"Iré a renovar vínculos"

En entrevista con El Espectador, el Nobel de Literatura 2008, Jean Marie Gustave Le Clézio, reconstruye su travesía desde Panamá hasta Medellín junto a un brujo.

Le Clézio dedicó el Nobel de Literatura 2008 a los  narradores indígenas  emberas y wounaan.  / Reuters
Le Clézio dedicó el Nobel de Literatura 2008 a los narradores indígenas emberas y wounaan. / Reuters

Prefirió responder el cuestionario por escrito y sin ayuda de asistente o traductor porque quería practicar español, recordar el que aprendió primero en México y luego en Panamá y Colombia, aunque llegó a dominar más lenguas indígenas que castellano. Después, con la misma naturalidad, respondió contrapreguntas y se mostró ansioso por regresar al país de su desaparecido amigo Gerente Peña, un “príncipe del bosque” que incluyó en dos de sus libros, uno de los sabios indígenas del cuerpo y del alma que le cambiaron la vida.

Maestro, ¿qué significa para usted volver a Colombia 43 años después?
Para mí el encuentro en la Feria del Libro de Bogotá es una ocasión magnífica de renovar los vínculos que yo siempre he tenido con la literatura y la cultura de este país. En general, América Latina favorece al pensamiento y a las artes, no sólo porque son naciones donde nació verdaderamente el arte popular, sino donde se inventó una conexión profunda entre el pueblo y los intelectuales. Hace dos años estuve en la Feria del Libro de Guadalajara y fueron momentos conmovedores de intercambio y de reflexión sobre el tema del mestizaje. Y el último mes de julio estuve en la Feria de Xalapa, también en México, y me impresionó la participación de la población en los encuentros. Por eso creo que la Feria de Bogotá tendrá el mismo objetivo.

Aquí sobrevive un centenar de culturas indígenas, 60 en peligro de extinción, entre ellas los emberas y los wounaan que usted conoció en la frontera con Panamá. ¿De qué sirvieron obras suyas como ‘Haï’, donde está su percepción de Colombia?
Permanecí tres años en la selva del Tapón del Darién y el encuentro con los emberas y los wounaan fue un momento decisivo en mi vida, una experiencia a la vez espiritual y física que me cambió radicalmente.

{En Lecturas secretas —Ediciones Testimonio. 2002—, el literato Édgar Bastidas Urresty escribió un ensayo sobre cómo Le Clézio llegó a trabajar al Instituto de Estudios de América Latina con sede en México, entre 1970 y 1974, e investigó sobre la historia y la cultura aztecas y mayas, siguiendo los pasos de los poetas Antonin Arthaud y Henri Michaux. Desde allí hizo contacto con los indígenas en Panamá y Colombia que inspiraron su libro La fiesta cantada y otros ensayos de tema amerindio —1997—. “Le Clézio cuenta que cada año los visitó durante 6 a 8 meses en la época de lluvias, cuando los ríos crecen y permiten viajar en las piraguas. Esta comunidad le enseñó su lengua, ‘una lengua elemental, una explicación sumaria de su propia cultura. Aprendí una nueva manera de ver, de sentir, de hablar’. Aprendió que ‘se debe marchar en silencio en la selva, sin pararse, ni sentarse, los sentidos despiertos’. A reconocer los árboles y sus usos”. Escribió: “Las noches eran magníficas, llenas de ruidos. Las mujeres cantaban, rimando la mano sobre sus collares, cantaban la historia de Hinupoto que antaño espiaba las muchachas y robaba la sangre de sus menstruos, la historia del pájaro carpintero que robó el fuego al caimán o del gran árbol Cuippo que, cayendo sobre la tierra, dio el agua a los hombres, cuando sus raíces se convirtieron en fuentes y sus ramas en los ríos que corren al mar”. Descubrió “la inteligencia del universo, su evidencia, su sensibilidad. La relación estrecha que une los seres humanos no solamente con el mundo que los rodea, sino también al mundo invisible, a los sueños, al origen de la creación”}.
En ‘Haï’ evoca al indígena colombiano Gerente Peña, de quien oí hablar por primera vez en un encuentro en Quibdó (2009), donde la Legión del Afecto y la ONU reunieron a los maestros que enseñan en medio de la selva chocoana, y fue citado como uno de quienes honran la milenaria cultura de la tradición oral. ¿Cuánto influyó en usted y qué recuerda de él?

