La guerra en las aulas

Informes de los organismos de seguridad evidencian la estrategia de los ilegales para colarse en la academia.

No es cuento nuevo, pero el alto Gobierno está muy preocupado con la infiltración de grupos ilegales en las universidades. Lo ocurrido hace pocos días en la Distrital de Bogotá —donde encapuchados protagonizaron y se hallaron papas bomba— es apenas la punta del iceberg de la penetración de las guerrillas en la academia. A través de un trabajo oculto, mimetizado en organizaciones juveniles, conjuntamente con integrantes del Partido Comunista Clandestino y el Movimiento Bolivariano, estas células se han ido insertando en organizaciones legalmente constituidas que hoy son un desafío para las autoridades.

Un escenario que pone en aprietos a la justicia, porque la identificación de estos guerrilleros se torna supremamente difícil, al tiempo que tampoco puede caerse en la estigmatización de las universidades y de los jóvenes que muestran su inconformidad con el Estado de forma legal. Lo cierto es que esta infiltración es un hecho y el primero en dar la alerta fue el propio presidente Juan Manuel Santos, esta semana: “Tenemos evidencia filmada de cómo (estos ilegales) salen corriendo y se meten a las casas y ponen a los niños con banderas blancas para que la fuerza pública no pueda perseguirlos. Son un grupo de terroristas cobardes”.

El Espectador tuvo acceso a un completo dossier, elaborado por los organismos de seguridad, en el que se evidencia el poder de infiltración de las Farc y el Eln, ya no sólo en las tradicionales universidades públicas, sino también en los más prestigiosos planteles privados en el país. Por ejemplo, se ha establecido que a través de la denominada Plataforma Encapucharte, colectivos, brigadas y células de la guerrilla están desarrollando trabajos de adoctrinamiento “en organizaciones cívico-sociales y movimientos juveniles”, con el fin de blindar sus enlaces ilegales al amparo de instituciones que sí son legales.

Las autoridades han logrado identificar movimientos que aparentemente estarían infiltrados, como las brigadas Irma Franco y Darío Betancourt, las Ovejas Rojinegras, el movimiento Jaime Bateman Cayón o las juventudes del M-19. Estas y otras células harían parte de un gran proyecto insurgente denominado Movimiento Revolucionario Unificador del Pueblo (MRUP). Es claro que el objetivo de estos grupos es precisamente forzar la estigmatización en las universidades por parte de los organismos de seguridad. No obstante, el trabajo que han venido desempeñando las autoridades para desarticular a estas organizaciones, sin caer en ese juego, es lo que ha permitido que hoy se tenga una radiografía muy precisa de lo que está sucediendo en los planteles educativos.

El debate público que se ha generado con respecto a la Ley de Educación está siendo aprovechado por estos ilegales infiltrados en las academias para alterar el orden público y volver a reeditar la violencia en las aulas. Una estrategia que comenzó a tomar forma después de la octava conferencia de las Farc, en 1993, donde el secretariado ordenó la penetración de estructuras clandestinas en manifestaciones sociales que poco a poco han ido cobrando una línea que tiene más alerta que nunca al Gobierno: colarse a los centros educativos. Un trabajo que desde 1996 fue asumido por el hoy máximo comandante de las Farc, alias Alfonso Cano.

La estrategia quedó evidenciada en los computadores decomisados por el Estado a los jefes guerrilleros Iván Ríos y Carlos Antonio Losada. Allí aparecen reportes de cómo a través de la Coordinadora Continental Bolivariana se estructuraron ejes de trabajo clandestino y de adoctrinamiento subversivo en las universidades. Con un agravante: guerrillas como las Farc o el Eln están buscando que su ‘trabajo’ en estos centros educativos termine siendo replicado a través de sus redes de contacto en países como Dinamarca, Suiza, Suecia, Canadá, Venezuela o Argentina.

