“A Ferney Tapasco no quiero verlo jamás a la cara”: hija de Orlando Sierra

La hija del periodista, asesinado en 2002, le relató a El Espectador, 13 años después de ese crimen, el infierno en el que se convirtió su existencia. Dijo que por fin podía cerrar el capítulo más triste de su vida.

Beatriz Sierra, hija del periodista Orlando Sierra. / Archivo particular

“Todavía estoy temblando de la emoción, estoy con el corazón en la mano”. Esto fue lo primero que le dijo a El Espectador Beatriz Sierra, la hija de Orlando Sierra, cuando se enteró de la condena a 36 años de prisión contra el exdiputado Ferney Tapasco. El subdirector del diario La Patria le había advertido a Beatriz, días antes de ser asesinado en 2002, que si algo le llegaba a ocurrir su verdugo sería Tapasco, que no tuviera dudas al respecto y que se grabara ese nombre. Así lo hizo. Durante los últimos 13 años ese nombre ha venido dándole vueltas y hoy, tras la sentencia del Tribunal Superior de Manizales, Beatriz dice que por fin se dispone a cerrar el capítulo más triste de su vida. Así dialogó con este diario.

Desde el día uno del crimen de Orlando Sierra, el nombre de Ferney Tapasco salió a relucir. Sin embargo, tuvieron que pasar 13 años para que la justicia estableciera que fue Tapasco quien ordenó asesinar a su padre. ¿Cómo recibe la noticia?

Nada podrá devolvérmelo. Sólo me queda recordarlo con mucho amor y alegrarme por la admiración que después de 13 años aún genera su valor como persona y como periodista. Durante 13 años pensé que su caso iba camino a la impunidad, pero esta noticia me llenó de felicidad. Al menos sé que con este fallo la persona que le quitó la vida a mi padre va a pagar por lo que hizo. Cuando absolvieron a Ferney Tapasco, en primera instancia yo decía: “No puedo creer que este señor tenga más poder que la justicia colombiana, que pueda salirse con la suya”. Hoy recibo feliz esta noticia, estoy llorando de la emoción.

Desde hace años usted vive en el extranjero. ¿Quién le avisó de la noticia?

La recibí acá, en mi trabajo; inmediatamente me metí a internet a confirmar la información. Así he seguido lo que han estado informando los medios.

Usted estaba con Orlando el día del crimen. ¿Qué recuerda de ese día?

Han pasado 13 años, pero para mí es como si hubiera sido ayer. Acabábamos de almorzar. Yo iba para la universidad y él para su trabajo. Eran casi las dos de la tarde. Estuvimos haciendo planes de fin de semana: acampar al Nevado, por ejemplo. La noche antes de que lo mataran yo dormí junto a él, lo abracé toda la noche, como si presintiera que ese iba a ser el último día con él. Recuerdo también que cuando llegué a La Patria para salir a almorzar con él la secretaria del diario nos dijo que nunca antes nos había visto salir tan felices. “Así deberían ser los padres con los hijos”, dijo ella.

¿Cómo fue su última charla?

Normal. Yo creo que él presentía desde hacía mucho tiempo atrás que algo le iba a pasar. Siempre me decía: “Hija, recuerda que si algún día me pasa algo, solamente tengo un enemigo declarado. Yo no soy de enemigos, pero sólo tengo alguien que de verdad me odia y se llama Ferney Tapasco”. Y añadía: “Recuerda ese nombre, recuérdalo. Si me pasa algo, fue Ferney Tapasco”. Eso me dijo ese día durante el almuerzo.

¿Usted qué le dijo?

Él era una persona graciosa y así me iba soltando estas sentencias en la charla. Le hice caso, jamás olvidé ese nombre: Ferney Tapasco.

¿Su mamá qué recuerda de ese día?

Yo ese 30 de enero de 2002 me desmayé. Fue terrible. Esa imagen de mi padre muerto... Llamé a mi mamá desde la policía de Manizales, la llamé llorando, gritando. El gran amor de su vida fue mi padre y ella me dice que yo soy lo que quedó de ese amor, porque soy la única hija de Orlando. Creo que mi mamá también está apenas tratando de superarlo. Hicimos toda una biblioteca con sus libros, sus fotos, ella se quedó con el recuerdo de él, después de él no estuvo con nadie, fue el amor de su vida. Cuando tiene la oportunidad de ir a Manizales va al cementerio a llevarle flores, le habla, recuerda sus momentos. Aunque estaban separados tenían una bonita amistad. Él le tenía mucha confianza, la llamaba cuando tenía miedo, cuando lo amenazaban. A ella le contó tantas cosas.

¿Recibió usted amenazas o intimidaciones durante estos años?

No. Conseguí, sí, unos abogados en Bogotá para que estuvieran al tanto del proceso, pero me advirtieron que el caso era peligroso. Muchos abogados se retiraron por temor o porque les decían, cuando intentaban empaparse del expediente, que mejor no se metieran ahí porque pisaban terrenos muy peligrosos.

¿En estos 13 largos años tuvo la oportunidad de hablar cara a cara con el señor Ferney Tapasco?