Recuerdo ahora el retrato del brujo Gerente Peña que aparece en mi libro de la editorial Skira. Me gustaría enviárselo, pero las fotos de esa época todas desaparecieron (el propio Le Clézio las tomaba con una cámara Leica de fuelle). Lo siento. Fue él quien me preguntó si lo acompañaría en su travesía por la selva. Él iba desde Panamá a Colombia para estudiar más plantas medicinales y para ver a su familia, porque provenía del Baudó (Chocó). Era, puesto que creo que ha muerto desde aquel tiempo, un gran médico y un hombre muy inteligente, con mucho carisma.
{Con distintas fuentes de la etnia embera-wounaan pregunté por él. También a investigadores de la Universidad de Antioquia. Todos lo reconocen como uno de los sabios mayores, pero no saben dónde vive o si murió. Quien más averiguó en Semana Santa sobre Gerente Peña fue Alberto Áchito, líder embera de Juradó, Chocó, y la versión más creíble que me contó por teléfono celular es que el brujo regresó a Panamá, desplazado por la violencia de las Farc contra su comunidad. La mitad de los 6.500 indígenas, protegidos por la Corte Constitucional pero no por el Estado, todavía habita las riberas del alto San Juan y a 2013 siguen clamando respeto de la guerrilla y ahora de Los Urabeños en el bajo San Juan, litoral pacífico cercano a Buenaventura}.

¿Cómo fue ese largo viaje con Gerente?

Fue una experiencia fuerte, atravesando el Tapón del Darién y después en piragua a través de los pantanos hasta Riosucio y el Atrato; después en camión de pasajeros por las serranías hasta Medellín y por el Páramo de las Letras hasta inmediaciones de Buenaventura. A lo largo del camino, Gerente Peña daba consultas a los enfermos del cuerpo y del alma. Pero no soy un escritor viajero, no me aventuraré a contar todo tan menudo. ¡Lástima!

{Más detalles están en los libros indígenas de Le Clézio, según el profesor Bastidas Urresty: cuenta que conoció a Gerente Peña “como amigo, campesino, agricultor, cuentista, médico, brujo, que canta para cuidar un enfermo, canta melopeas para agradar los espíritus que son injustos y ligeros como los hombres: ‘Plata americana, plata colombiana...’. Peña habla de su maestro en el río San Juan, en Colombia, a quien le aprendió todos sus secretos. Le Clézio volvió a ver a Gerente Peña en Medellín, vestido de harapos, ‘magnífico como un príncipe del bosque. Las gentes de la ciudad, los turistas de Bogotá se detenían, le tomaban fotos’ ante su indiferencia. Es uno de los más hermosos recuerdos de su paso por Colombia”}.

¿Un punto de quiebre para su escritura?
Escribí poco después un librito llamado Le pays d'Iwa, sobre el poder de la adivinanza por el Datura stramonium, en embera iwa. Al final, nunca se publicó.