En desarrollo de estas pesquisas y averiguaciones para evidenciar la infiltración de los ilegales, han sido detenidos, por ejemplo, Jaime Alberto Pineda, alias Jeremías, en la universidad de Caldas, y Freddy Escobar Moncada, alias Mateo, señalado ideólogo del bloque José María Córdoba de las Farc. En junio del año pasado las autoridades descubrieron un pendón en la Universidad de Nariño en homenaje a los 46 años del frente 29 de las Farc y en él aparecen Jacobo Arenas y Manuel Marulanda.

En Bogotá, los organismos de seguridad ven con particular preocupación la infiltración en la Universidad Nacional, la Distrital y la Pedagógica. En estos tres claustros, al parecer, se mueven los clanes Jaime Bateman, Simón Bolívar, Camilo Torres, Jorge Eliécer Gaitán y los llamados núcleos bolivarianos María Cano y Juan de la Cruz Varela. También figuran el Movimiento Libertario Camilista, el clan Policarpa Salavarrieta, las llamadas Ovejas Rojinegras y el Movimiento Estudiantil Revolucionario (MER). La mayoría de estos grupos opera en células de cinco integrantes y sus jefes, y sus alias, ya están en el radar de las autoridades locales.

En Nariño, hace apenas seis meses se presentaron incidentes con el llamado núcleo bolivariano Arnovis Vásquez. En Antioquia figuran el núcleo Ciro Trujillo y la brigada Carlos Pizarro. En la Universidad Industrial de Santander aparece el núcleo José Prudencio Padilla y la brigada Carlos Toledo Plata. Organizaciones que se replican, según parece, en la Universidad Tecnológica de Pereira y en la Universidad del Valle, con la brigada Luis Otero, comandos estudiantiles bolivarianos y las llamadas Juventudes Marulandistas. El jefe guerrillero alias Matías Aldecoa, comandante del bloque surocccidente de las Farc, sería el articulador de estos grupos.

En Cauca, Boyacá, Cundinamarca, Atlántico, Huila, entre otros departamentos, habría operaciones de infiltración en las universidades. Y pese a que es una estrategia que ya conocen las autoridades, las guerrillas insisten en seguirse colando en la protesta social legítima. Ejército, Policía, DAS, trabajan conjuntamente para evitarlo. En palabras del director del DAS, Felipe Muñoz, existe una preocupación sobre este fenómeno: “Pruebas documentales, de videos, declaraciones de desmovilizados y fuentes de inteligencia nos permiten decir que las Farc y el Eln tienen unos pequeños grupos organizados en algunas universidades, que pretenden sabotear la legítima protesta de estudiantes”.

El rector de la Universidad Distrital, Inocencio Bahamón, en diálogo con El Espectador señaló que “aquí estamos expuestas todas las universidades, tanto públicas como privadas” y que no puede afirmar que existan grupos ilegales operando, muy a pesar de que existan letreros o consignas de tipo clandestino. También sostuvo que deben ser los organismos de control los que eviten estas infiltraciones y aumenten la vigilancia. “Las universidades públicas somos un blanco fácil”, añadió Bahamón, y expuso que hay una urgencia de sensibilización de la comunidad estudiantil para prevenir esta estrategia de los grupos ilegales.

El gobernador de Santander, Horacio Serpa Uribe, tiene su propia visión sobre este fenómeno. Según él, las protestas de encapuchados con brazaletes del Partido Comunista Clandestino o Brigadas Bolivarianas de las Farc en la Universidad Industrial de Santander, ocurridas hace un par de meses, son alarmantes. “Nadie puede meter las manos al fuego para decir que no hay infiltración en los estudiantes, lo que sí es cierto es que la mayoría de ellos sólo quiere estudiar y no están vinculados a estas organizaciones”, dijo Serpa Uribe.

En síntesis, los organismos de seguridad buscan a toda costa frenar de una buena vez la estrategia de las guerrillas de incubar el conflicto en las aulas. Ya existen identificaciones de los grupos, de cómo operan y cómo se han infiltrado. El gobierno Santos está realmente inquieto con este escenario y la orden es muy clara: sin estigmatizar estudiantes ni universidades, hay que acabar con esas células.

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