La voz de los actores no armados

Alcanzar la paz es un anhelo general. Todos los actores de los conflictos armados hablan de su voluntad de paz. Las víctimas de la guerra hablan de la necesidad de paz. Por lo tanto, sería fácil alcanzar acuerdos conducentes a la superación de los conflictos.

Javier Correa Correa.

Alcanzar la paz es un anhelo general. Todos los actores de los conflictos armados hablan de su voluntad de paz. Las víctimas de la guerra hablan de la necesidad de paz. Por lo tanto, sería fácil alcanzar acuerdos conducentes a la superación de los conflictos.

Sin embargo, y sin desconocer que hay causas objetivas de la guerra –sociales, históricas, económicas, políticas–, podríamos afirmar que la paz se alcanzaría sentando a la mesa a todos los actores armados y a las víctimas.

El problema surge cuando nos preguntamos qué es paz: para el gobierno, la paz es el silenciamiento de los fusiles de quienes pretenden subvertir el orden y establecer un tipo de sociedad diferentes; para los paramilitares, la paz se alcanzaría cuando la guerrilla sea derrotada; para la guerrilla, la paz se alcanzaría cuando haya justicia social; para la sociedad civil, habría paz cuando se silencien los fusiles y haya justicia social.

La palabra es constructora, pero en la práctica se ha pretendido sustituir el lenguaje natural por uno especializado, y el idioma ha sido usado no solo para confundir sino para imponer criterios y hasta actitudes, como lo explica el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, para quien “No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una crítica, válida también en principio para el pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca”.

En el caso del conflicto armado colombiano, se ha llegado a un nivel de eufemismos que sorprende pero que está tan generalizado que ya hasta lo creemos, cuando, por ejemplo, el régimen anterior afirmaba que en Colombia no hay guerra sino una “lucha contra el terrorismo” y que la supuesta desmovilización de los grupos paramilitares permitiría hablar de “posconflicto”. También eufemísticamente, decenas de miles de paramilitares ahora son conocidos como Bacrim.

 

El contexto

El conflicto armado colombiano no es un problema aislado sino que forma parte de un conflicto internacional heredado de la guerra fría posterior a la Segunda Guerra Mundial, en el marco de la confrontación Este-Oeste. Aunque dicha confrontación se dé hoy en el ámbito Norte-Sur.

Los enemigos no son ya los vietcong en la península indochina, los rusos herederos de Lenin y Stalin o los “barbudos” seguidores de la senda trazada por Fidel Castro en la Sierra Maestra, sino los narcotraficantes y los terroristas, metidos en la misma bolsa cuando se apocopa y se habla de “narcoterroristas”.

En Colombia la que no ha cambiado es la población civil, que desde hace 520 años continúa poniendo los muertos, los desplazados, los secuestrados, los combatientes rasos incorporados a la fuerza. Pero que no es escuchada, porque se cree que para alcanzar la paz es sufiente con sentar a la mesa a los actores armados.

Un proceso de paz necesariamente tiene la obligación de escuchar las voces –las múltiples voces– de la población civil, o sea los actores no armados –indígenas, afrodescendientes campesinos, estudiantes, amas de casa, artistas, obreros, organizaciones no gubernamentales –, para que expliquen qué entienden por guerra, cómo la sienten, y también –y fundamentalmente– para que digan qué entienden y qué anhelan con respecto a la paz.

Por: Javier Correa Correa/