Un Sandy peor que la tormenta: la masacre en la escuela

El debate debería ser sobre la salud mental y la violencia que la sociedad fomenta y admite. Sobre la ayuda a padres y a maestros para detectar estos problemas a tiempo y ser capaces de brindar y/o buscar la ayuda experta.

Alex Wong, Getty Images.

Es la tragedia de la escuela primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, a 100 km de la ciudad de New York: Adam Lanza, 20 años, pálido, alto, huesudo, aislado, nervioso, tímido, quien “difícilmente hablaba, caminaba con los brazos pegados al cuerpo y siempre cargaba su maletín negro”, y quien “para atender su clase de inglés en el 10º grado en la escuela secundaria se ubicaba cerca a la puerta para entrar y salir rápidamente, sin ser notado”, se hizo ver hoy en los noticieros del mundo.

Su accionar fue horrendo: después de matar a su madre Nancy Lanza con un disparo en la cara, se dirigió a la escuela primaria ‘Sandy Hook’ en la camioneta materna. Iba vestido de negro, con camuflaje militar y chaleco antibalas, portando las dos armas semiautomáticas de defensa personal, una Glock y otra Sig Saur, y un rifle semiautomático Bushmaster .223 M4. Dejo éste en el vehículo, forzó su ingreso y mató a 20 niños entre los 5 y los 10 años, y a seis adultos más, entre ellos la directora y la psicóloga del plantel. Luego se suicidó. Disparó más de 100 veces. Su accionar fue tan rápido que cuando la policía arribó no había nada que hacer. Las armas no se han investigado aún pero el archivo de licencias se indica que doña Nancy era dueña de armas de los modelos descritos.

No hay imágenes ni de la casa ni de la escuela que muestren las terroríficas escenas. Está prohibido. Al igual que la odiosa pregunta a los padres y familiares de las victimas sobre cómo se sienten al respecto. Solo las escenas de los vivos, del dolor de la comunidad, de las congregaciones en las iglesias y centros comunitarios para compartir un abrazo e iniciar el proceso de duelo. Es curioso: los juegos electrónicos y virtuales donde se mata y se enseña a matar y a usar toda clase de armas si están permitidos. Y van en aumento, en especial cuando se trata de matar a quien ellos califican en general como ‘terroristas’ e ‘ilegales’. Tampoco el cine violento es seriamente restringido. Menos las ‘telebobelas’ ‘narcas’ que se transmiten en horario triple A.

La respuesta del país es casi unánime. Además de expresar el dolor, de consolar a los familiares de los muertos y los sobrevivientes, y de rechazar el hecho, los foros y la opinión pública se han enfrascado en el debate de controlar o no el porte de armas. El NYTimes editorializó al respecto y a él se han unido cientos de medios. Creo que también aquí están buscando el muerto rio arriba.

El autor y sus motivos

Del autor ‘parece saberse poco’. En el artículo citado en la nota, luego de entrevistar a varios de sus antiguos compañeros de clase, se dice que su foto no apareció en el tradicional mosaico de graduación del 2010 porque era Adan Lanza era 'demasiado tímido para fotografiarse'. Que tal vez no se graduó. Que hacía todo lo posible para pasar desapercibido. Que al parecer no tenía Facebook ni Twitter. Que tal vez sufría ‘algún desorden mental’, quizá la enfermedad de Asperger, una especie de autismo. Que si lo miraban, su rostro no mostraba ninguna emoción. Que se sentía incomodo cuando era centro de atención y algunos se burlaban al notarlo. Que tal vez ‘no se le dio la clase de atención que necesitaba’.

Parece poco. A mi juicio, es mucho. Suficiente para entender que tenía serios problemas y sufría por ellos. En el análisis de anoche en NBC por breves minutos habló un psiquiatra y analista, Clint Van Zant, quien hacía perfiles para el FBI, dijo: “Los niños dependen de sus madres. Las madres son parte de ellos y ellos son partes de sus madres. Ir y matar a los niños es otra forma de matar una parte de su madre”. El disparo contra su madre fue en el rostro. Para desfigurarla. Para borrarla y quitarle identidad. En su propia casa. Con armas que al parecer le pertenecían a ella. Portando la identificación de su hermano. ¿No es esto suficiente para intuir que, por razones que desconocemos, había un enorme conflicto con la madre?

