Entre la disputa y la armonía

La visita del opositor venezolano, Henrique Capriles, al país alteró las relaciones bilaterales, que desde el triunfo de Maduro han estado marcadas por denuncias de conspiraciones orquestadas desde Bogotá. Las dos naciones, lo quieran o no, están ligadas por el proceso de paz: Santos para su reelección y Maduro para una proyección internacional.

Imagen del encuentro que sostuvieron el presidente Juan Manuel Santos y Nicolás Maduro en junio de 2012, siendo este último canciller.  / Casa de Nariño
Imagen del encuentro que sostuvieron el presidente Juan Manuel Santos y Nicolás Maduro en junio de 2012, siendo este último canciller. / Casa de Nariño

La llegada de Hugo Chávez a la Presidencia en Venezuela inauguró un nuevo capítulo en los vínculos que durante décadas estuvieron determinados por el tema del Golfo. Tema que aunque no haya sido resuelto, se ha visto eclipsado por la internacionalización del conflicto colombiano y por la postura asumida por Caracas al respecto.
Las polémicas y los enfrentamientos empezaron durante el gobierno de Andrés Pastrana. Para ese momento, el recién posesionado Chávez limitó el paso de camiones colombianos con mercancías hacia Venezuela, para responder a la situación de inseguridad que venezolanos habían denunciado en Colombia, por los continuos hostigamientos de paramilitares y guerrilla. En ese momento se dio a conocer una tendencia que desde Caracas no ha cesado, basada en retaliaciones de tipo económico y comercial inspiradas en consideraciones políticas.

Pero ninguna polémica iguala la suscitada por la declaración de neutralidad de Hugo Chávez en el conflicto colombiano. Gesto mal recibido en Colombia e interpretado como una muestra de hostilidad. No obstante, se debe recordar que aquella muestra se daba en medio de las negociaciones de paz con las Farc y el Eln. Dicha neutralidad allanó el camino para que desde ese entonces Colombia asuma que Caracas apoya fervientemente la lucha armada en el país. Sin embargo, dicho planteamiento desconoce al menos dos realidades que anteceden a Chávez: para Venezuela la expansión del conflicto de Colombia ya era una preocupación en las administraciones de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. En consecuencia, el involucramiento de Caracas en la paz colombiana no es nuevo y obedece a la inquietud que despierta la exacerbación del conflicto. A su vez, Chávez no es el primero en buscar acercamientos con la guerrilla colombiana. A mediados de los noventa y cuando era gobernador del estado de Zulia, Francisco Arias Cárdenas, en representación de los estados fronterizos de Apure, Amazonas, Táchira y Barinas pidió permiso al gobierno de Caldera para negociar con las guerrillas para que éstas no atacaran a la ciudadanía venezolana. Se debe insistir en lo siguiente: desde la expansión del conflicto, para Venezuela ha sido fundamental la paz en Colombia. Este propósito no es de autoría chavista.

Sin embargo, con la celebración de un foro en Caracas para denunciar los efectos regionales del Plan Colombia, el gobierno de Chávez contribuyó a avivar la polémica y a generar dudas sobre sus intenciones. Para dicho encuentro se invitó a Raúl Reyes, quien denunció un plan de injerencia de Estados Unidos, con consecuencias para el continente. Un hecho a tener en cuenta: pobladores alrededor del lago Maracaibo habían denunciado los efectos nocivos del glifosato. Se debe recordar que la mayor parte del agua que lo alimenta proviene de la cuenca del Catatumbo, uno de los primeros lugares afectados por la aspersión aérea. Por ende, Venezuela protestó por el Plan Colombia, por lo que éste significaba sobre su medio ambiente. Colombia de inmediato suspendió las aspersiones.

Con la llegada de Uribe Vélez los enfrentamientos y las armonías parecieron entremezclarse. En menos de 48 horas los mandatarios pasaban de los halagos a los insultos. En medio de semejante volatilidad hubo siempre un polo a tierra que protegió la relación para que ninguno de los dos cayera en excesos, habida cuenta de su marcada paranoia. Fidel Castro como interlocutor evitó que la confrontación pasara a mayores, por el respeto que despierta en ambos dirigentes. Nótese que en la promoción contra la izquierda radical que ha hecho Uribe desde que dejó el poder, jamás ha atacado al líder cubano.

El período de Santos ha sido menos complejo, porque Venezuela decidió tomar distancia y su participación se limita a acompañar el proceso en La Habana. Es innegable el cambio de tono en el chavismo desde la llegada de Santos. El entonces presidente Chávez pasó de exigir el reconocimiento de beligerancia para las Farc, a un papel de facilitador en el proceso. A partir de ese momento la dinámica en la relación cambió drásticamente porque Caracas y Bogotá han tenido un objetivo común, aunque por motivaciones diversas: la paz en Colombia.

Todo se alteró cuando Maduro resultó elegido y comenzó a denunciar un complot en su contra, orquestado desde Bogotá, acusación que nunca fue hecha formalmente, como tampoco fueron presentadas pruebas fehacientes. Este suceso contrasta con aquel en el que Hugo Chávez presentó a un grupo de paramilitares colombianos capturados en Venezuela que supuestamente atentarían contra Colombia. Maduro prefirió lanzar la acusación, esperando no hacer mella en la estable relación con Santos. Allí empezó la degradación que tiene enfrentados a varios sectores del chavismo y del gobierno Santos, sin que ninguno de los dos presidentes se haya atacado.

Para alimentar el debate, Maduro acusó formalmente al expresidente Uribe de tratar de asesinarlo. Dicho señalamiento marcó un punto de inflexión, porque Juan Manuel Santos no pudo soportar más la presión y aparentemente se habría visto obligado a responder. Algunos sectores de la dirigencia nacional, de los cuales depende su candidatura (o la de sus políticas como él lo ha expresado) le exigieron respaldo al exmandatario. Claro está, desconociendo que los insultos entre Maduro y Uribe no debían ser un tema de Estado. Sin embargo, pudo más el ambiente nacional y, sobre todo, el cálculo político.

Por ende, no es extraño que Santos hubiese esperado a tener un primer acuerdo con las Farc para recibir a Henrique Capriles, especialmente en el tema más sensible para una guerrilla de extracción campesina: el de la tierra. Precisamente, porque ese avance, que ningún otro gobierno había adelantado, no sólo es un activo de Colombia, sino que es probable que Venezuela lo reclame como éxito de su haber. Esta realidad implica que lo quieran o no, Bogotá y Caracas están ligados por el proceso de paz. De allí que la apuesta del presidente colombiano recibiendo al gobernador del Estado de Miranda y líder opositor, por controvertida que parezca, sea la siguiente: por más que Venezuela critique la visita, no puede salirse del esquema de paz. El proceso ya tiene una inercia que surge del citado primer pacto. A esto habría que añadir que Caracas perdería aislándose del proceso, cuando probablemente Estados como Chile, Cuba y Noruega permanezcan en él, interesados obviamente en confirmar que su facilitación terminó por rendir frutos.

Esta mutua dependencia hace que la cooperación Colombia-Venezuela sea ineluctable en el marco de la paz, proceso significativamente redituable para ambos gobiernos. Para Santos porque del mismo depende la reelección de sus políticas y para Maduro, porque le daría una proyección internacional inédita en la política exterior venezolana.

* Profesor Universidad del Rosario

 

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