Nunca lo he visto siquiera en persona; nunca aun cuando mi papá estaba con vida lo llegué a ver. Jamás he cruzado una palabra con este señor.

Si hoy se lo topara de frente, ¿qué le diría?

No creo que sea capaz de tenerlo frente a mí, ni siquiera para decirle algo. No quiero jamás verlo cara a cara; no se justifica que nadie le quite la vida a otra persona, porque nadie es dueño de la vida de nadie. No, nunca quisiera tenerlo de frente.

¿Y a través de El Espectador, qué le diría hoy, cuando ya hay una sentencia de por medio que lo califica como un asesino?

Que me quitó a mi padre, que me lo quitó no sólo a mí, sino a toda una región y a todo un país. Que nos quitó a todos a una persona de inmenso valor, un hombre que tuvo el coraje para decir la verdad, y que lo hizo con decencia, a través de sus palabras. Le diría que ya hay una condena y que debe asumir las consecuencias. Quizá me hubiera gustado que pagara más años, más tiempo.

¿Cuántos años más?

Bueno, a mi papá nada me lo va a devolver. Perdí a mi padre y eso me destruyó por completo; tuve muchas crisis, estuve con sicólogo, con psiquiatra. Muchas enfermedades cayeron sobre mí, yo no quería vivir. Ya ni siquiera vivo en el país, me he pasado muchos años tratando de superar esto. Cuando voy a Manizales quiero salir de esa ciudad lo más rápido posible, no quiero andar por las calles por donde andaba con mi papá. Su muerte marcó mi vida para siempre.

¿En algún momento le sugirió a su papá que se retirara del trabajo o que le bajara a sus denuncias públicas en La Patria?

Yo siempre tuve mucho miedo por lo que él escribía. Todas las noches yo me ponía a hacer mis trabajos de la universidad y él se encerraba en su estudio, en su computadora. Yo le decía –mi madre también–: “Orlando, tiene que escribir con más cuidado porque usted ya es una figura”. Y él siempre respondía: “Si la vida a mí me da la oportunidad de ser periodista, de ser subdirector de un periódico y de tener alguito de poder, lo tengo que utilizar para el bien de los demás, para el bien de los que no tienen voz ni voto”. Él estaba muy agradecido con Manizales porque fue la ciudad que le abrió las puertas, que lo ayudó a llegar a donde llegó, y él decía que iba a decir la verdad hasta las últimas consecuencias, que no iba a callar lo que sabía porque para eso le habían dado la oportunidad de estar en un periódico, y le habían dado la libertad para que pensara y escribiera.

¿Cómo era la relación con su papá?

Fue una relación hermosa. Salíamos cogidos de la mano, me ayudaba mucho cuando estaba estudiando sicología. Se trasnochaba hasta la una de la mañana tomándose el café conmigo, explicándome las materias de filosofía. Se sentaba con mis compañeros como un alumno más. Con su muerte sentí que se me acababa la vida. Yo intenté seguir con la universidad, pero los profesores en la universidad me decían que me veían muy mal, que aunque yo fuera a la clase no estaba ahí, no parpadeaba. ¡Estaba en otro mundo!

¿Y qué hizo?

Intenté seguir con mi vida normal, pero no lo logré; por esos días me dio peritonitis, me abrieron el estómago, casi me muero. Yo no quería vivir porque siempre la imagen de mi papá asesinado, justo al frente mío, estaba ahí. Entonces me tocó salir del país. Trate de reposarme, llevándome los mejores recuerdos de mi padre, un hombre que me llena de orgullo, correcto, valiente, íntegro; siempre me decía que cualquier cosa que hiciera en la vida la hiciera con mucha honestidad.

¿Vivían los dos únicamente?

Sí, en un apartamento grande, vivíamos muy contentos. Yo le hacía el desayuno, me iba para la universidad, lo recogía al mediodía, salíamos a almorzar, lo dejaba en el periódico y me devolvía a la universidad.

¿Cuánto lleva fuera del país?

Tres años.

¿Cómo logra uno seguir adelante, sacudirse de esos recuerdos tan lúgubres, de esas imágenes tan fuertes?

Yo intenté seguir en la universidad dos semestres más, pero me enfermé porque empecé a comer compulsivamente; los sicólogos de la universidad me decían que comía así para llenar el vacío de mi papá, hasta que me enfermé de gravedad, estuve a punto de morir. Fue una época en la que yo no quería vivir porque me sentía muy impotente. Pero los años van haciendo su trabajo. Seguí estudiando, monté mi negocio y salí del país. Extraño mucho a mi papá. Ojalá pudiera tener un hijo. Sí, quisiera que fuera como él, inteligente, honesto, valiente.

¿La condena contra Ferney Tapasco cierra definitivamente este capítulo tan negro de su vida?

Fueron varios años de incertidumbre, de dolor; durante mucho tiempo pensé que el capítulo de mi padre quedaría impune. Después de 13 años puedo cerrar este capítulo, no con felicidad pero al menos sí con justicia. Sé que quien me quitó a mi padre no estará por la calle como antes, como si nada, como si no hubiera hecho daño. No queda más que salir adelante, ya con la alegría de que se cerró este capítulo con justicia.

 

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