{Se refiere a un suceso “traumático importante” para el escritor francés, según Bastidas Urresty: haber participado en la fiesta indígena Beka, precedida de la ceremonia Tahusa, en la que el adivino-brujo Iwa Tobari lo dejó bajo los efectos del datura, un alucinógeno selvático. “Visitó la casa del adivino Colombia, el más notable de los emberas, situada cerca del río Chico, uno de los afluentes del Chucunaque. Una tarde el adivino le dio el primer brebaje de datura en una pequeña calabaza, sin sobrepasar la medida para no exponerse a la locura, y repitió la dosis en los dos días siguientes. Al cuarto día empezó a sentir los primeros efectos de la bebida: caminó titubeando hasta el río. En la noche tuvo fiebre alta, signos de agresividad, sueños, pesadillas y alucinaciones: vio un árbol lleno de ojos, un gigante con taparrabo azul que lo miraba; en la otra orilla la casa de la araña, la aldea de los espíritus. Al despertar le contó a Colombia lo sucedido en el trance sin lograr perturbarlo, pues siempre estuvo a su lado y cuando comenzó el trastorno le dio agua en jugo de caña”. El árbol datura blanco “habla a los que beben el jugo de sus hojas, que los árboles tienen ojos que nos observan, y que del otro lado del río, delante de las casas de los hombres, los espíritus tienen sus aldeas y atraviesan el agua cada noche danzando como si fueran llamas”. Bastidas ratifica: “el descubrimiento de los emberas cambió la vida de Le Clézio, sus ideas sobre el mundo y sobre el arte, su comportamiento con los otros, su forma de caminar, de amar, de dormir y hasta sus sueños”}.
¿Qué hacer para proteger estas etnias y hábitats biodiversos como la Amazonia, amenazados por narcos y mineros?

El peligro mayor para las poblaciones indígenas, en Panamá, en Colombia y otras partes del continente, está en la confrontación violenta con la explotación minera y el narcotráfico. Una cierta autonomía de estas poblaciones, con el beneficio de comarcas definidas ayudaría mucho, pero hay que insistir en el hecho de que estos pueblos necesitan tomar su porvenir en sus manos y participar de la democracia. El acceso a la enseñanza plurilingual es capital, lo que significa la posibilidad de enseñar las lenguas indígenas en las escuelas al nivel nacional también. Es una experiencia que dio buenos resultados en Ecuador y Bolivia.
¿Piensa en otra cruzada ecológica como aquella contra Mitsubishi en México para salvar la laguna salada de las ballenas grises, registrada en esa prosa poética de ‘Pavana’ (1992) a través de la historia del cazador arrepentido? ¿Una en Colombia?

Siempre me preocupa el tema de la ecología, puesto que creo que está conectado con la valoración de las culturas tradicionales. Siendo escritor, mi acción se encuentra más en los temas de mi literatura, pero cuando se necesita, participo en las luchas ecológicas, con el Grupo de los Cien en México (con su amigo poeta Homero Aritjis, quien hoy publica en El Espectador un texto sobre su amigo Nobel y otro a cuatro manos) o a través de Survival Internacional. Hace tres años participé de la acción del grupo de la Nación Originaria Innu de Canadá contra la construcción de la represa hidroeléctrica en el río La Romaine por la compañía Hydro-Québec. Estoy dispuesto, desde luego, a apoyar la acción de las organizaciones ecológicas en Colombia, especialmente en la región amazónica.
Ese perfil de “explorador” que le dio la academia sueca, esa relación entre viaje y escritura, ¿sigue siendo base de su obra?

Explorador para mí es una burla. Gran parte de mis escritos proviene de mis lecturas, especialmente de la niñez, porque tuve la suerte de viajar en la literatura universal en la biblioteca de mi abuelo, desde obras mayores como el Lazarillo de Tormes o el Quijote, hasta la literatura moderna inglesa, y una enciclopedia mágica del siglo XIX: Diccionario de la conversación (15 tomos que memorizaba por partes).
Entonces la palabra puede ser nómada. ¿Cómo define después de medio siglo de viajes su identidad racial y cultural?

Ya no viajo mucho: cambio de residencias. Por mi familia paterna y materna soy mauriciano, de esta pequeña isla totalmente mestiza (ver El Africano). Por mi educación soy francés. Y por el lado de mi esposa, estoy vinculado a las culturas nómadas del desierto, la antigua colonia del Río de Oro en el Sahara occidental (ver Desierto). Esta ambigüedad es una ventaja para entender el mundo.
La revista ‘Lire’ lo escogió como uno de los más grandes escritores de la lengua francesa. ¿En dónde ubica hoy su obra frente a clásicos como Rabelais, Proust, Flaubert y referentes más recientes y cercanos a usted como Perec?