Como madre, muchas veces incompetente para entender el sufrimiento y la problemática de mis propios hijos, pienso que el debate tiene una gran equivocación. El asunto principal no son los derechos constitucionales versus el control y la prohibición de portar armas. No quiero decir que ellas se permitan. En mi opinión, ese permiso solo fue válido en la conquista del oeste y no hay razón alguna para mantenerlo, aunque si hay una explicación para ello: el dinero y la influencia de los fabricantes y de los que viven del entrenamiento y del espectáculo de esa industria. El porte de armas debería suprimirse de una vez y para siempre dejándolo solo en manos de las autoridades. Pero esto, ‘per se’, no evita que situaciones similares se presenten.

El debate debería ser sobre la salud mental y la violencia que la sociedad fomenta y admite. Sobre la ayuda a padres y a maestros para detectar estos problemas a tiempo y ser capaces de brindar y/o buscar la ayuda experta. Sobre las políticas sociales brindando esa clase de ayuda. Sobre el aumento de los fondos estatales para programas que nos permitan a los padres a comprender y a aceptar a nuestros hijos. Para ayudarle a los miembros de la sociedad a superar su baja autoestima y reconocerse como seres importantes y valiosos sin importar sus características físicas, su orientación sexual, su condición económica, sexo, religión o color. Sin necesidad de cometer una masacre para ser notados y reconocidos. Fondos especiales para preparar mejor a los maestros para sepan reconocer cuando un joven requiere ayuda extra.

Los padres solos no podemos. Menos cuando nos divorciamos y tenemos que lidiar con el dolor de un matrimonio desbaratado atribuyéndonos culpas mayores a las que con seguridad tenemos. Hay que aumentar los vínculos sociales y comunitarios. Ese es el error que pagamos ahora: el exagerado individualismo. En no ser capaz de preguntarle a otro que tiene, que le pasa. El aislarnos y aceptar como normal el aislamiento social, en especial cuando se trata de una persona joven.

Nadie en la Escuela Secundaria de Newtown se dio cuenta del problema que representaba el aislamiento de Adam Lanza. Nadie en su vecindario se fijaba en él, a pesar de ser una comunidad pequeña, donde todos se conocían. Solo el frío y cortés saludo que se acostumbre en las sociedades modernas. Ese es el error que ahora paga la nación: La falta de solidaridad con uno de los suyos escondida bajo el temor, muchas veces infundado, de invadir la privacidad de los demás.

Ese mismo aislamiento cobra fuerza en mi país de origen, Colombia, y lo viví en mi reciente visita, en los conjuntos residenciales y en los barrios. Pero el debate seguirá siendo sobre el control de armas. Ahh, y sobre recortes al gasto público, en especial a programas de educación, apoyo y salud mental. A los inversionistas y financistas neoconservadores solo les importan las ganancias, sus ganancias. Ni por asomo el bienestar mental y social.

Al contrario de lo que piensa David M. Halbfinger, Adam Lanza dejó miles de huellas sobre su vida. Huellas de sufrimiento, conflicto y dolor. Nadie las supo o quiso ver. Ahora está en las primeras páginas. Su nombre es mencionado y su foto buscada con afán. Como sociedad deberíamos preguntamos que podíamos haber hecho. Que debemos hacer en casos similares que talvez conocemos. Para que no nos vuelva a pasar lo mismo.

Nota: así lo reporta David M. Halbfinger en el artículo “A Gunman, Recalled as Intelligent and Shy, Who Left Few Footprints in Life” -“Un pistolero, recordado como inteligente y tímido, quien dejó pocas huellas en su vida”.

Por Elsa Tobon, colaboradora de Soyperiodista.com