La paz, ¿a la vuelta de la esquina?

Pero la lógica de la vida enseña que paz no es sinónimo de desarme —aunque sea parte del proceso— ni punto de llegada de fácil acceso. Es un estilo de vida y como tal hay que aprender a vivir en paz, como en su momento se aprendió a vivir en guerra. Y como en todo aprendizaje, a Colombia le va a costar mucho tiempo y esfuerzo lograr este cambio en la actitud de sus ciudadanos.

EL ESPETADOR

Puede sonar un tanto escandaloso afirmar que las generaciones nacidas desde mediados del siglo XX hacia acá siempre han estado en guerra —ya sea directamente en el campo de batalla como víctimas o victimarios, o como espectadores pasivos sufriendo sus consecuencias—, sin embargo, vivir en paz es un bien que les ha sido esquivo.

Según algunos analistas, el país ya suma sesenta años de conflicto armado. Los pocos espacios en que ha habido algo que pueda llamarse paz han correspondido a treguas que sólo han servido para aceitar las armas, recargar las cartucheras y proveer las alforjas para luego reemprender la guerra con más ferocidad. O tal vez cuando algún grupo insurgente ha decidido entregar las armas cansado de tanta brega. De resto, ni un segundo en paz.

Y ese ambiente enrarecido de guerra ha ido dejando secuelas de intolerancia sin respetar condición social: maltrato y hasta muerte a sus parejas e hijos, jóvenes que golpean a sus compañeros hasta causarles la muerte, niños que amenazan o atentan contra sus profesores por una mala nota, o energúmenos trinando de odio contra sus adversarios políticos.

En honor a este estado de cosas, algunos colombianos van simplificando la ecuación: los comandantes de la guerrilla fijan la fecha de su entrega para ser conducidos a las mazmorras y sanseacabó rapidito, o se continúa la guerra hasta extinguirlos del suelo patrio; ¿perdonar los desmanes de la guerrilla así porque sí?, jamás. Otros, esperan que Gobierno y guerrilla se abracen y pa’lante.

Pero la lógica de la vida enseña que paz no es sinónimo de desarme —aunque sea parte del proceso— ni punto de llegada de fácil acceso. Es un estilo de vida y como tal hay que aprender a vivir en paz, como en su momento se aprendió a vivir en guerra. Y como en todo aprendizaje, a Colombia le va a costar mucho tiempo y esfuerzo lograr este cambio en la actitud de sus ciudadanos.

Ese aprendizaje incluye tragarse sapos enteros de lado y lado: que los comandantes guerrilleros vayan a corporaciones públicas o como agregados en embajadas; que los casos de políticos, comandantes del paramilitarismo y militares implicados en hechos relacionados con el conflicto sean revisados a la luz de este proceso; y que las víctimas —de guerrilla, de paramilitares, de agentes del Estado y demás actores armados— sean reparadas integralmente. Mejor dicho, perdón total para todos y reconciliación.

En estas circunstancias, lograr la anunciada paz después de tan largo ayuno no va a ser tarea fácil. Un paso necesario hacia una paz integral y duradera es definir claramente el futuro de los guerrilleros rasos desmovilizados. Para que su reintegración al seno familiar y comunitario sea efectiva, a más de alfabetización y atención psicoafectiva, deben recibir formación técnica de acuerdo con sus capacidades físicas e intelectuales, e integrada a las necesidades productivas establecidas en los planes de desarrollo de las regiones de donde son oriundos.

Esto para evitar concentrarlos en las ciudades donde las posibilidades laborales para ellos son escasas y las de creación de negocio, riesgosas. Y así no repetir la experiencia con los paramilitares: de los más de treinta mil desmovilizados —según datos oficiales— hoy nadie sabe dónde está ni qué está haciendo más de la mitad de ellos, no obstante los recursos —públicos y de organismos internacionales— destinados para su reintegración a la civilidad.

Otro paso consiste en ambientar este momento para que la sociedad empiece a construir en su imaginario la Colombia que tanto ha soñado: con niños y ancianos felices, autoridades respetables y respetuosas del ciudadano, jueces y magistrados éticos, políticos y funcionarios públicos honestos y diligentes.

Total, y en respuesta al título de este artículo, la paz sí está a la vuelta de la esquina… pero esa esquina está todavía muy lejos.

 

Por Gilberto Cardozo Barreto, colaborador de Soyperiodista.com