Violada en combate

Una exguerrillera de 17 años y de origen Kogui narra el drama de cómo fue abusada por un compañero de armas en medio de la balacera.

Elespectador.com

Una tarde en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, la adolescente *María está con un guerrillero en medio de un silencio de miedo. Él se va detrás de ella y le dice que no se mueva ni haga ruido, que el enemigo está cerca. María recuerda hoy con terror el ruido de la cremallera antes del ultraje sexual, mientras soba su barriga de ocho meses.

Su ira la paraliza y apenas puede hablar, sin rastros de lágrimas o tristeza muy propios del carácter imperturbable de estos indígenas. “Me tiró al suelo y me quitó el fusil y el morral y me dijo que si hablaba me volaba los sesos”, cuenta María. El tomó su cuchillo y le rasgó el uniforme y alcanzó a herirla en la espalda y manó mucha sangre. Cuando empezó a violarla se desató un torrencial aguacero y casi al tiempo una balacera entre el frente José Prudencio Padilla de las Farc y el grupo mecanizado Rondón, de La Guajira.

Pesadilla

Llovió durante horas y “él no se despegó de mí y yo estaba llena de sangre y barro, y de rabia me comía las matas”, dice María con una mirada fija y su cuerpo congelado de nuevo. “Es la manera como nosotros curamos el mal que nos hacen los extraños que vienen a nuestras tierras sagradas”, explica Juvenal, un “mamo” o sacerdote, un personaje influyente en la vida de esta comunidad indígena que ha soportado la violencia armada desde la década del cincuenta.

La lluvia y los disparos cesaron al anochecer. María apenas tuvo fuerzas para pararse envuelta en sangre y lodo y recogió sus cosas, mientras el guerrillero le reiteraba que si abría la boca la mataba a ella y a sus familiares. “Si lo acusaba me mataba…y era mejor que me hubiera matao…”, se reprocha María.

El ultraje continuó durante cinco meses, casi todos los días, en las formas y lugares más aberrantes e inusuales y siempre entre fuego cruzado, como confiesa María sin vergüenza. Hoy, María aún asocia los sonidos parecidos a disparos, como el estallido de los voladores, al terror de la violación

Huída

“Yo me acostumbré porque no podía hacer ‘na’, y él me decía que todos sus compañeros lo hacían con las otras niñas del pelotón”, cuenta María, quien debió fajarse con hojas secas de plátano, fique y cabuya para que no se le notara el embarazo.

Una noche creyó que se asfixiaba por la estrechez de su barriga y aprovechó que su compañero estaba rendido, y simuló orinar y se escapó. Llovía con relámpagos y no sabía por dónde andaba, temiendo tropezarse con algún guerrillero. Me cortarán la cabeza, pensó María, como ella asegura le pasó a una amiga guerrillera que vendía sexo dentro del campamento para llevar dinero a su casa.

Caminó tres días sin parar, a punta de panela y hojas de coca que arrancaba en el trayecto, llegó a una finca y un señor la embarcó en un carro de pasajeros hasta la población más cercana.

María está a punto de parir a su hijo en Bogotá, adonde se vino a pedir ayuda de sus paisanos y de las organizaciones indígenas. Mira su barriga y la soba: “Le voy a contar lo que pasó cuando esté grande pa’que se vengue de esta guerra ‘jueputa’ en este país que no tiene ley pa’ la vida ni pa’la muerte”, termina diciendo.

Violencia sexual en el conflicto armado de Colombia

El fenómeno de la agresión sexual en el conflicto armado en Colombia ha sido denunciado desde el año 2000, involucrando a grupos guerrilleros, fuerzas estatales y paramilitares. De acuerdo con el último informe de Amnistía Internacional, la violación sexual contra las mujeres -en particular la violación y explotación sexual-, hace parte integral del conflicto armado y continúa siendo una práctica extendida de sometimiento y terror que utilizan todos los bandos del conflicto. Asegura el Organismo que en el país existen zonas delimitadas de cautiverio y prostitución forzada. Para la Comisión Nacional de Derechos Humanos, son pocos los casos que se denuncian debido al miedo y al pudor, y en la actualidad hay por lo menos 20 denuncias represadas en los juzgados y la Fiscalía En 2008 se conoció que unas 80 menores fueron sometidas a actividades sexuales en un pueblo del Putumayo, por estructuras paramilitares de la región. La Corte Constitucional dictó en el Auto 092 de 2008, que la agresión sexual en el conflicto armado tiene las características propias de un crimen de lesa humanidad.

 

Por Uriel Ariza-Urbina, colaborador de Soyperiodista.com

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