La Unión Europea, un espacio de paz rodeado de conflictos

La UE de los veintisiete países miembros, con fronteras compartidas aunque bien definidas, ha logrado extirpar del orden de las probabilidades una nueva guerra y eso es lo que ahora exalta la Academia de Oslo al otorgarle el Premio Nobel de la Paz.

MH Escalante

El primer avión se cayó antes de ser fabricado. Europa no pudo ver el nacimiento del primer aparato del franco alemán EADS y el británico BAE, dos gigantes de la industria aeronáutica europea que intentaron durante meses establecer una alianza. La idea se truncó el 10 de octubre en sólo unos minutos. La noticia cayó a última hora: la canciller alemana Angela Merkel interponía su veto a un proyecto que no colocaba a su país en primera línea. Este miércoles, el sueño de una era de aviones franco británicos voló en pedazos.

No habrá fusión de constructores ingleses y franceses para fabricar aparatos que hubieran podido hacerle peso a los constructores americanos Boeing y Lockheed Martin. La tragedia de la Unión Europea es esa: intentar en el plano económico sacar proyectos salvavidas para crear o conservar empleos en una parte de la zona, y estrellarse contra intereses nacionales de orden político, en este caso los de Alemania que no quiere perder su liderazgo o que indica que nada en la zona puede hacerse si ella no figura a la cabeza. 

No obstante, esta permanente discordia económica y política en medio de una garantizada concordia militar es el gran logro de la Unión Europea (UE) desde que existe. La UE de los veintisiete países miembros, con fronteras compartidas aunque bien definidas, ha logrado extirpar del orden de las probabilidades una nueva guerra y eso es lo que ahora exalta la Academia de Oslo al otorgarle el Premio Nobel de la Paz.

Muchos han jugado con el cadáver de la Unión Europa antes de declarar su muerte, que por lo demás no se sabe si ocurrirá o podrá evitarse. Pese a ello, muchos son también los ciudadanos que siguen creyendo en esta unificación de países, que hubiera podido resultar mejor si no se hubieran antepuesto los intereses de grandes especuladores de capitales que llegaron para torpedear el vigor y la potencialidad del Euro y con él la salud de las economías nacionales, lo cual como es de esperarse repercute en la salud de toda la zona. 

Se creyó poder instaurar en 4 millones de K2 habitados para cerca de 500 millones de personas una sociedad con derechos para todos, pero la desigualdad no solo ha crecido entre países con economías más fuertes y menos fuertes, el caso de Alemania y Grecia, sino también al interior de éstos. Ahora La UE está constituida por sociedades divididas entre ciudadanos que lo tienen todo y otros que no poseen siquiera una vivienda digna. Sin hablar del desempleo, que en toda la UE sería de aproximadamente el 10%, pero que tampoco es el mismo en cada uno de los países miembros. En Alemania sería de 5%, en Francia de 10%, en Grecia y España de más de 20%, según las cifras del Parlamento Europeo para el año 2012.

El gran fracaso de la Unión Europea habría sido no construir un proyecto político común que hubiera dado cimiento a una política económica igualmente común. Pero su mayor logro es haber convertido esta zona en un espacio de paz. Pese a que buena parte del Continente haya sido el escenario de los dos peores conflictos armados entre potencias, la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Sólo en la Segunda Guerra Mundial - 1939-1945-, habrían muerto 60 millones de personas entre civiles y militares, casi el mismo número de habitantes que hoy tiene Francia. El recuerdo de esas guerras no impidió sin embargo que otra guerra inútil e igualmente desastrosa ocurriera 45 años más tarde en la que fue la República de Yugoslavia, situada en pleno corazón de Europa. Así, ante los ojos de gobernantes europeos y a sólo decenas de km. de distancia de Berlín, París y Bruselas, se mató a miles de personas y se destruyó por completo la ciudad de Sarajevo.

Recordar la historia debería servir para no repetir los mismos errores más cuando ésta parece estar fijada en cada piedra del continente europeo. Lo que más llama la atención cuando se viaja por Francia es el esmero con que cada comuna, departamento o región levanta monumentos para honrar la memoria de los héroes de las dos guerras mundiales. Cada parque o cementerio tiene su monumento a los "Poilus”, los barbudos de la Guerra del 14, los miles de hombres que murieron en lo mejor de su juventud a manos de soldados alemanes, en la carnicería a cielo abierto en que se convirtió esa guerra de trincheras que los estudiantes franceses conocen como “La Gran Guerra”.

