EE.UU. apaga su superacelerador

A la clausura de su programa de transbordadores se suma ahora el retiro del Tevatrón, que durante tres décadas fue la cuna de los grandes descubrimientos de la física.

Veintiocho años duró el reinado del Tevatrón, el mayor acelerador de partículas construido por Estados Unidos, símbolo de una era de grandes descubrimientos y considerado una de las 10 principales obras de ingeniería del siglo XX.

Hoy, a partir de las 2:00 p.m., comenzará el acto oficial en el que Pier Oddone, director del emblemático laboratorio de física Fermilab, junto a decenas de científicos, ‘apagarán’ para siempre la máquina, construida en los años ochenta en Batavia (Illinois) para arrancar al universo algunos de sus secretos mejor escondidos.

En el anillo de 6,3 kilómetros de circunferencia que conforma el esqueleto principal del Tevatrón, los científicos se dedicaron a observar qué sucedía cuando un chorro de protones se estrellaba con sus antagonistas, los antiprotones. Diez millones de colisiones se producían cada segundo en estos túneles. Diez millones de oportunidades de fotografiar algún misterio de la materia y la energía.

El 3 de marzo de 1995, por ejemplo, el Tevatrón permitió el descubrimiento del llamado quark top, la última ficha del rompecabezas de la materia. Más tarde se hicieron mediciones de todas las partículas elementales conocidas. Y también se detectó evidencia de la asimetría entre materia y antimateria.

En este último experimento, participó el Grupo de Física de Altas Energías de la Universidad de los Andes, que desde 1988 comenzó a colaborar con el Fermilab. El profesor y físico colombiano Bernardo Gómez recuerda que ese año conoció al entonces director del laboratorio, Leon Max Lederman (Premio Nobel de Física), quien le abrió las puertas del laboratorio a él y sus alumnos.

El físico colombiano Juan Pablo Negret ya se había sumado al grupo de Fermilab. En los años siguientes un buen número de físicos colombianos viajarían a Estados Unidos para actualizarse en los últimos descubrimientos provenientes del Tevatrón.

Sobre la clausura del superacelerador, Gómez dice que “es parte de un proceso que culmina exitosamente. Se trata de un equipo para hacer experimentos que ya cumplió su vida útil y que produjo resultados muy importantes”.

Pero no sólo sofisticados descubrimientos nacieron allí. También se impulsaron tecnologías que provocaron un gran impacto en nuestras vidas. Hoy, cada paciente con cáncer al que se le toma alguna imagen por resonancia magnética para detectar dónde está el tumor y qué tamaño tiene, debería estar agradecido con los físicos que en los años setenta y ochenta apostaron por la construcción de este coloso.

Durante el último cuarto de siglo, el Tevatrón fue la meca de los físicos. Cada semana, algún experto del laboratorio publicaba un artículo en una revista especializada y más de 1.000 personas concluyeron su doctorado cerca de sus túneles, construidos con tal cantidad de cables que podrían usarse para dar dos vueltas a la Tierra.

Pero la hora de jubilación del Tevatrón llegó desde que apareció su principal competidor: el Gran Colisionador de Hadrones en la frontera entre Suiza y Francia. Construido en una caverna a 100 metros de profundidad, el nuevo gran acelerador de partículas es un anillo de 27 kilómetros de perímetro en el que chorros de protones se estrellan con otros protones. Según el profesor Gómez la diferencia es avasalladora: en una semana de trabajo con este colisionador se produce la información que tarda un año en el Fermilab. Cuando esas cosas ocurren, siempre es mejor un retiro digno, como el que tendrá hoy el Tevatrón.

Así era el Tevatrón

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