Un guerrero del camino

La dura pero simple vida de un hombre que recorre las calles para sobrevivir de lo que a los demás les sobra.

Nicolás Abril Bonilla

El día bogotano comienza a adornarse con los primeros rayos de sol que alumbran las casi pavimentadas calles, amplias y vacías esquinas del barrio San Fernando.

Las grandes casas que se erigen en cada una de las cuadras que tiene el barrio, yace una en particular que a pesar de que pasa desapercibida cómo cualquier otra, dentro de la cual vive un hombre que encuentra dentro de bolsas de basura, en objetos abandonados por alguien en la calle y la ayuda desinteresada de quienes lo aprecian, una forma de sobrevivir y percibir el mundo de otra forma.

José Antonio Baracaldo Quintero, de 50 años de edad, de constitución delgada, cabello negro liso, ojos de color negro, piel seca, arrugada y maltratada por el paso de los años, la inclemencia del sol, el frío y la adicción a sustancias alucinógenas. Hijo de doña Helena Quintero de Baracaldo y don Hernando Baracaldo (Q.E.P.D), hermano de Martha, Jorge, Gustavo y Alfonso Baracaldo. Tiene como profesión el reciclaje.

Sus días de trabajo inician a las 11 de la mañana. Sale de su casa, se bendice a sí mismo y con una frase paradójica pero cierta bautiza su día laboral “Vamos a ver que la palta esta botada en la calle”. Mientras “Toño”, como es conocido dentro de la urbe saluda cordialmente a todoquien se le cruce, me invita a sentarnos en lo que él llama “La esquina de Dios” (precisamente es en ella donde él encuentra un objeto en forma de bendición monetaria.).

Cuenta con voz anecdótica y con algo de metáfora la razón por la cual cayó en el mundo de la droga y el reciclaje, hace una reflexión sincera basada en experiencias vividas. “De propia voluntad mía me lancé al abismo, gracias a Dios puedo ser y tener, me lancé al abismo porque yo quise ser guerrero y guerrero soy. Yo soy vicioso no lo niego pero gracias a Dios no le hago mal a nadie, no le quito nada a nadie. Yo me volví reciclador y la gente de este barriomeestima y me regala cosas y no tengo el corazón de empujar a otro al abismo, si me dice que quiere consumir y yo irle ha alcahuetear no lo hago porque no va en mi conciencia. Siempre he sido lo mismo me considero un guerreo un guerrero del camino”.

La hora de la plata.

Llegan las 4 y 08 minutos de la tarde y Antonio en medio de un clima pasado por agua se dispone a recorrer las calles del barrio en busca de algo que le sirva para vender en las recicladoras que quedan en el barrio12 de octubre.

Sobre la calle 47 con 78, cerca del caño El Salitre, del barrio Jorge Eliecer Gaitán, se encuentra un cúmulo de basura arrumada sobre una señal de “Pare”. Allí se encuentran canastas de gaseosas, accesorios para adornar casas, cascos de motociclista, vitrinas de exhibición, cables en su interior tienen cobre, cajas de cartón, costales de harina llenos de botellas de vidrio entre otros objetos que se desvalorizan por el simple hecho de estar tirados en la calle.

Antonio recoge lo que para él es útil y propicio para vender, y mientras nos dirigimos a dicho lugar de reciclaje e inmiscuyéndonos entre habitantes de calle, recicladores, chulos carroñeros, aguas contaminadas y un intenso olor a marihuana mezclado con bóxer, cuenta que en el negocio del reciclaje “el que primero llega a un lugar así es el dueño de lo que hay ahí, ya si llega de segundo tiene que esperar a que el primero recoja para poder recoger”.

Caminamos por más de diez minutos y por fin llegamos a la recicladora 12 de octubre, atendida por la señora Gloria, quien desembolsa de su delantal un fajo de billetes de distinta denominación y le da a Toño 6000 pesos por tres canastas de plástico que alguna vez sirvieron para almacenar botellas de gaseosa. Antonio empuña el dinero en su mano derecha, mira hacia el cielo, se bendice y me dice: “¡si ve la plata en la basura, si ve!”.

“Gracias a Dios soy drogadicto pero no le hago mal a nadie
Mi dios me ampara. Mi Dios me da porque sabe que uno es bueno
A la gente que es buena no le pasa nada”

Cae la tarde y se viste de noche, el frío se hace más intenso y las calles vuelven a su soledad, son las 11:00 de la noche y llegamos a la calle 75 A N° 61-10, es la dirección de la casa donde se crió José Antonio y bajo una profunda traba de marihuana me mira a los ojos y menciona: “lo de hoy es el valor de las cosas pequeñas”.

Por Nicolás Abril Bonilla, colaborador de Soyperiodista.com

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