Las placas en los muros de las escuelas públicas recuerdan también esa otra guerra que explotó 20 años más tarde y que dejó más víctimas civiles que la primera. En esas placas se leen los nombres de niños y niñas que fueron deportados y que murieron en los campos de concentración nazis.

Los bunkers conservados en estado de abandono a lo largo de las costas de Normandía nos hablan de la ocupación alemana. El centro de Londres marcado por una arquitectura desigual permite que se evoque los bombardeos alemanes que destruyeron la ciudad en los años 40. En Italia el fascismo dejó costumbres muchas veces denunciadas por ilustres ciudadanos. Uno de ellos fue el poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini, torturado y vilmente asesinado por haberlo desenmascarado.

Si bien la economía europea arrastra los pies desde hace 4 años, la zona de la UE es ahora y pese a ese pasado sanguinario un espacio de paz. Así se tenga que lamentar el resurgimiento de partidos xenófobos, racistas y neonazis en Grecia, Hungría, Dinamarca, Bélgica, Francia, Alemania. Ya se habla de grupúsculos activos de extrema derecha en España. Se les acaba de ver enarbolando estandartes con la corona, el toro negro y las flechas y el yugo de la Falange, movilizándose contra las manifestaciones de separatistas catalanes en Barcelona, hace uno días.

En Siria que geográficamente está casi a las puertas de Europa, se libra ahora una guerra de desgaste. Lo grave es que muchos civiles están muriendo a la hora que nosotros podemos salir con frescura a cualquier parte. Egipto y Túnez, países muy apreciados por los hombres políticos, intelectuales y turistas europeos, están ahora bajo la presión de grupos islamistas radicales. Pese a revoluciones que ningún partido fue capaz de canalizar. En Libia se dejó que se masacrara al tirano pero ahora un sinnúmero de jefes de tribus se disputan el puesto que éste dejó.

En Francia que se declara república laica desde la Revolución Francesa, millones de ciudadanos musulmanes conviven con millones de ciudadanos judíos, católicos y protestantes. Pero las guerras en Medio Oriente y el problema palestino que hoy la UE parece tener archivado en una carpeta, están despertando un repliegue hacia el comunitarismo religioso.

Esta semana las autoridades francesas desmantelaron una red de Salafistas Jihadistas con ramificaciones en Cannes y en la periferia de París. La policía dice que estaban listos para cometer atentados contra instituciones judías de Francia. Ya habían pasado al acto el 18 de septiembre atacando con una bomba un supermercado judío en la ciudad de Sarcelles, pequeña ciudad a 15 km de París donde conviven 60 mil personas de 104 nacionalidades.

Frente a ese panorama, todavía hay expertos que hablan de la necesidad de desatar una nueva guerra, esta vez en Irán. Cuál será el papel que jugará la Unión Europa ante esas nuevas amenazas contra la paz mundial? En ese dominio parece existir una especia de cacofonía en el seno de la Unión Europea. “El empleo de la fuerza militar es monopolio de cada Estado. La Unión Europea no quiere ganarse enemigos”, decía en la radio hace poco Zaki Laïdi, profesor del Instituto de Ciencias Políticas de París.

Al otorgar el Nobel de la Paz a la Unión Europea, el comité de Oslo habló de dar un estímulo a la democracia en la zona. Es de esperar entonces que la UE sabrá transmitir esos valores en la región del Mediterráneo dominada por guerreristas. 

El Premio Nobel de la Paz se puede convertir ante todo en un respaldo para UE. Lo necesita. Puesto que su futuro es incierto. Será mejor que siga unida o que se fragmente? Pocos desean esta segunda opción y en ese caso cada país miembro tendrá que responder por sí mismo. Pero se puede caer, como ese avión franco británico que pudo llegar a ser pero que por falta de voluntad política se quedó en simples planos.

MH Escalante, colaboradora de Soyperiodista.com, París.