"Estamos mamados de la guerra"

La semana pasada, con el acto de desagravio que la Fiscalía le hizo a su padre, Lucas y Sergio López cerraron un largo ciclo de sus vidas protagonizado por las Farc.

Lucas (izq.) y Sergio López cuentan que su padre a veces intenta tratarlos como los niños que eran cuando fue secuestrado.  / Gustavo Torrijos - El Espectador
Lucas (izq.) y Sergio López cuentan que su padre a veces intenta tratarlos como los niños que eran cuando fue secuestrado. / Gustavo Torrijos - El Espectador

“Nuestra vida parece una película: primero secuestran a mi papá durante siete años y luego pasa esto con la Fiscalía. Ahora es el Estado el que lo secuestra y, además, lo acusa de colaborar con las personas que lo privaron de su libertad en un primer momento”. Lucas López, hijo mayor de Sigifredo López, pasó su último cumpleaños recopilando pruebas para demostrar la inocencia de su papá, en ese momento detenido porque, según unos testigos que hoy están en investigación, colaboró con las Farc para secuestrar, el 11 de abril de 2002, a 11 de sus compañeros de la Asamblea del Valle, en pleno corazón de Cali.

“Apenas empezábamos a recolectar las pruebas, a organizar la defensa. Estábamos centrados en eso y mi cumpleaños no me importaba, la verdad. Yo estaba concentrado trabajando por la liberación de mi papá. Compartimos una tortica, cantamos el cumpleaños y después nos acostamos a dormir porque estábamos muy cansados. Me acordé de mi cumpleaños número 14, que fue apenas un mes después de que secuestraran a mi papá. Yo no quería hacer nada. Fueron mi familia y mis amigos los que trataron de animarme. Pero eso fue tenaz”, recuerda Lucas.

Hoy tiene 24 años, siete de ellos sin su padre. Fue él quien habló con Sigifredo López cuando llevaba un par de horas plagiado, en una llamada que la guerrilla le permitió hacer desde los Farallones de Cali: “Esto va para largo porque no depende de nosotros sino del Gobierno y las Farc. Cuida mucho a tu mamá, tienes que ser el hombre de la casa”. Lo mismo le dijo a Sergio, su hermano. Los dos se maduraron “biches” después de esa llamada. “Uno a los 12 años sólo piensa en jugar fútbol, ir al colegio y estar con los amigos. Y entonces un día tu te vas al colegio y regresas y tu papá está secuestrado, y uno deja el colegio y el fútbol y empieza a leer sobre el conflicto y la violencia”, cuenta Sergio.

Fueron siete años de ansiedad. Todos los días se iban a dormir pensando en él. Se acordaban de que Sigifredo acostumbraba dormirlos contándoles cuentos, de que cuando se iba a acostar pasaba por su cuarto y les pedía la bendición. Fueron siete años celebrando el Día del Padre sin su padre, viendo a su madre pasar una hora en el teléfono hasta que le contestaban en el programa radial Las Voces del Secuestro y le podía dejar un mensaje a su esposo. Fueron siete años haciéndole el quite a la amargura porque tenían que vivir, como todos los demás.

Siete años de darse cuenta de que unos son los amigos en las buenas y otros en las malas. Siete años de incertidumbre. De que la gente los señalara de tener “lavado” el cerebro porque no apoyaban los rescates militares. “Es muy fácil decir eso cuando el que está en la selva no es tu familiar. La sociedad sigue siendo tan inmadura que revictimiza a las víctimas y eso es muy grave, atroz”, dice Lucas. Fueron siete años de esperar que lo liberaran o que no muriera, como les ocurrió a los otros 11 diputados que compartían cautiverio con él. “El secuestro nos enseñó a ser realistas, porque cuando uno se ilusiona y las cosas no se cumplen, el dolor es peor”, expresa Lucas.

Ese 18 de junio de 2007, cuando las Farc masacraron a los 11 diputados del Valle, Sigifredo se salvó por poco. Su familia creyó que había muerto y cuando supieron que no había sido así, su alegría fue agridulce: su padre estaba vivo, pero los padres y esposos de otra oncena de familias habían fallecido. Aquellos a los que Sigifredo consideraba los hermanos que nunca tuvo habían sucumbido ante la crueldad guerrillera. En el aire les quedó, y aún permanece, la sensación de que podría haber sido diferente: “De haberse producido un intercambio humanitario se habrían podido salvar muchas vidas. No ocurrió; la vida no prevaleció”, señala Sergio.

Dos años después, en diciembre de 2009, las Farc les informaron que liberarían a Sigifredo. “Fue la mejor Navidad de todas. Luego cambiaron la fecha de la liberación de enero a febrero y esos días fueron eternos”. El 5 de febrero de 2009, ellos y Sigifredo fueron los protagonistas de una fotografía que le dio la vuelta al mundo. Ese día, cuando el exdiputado se bajó del helicóptero que lo llevó de la selva al aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Cali, Lucas y Sergio López corrieron hacia él y lo abrazaron. Estupefacto, Sigifredo empezó a llorar. Y así quedó para la posteridad.

Tres años después, Sigifredo perdería su libertad de nuevo. El 16 de mayo pasado la Fiscalía lo capturó por supuestos vínculos con las Farc. Menos de dos meses después, el fiscal general salió a aceptar que había sido un error. “Eran acusaciones absurdas. Decían que mi mamá había albergado a una guerrillera en nuestra casa en Pradera, cuando ni casa en Pradera tenemos”, alega Sergio. Pero la reputación de Sigifredo había quedado por el piso. Por ello, el pasado viernes el jefe del ente investigador le ofreció excusas al exdiputado. A Lucas, que estuvo junto a su hermano en el acto de desagravio, le pareció un gesto de grandeza lo que hizo el fiscal general Eduardo Montealegre. Del general Mena, que también debía disculparse ese día, prefirió no decir nada.

Lucas y Sergio ya son grandes. Su padre se ha acostumbrado a ello. “Al comienzo quería recuperar el tiempo perdido y nos trataba como niños. Para que cambiara fue un proceso en el que hubo mucha paciencia mutua”, cuentan. Los dos consideran que el proceso de paz que se adelanta actualmente es provechoso. Sergio cree que si no se les dan oportunidades a aquellas personas que se desmovilicen ocurrirá lo mismo que con los paramilitares, que terminaron mutando en bandas criminales.

Para Lucas, es necesario que las víctimas estén representadas en la mesa de diálogo: “Sólo ellas tienen la posibilidad y la capacidad de perdonar a las Farc”. Lo dice un joven que por culpa de ese grupo guerrillero se hizo hombre sin un padre al lado a quien pedirle consejos. Lo dicen un par de hermanos que protagonizan uno de los tantos capítulos dramáticos que ha escrito este conflicto: “Estamos mamados de la guerra. La sociedad, todos nosotros, estamos cansados, porque todos nosotros somos víctimas”.