La odisea de una migrante que quiere alcanzar el 'sueño americano'

Este es un relato de una migrante. Su nombre Delfina Zavala, 52 años, originaria de La Unión, El Salvador.

Salí de mi país el 3 de enero del 2011, con el objetivo de reunirme con mi hijo, él se encuentra en Houston. Tengo una hija más, la cual, ya está casada, por lo tanto ella vive con su familia; mi esposo murió hace 10 años, así que solo me queda mi hijo que migró hace 2 años.

Tengo viajando por ya casi cuatro meses, me he dado cuenta que los hombres tienen más facilidad de movilidad, en cambio las mujeres no solo duramos más tiempo en el camino, sino que también tenemos más dificultades por ejemplo: subirse al tren, correr y buscar donde dormir. Se piensa que por ser mujer se tendrá más ayuda, no es así, pasa todo lo contrario y el riesgo es mayor.

Mi salida de El Salvador y mi paso por Guatemala transcurrió sin ningún percance, me desplace a la frontera de Tecún Umán para posteriormente ingresar a México, fue desde ese momento donde me di cuenta que mi paso por este país iba a ser peligroso. Tuve la necesidad de tomar el tren como cualquier otro migrante, el subirme y mantenerme arriba me costaba trabajo, con el ir y bajar de los trenes comencé a tomar práctica, pero aun así, en una bajada me caí, rodé y me lastimé fuertemente el ante brazo y la mano. Durante el viaje uno vive de todo, desde los delincuentes que te roban lo que llevas encima, hasta aquellos que a pesar de ser mujer adulta, busca tocar mi cuerpo o algo más.

Después de casi cuatro meses logré llegar a Monterrey, ahí conocí un matrimonio que me propuso irme con ellos, me llevarían con un coyote para cruzarme a los Estados Unidos, al ser un matrimonio me dio bastante confianza.

Una vez más nos subimos al tren y nos dirigimos rumbo a Nuevo Laredo. Cuando estábamos por ingresar a la ciudad el esposo sacó un radio de su bolsa y comenzó a hablar, al poco tiempo dos camionetas se acercaron al tren, yo baje por mi voluntad pero me di cuenta que otros migrantes eran forzados. Me llevan a una casa, ahí estaban varias personas con aspecto de delincuentes y en otro cuarto tenían a los migrantes encerrados bajo candado, eso me atemorizó y me di cuenta que corría peligro, pero busqué no expresar mi angustia.

Una vez dentro me pude dar cuenta que la pareja que decía ser un matrimonio, no lo era, ambos (así como muchos más) salían para buscar migrantes, haciéndose pasar por personas justas con deseos de ayudarnos, pero no es así: “uno confía en ellos, porque vemos, que son centroamericanos”. Después descubrí que todo es parte de una red de ¿delincuentes.

En esa casa durante la noche la gente que nos cuidaba se drogaba y bebían alcohol, el lugar está sucio. Hubo momentos que la casa tenía mucho movimiento y en otros todo estaba en silencio. Cuando llegué, había 12 hombres migrantes y una mujer, los sacan de uno en uno y realizan llamadas, después los regresan al cuarto, si nadie les responde cuando realizan llamadas telefónicas ahí dejan a la persona encerrada.

Estuve algunos días y me presionaban bastante, así que solicité que me dejaran salir y se negaron, me dijeron que esa decisión sólo la toma el grande y ellos son simples gatos; finalmente tomé la decisión, me hice de fuerza y como puede salí del lugar. Una vez fuera busqué la forma de dirigirme a la casa del migrante, sabía que existía, pues había pasado por otras casas y me habían dicho que en cuanto llegara la buscara. Preguntándole a una mujer que me encontré en la calle, le expuse lo que me sucedió y ella me contestó: ella me orientó por donde debía caminar.

Ahora me siento segura, pero me preocupa la gente que está ahí, en especial la otra mujer; yo ya la había visto en el sur de México y sé que no tiene quién le ayude, ni familiares ni ningún teléfono a quien llamar. El ser mujer migrante tiene mayor dificultad, pues no sabes ni de quién cuidarte, hay gente que dice llegar contigo con buenas intenciones pero al final, busca un mayor provecho.

Por Comunicacion Alternativa G, colaborador de Soyperiodista.com