Un análisis profundo de este fenómeno debía plantear al interior de las guerrillas su desmovilización para dejar de ser idiotas útiles de estas macabras empresas al servicio de los neocolonizadores del mundo y su arremetida ideológica y militar contra la nueva Amèrica Latina que emerge de los escombros de las viejas y rancias burguesías nacionales. No lo hicieron. Error tras error, se pusieron la soga al cuello, auspiciando, de paso, el apertrechamiento bélico colombiano que, en algún momento será utilizado en contra de cualquier país hermano.

Así que un acuerdo de paz hay que arrancárcelo como sea a las Empresas Militares Privadas y sus patrocinadores. ¿Pero cómo?. He ahí el dilema. Declarar un cese unilateral del fuego trae un serio riesgo: propiciar un genocidio mediante el bombardeo a campamentos en tregua. De allí la necesidad de un cese bilateral de hostilidades. Los actores armados deben entender que en estos momentos no es más fuerte el que más muertos ponga sobre la mesa de los diálogos de La Habana, sino el que evite menos muertes. Cualquier victoria militar de cualquiera de los bandos es una dolorosa derrota del pueblo colombiano.

Tal vez el esquema de pensamiento occidental, con su dictadura del mercado, la competencia como esencia vital, la seguridad de los prviilegios de clase como ideología y el sálvense quien pueda como destino, ya no esté en capacidad de dar una solución a esta crísis humanitaria. Habrá que echar mano del ingenio popular, de la malicia indígena, de las experiencias pasadas, de la inteligencia humana, de una nueva visión de la política, del Estado, de la vida misma, para salir del atolladero.

Y este rol lo tendrían que jugar aquellos que realmente les interese la paz. Se me ocurre, por ejemplo, declarar los campamentos actualmente en tregua, campamentos de paz. Una vez declarados campamentos de paz, habría que buscar veedurías locales e internacionales para evitar ataques enemigos. O trasladar esos campamentos a los hermanos países de Ecuador, Venezuela, Perú o Brasil, para protegerlos de los bombardeos y avanzar en el diálogo nacional.

¿Es que acaso, al gobierno no se le ocurre otra cosa, más original, más humana, en estos precisos momentos, que lanzar bombas sobre los campamentos en tregua? ¿Es el gobierno víctima de presiones internas y externas para acabar con el sainete de las conversaciones?

Creo que ha llegado el momento de rescatar la paz de las garras de los señores de la guerra. Y para ello, es la sociedad la que debe asumir una posición activa. Los sacerdotes desde los púlpitos, los maestros desde las aulas, los campesinos desde sus organizaciones, los obreros desde sus sindicatos, las ONG desde el Derecho Internacional Humanitario, incluso los llamados apolíticos deben asumir una responsablidad histórica. Los intelectuales, los artistas, los poetas, los futbolistas desde sus estadios.

Todos deben pronunciarse, llevar un distintivo, un símbolo en el pecho, organizar recitales, vigilias, foros,análisis de la vida real para que vayamos asumiendo nuestra guerra y orientarla hacia donde queremos la gran mayoría: hacía el inico de la construcción de la paz.

Los desplazados, los exiliados, los encarcelados, las víctimas (que son más causadas por el Estado que de otras organzaciones) y los ex secuestrados deben asumir que no fueron víctimas de uno u otro bando, sino de una guerra cruel impuesta por los empresarios bélicos del mundo y las clases dominantes del país para seguir manteniendo sus intereses.

Una actitud activa y generosa de la sociedad en su conjunto podría desenmascarar a aquellos que atizan el fuego desde sus trincheras, tales como las nuevas y viejas bandas paramilitares que siembran de cadáveres a la Colombia rural y sus ciudades y que comulgan la ideología del expresidente Alvaro Uribe Velez.

Quizas, a estas alturas, sea necesario invertir los valores, las creencias, vaciar los conceptos, conjugar de nuevo nuestra forma de ver el mundo, los realistas deben echar mano de la utopía y los utópicos untarse un poco de realidad, saborearla y en consecuencia actuar. Alguien ya lo dijo, pero olvidó proponer un nuevo juego: la interacción y la conjugación de todos los verbos para una nueva versión de la paz a la Colombia.

Por Arturo Prado Lima, colaborador de Soyperiodista.com