Perdón, no tengo respuesta para ésta.
Cinco de sus libros abordan la historia de México hasta el siglo XX. ¿Cómo analiza el presente mexicano marcado por corrupción y violencia narco?

México es un país magnífico, con una historia mágica, tanto en el pasado indígena como en la lucha contra la tiranía y el imperialismo. Por mucho tiempo fue un faro alumbrando a toda América. Ahora atraviesa una crisis terrible, pero tengo confianza en su capacidad de superar esta criminalidad.
¿Ve conexiones históricas entre México y Colombia que deban ser estudiadas para entender el porqué de tanta violencia?

Cuando tenía 30 años viajé entre Panamá y Colombia, en compañía de aquél curandero wounaan, a través de la selva hasta Quibdó y Medellín, sin encontrar ningún peligro. En México viajé a menudo por el norte, cruzando la frontera. Todo esto hoy día parece difícil. Parte de la culpa la tiene el vecino del norte, que es el consumidor de las drogas y el proveedor de las armas, pero también los gobiernos de los países del sur que dejaron progresar esta violencia. No creo que haya una fatalidad de la violencia y las raíces del mal no son históricas. Mejor dicho: los países del sur son las primeras víctimas de una corrupción de característica transnacional y las soluciones no pueden ser encontradas en un solo lugar, sino que han de ser asunto primordial de todas las naciones del mundo, objetivo que debe tener precedencia sobre el surrealista y enloquecido esfuerzo para el armamento nuclear, entre otros desperdicios militares.
Según entrevistas a usted —como su reveladora charla con Gérard de Constanze publicada por el ‘Magazine Littéraire’—, coincidimos en el gusto por Flannery O’Connor. Tengo a la mano el ensayo ‘El arte del cuento’, donde explica por qué “la ficción opera a través de los sentidos” y advierte que el escritor “no debe olvidar o resignar ninguna de las posturas morales” que le dictan sus convicciones. Encuentro coincidencias suyas con ella porque su literatura es en primer lugar de acumulación de imágenes más que de situaciones, aunque difieren en cuanto a que usted profundiza la vivencia a la hora de narrar mientras en ella la transformación del personaje y la significación operan más desde el distanciamiento. ¿Qué opina?

Tengo en mi mente la definición de Flannery O’Connor que afirma que todo lo que escribió fue una acumulación de imágenes, sensaciones y sentidos recolectados durante los 15 primeros años de su vida. No comparto su pesimismo, pero creo también que el papel del escritor está en la reconstrucción de estos años de formación, cuando aparecen, a pesar del egoísmo y de la violencia de la juventud, sus primeras inquietudes morales.
Precisamente sus críticos dicen —recuerdo ahora un buen ensayo, duro con su obra, del mexicano Rafael Lemus en ‘Letras Libres’— que las novelas de su madurez son demasiado “buenas” para lo mal que está el mundo y que a veces se exceden en sentimentales, románticas, sensuales, morales, líricas. ¿Qué opina de eso y de que lo contrapongan a autores “pesimistas y oscuros” como Coetzee?

No sé, es cuestión de apreciación individual. Estoy perfectamente consciente de que mi visión del mundo pueda parecer simplista. Creo que mi vida con los emberas fue ¡una vacuna contra el pesimismo!
¿Qué escritores colombianos ha leído y cuál es su opinión de García Márquez?

En México encontré a Álvaro Mutis y fue él quien me inició en la lectura de los dos escritores mayores de América Latina, que son Juan Rulfo, por su Pedro Páramo, y García Márquez, la versión colombiana de Rulfo.
Son evidentes su alma y su interés visceral por África (‘Onitsha’, ‘El pez dorado’, ‘El buscador de oro’, ‘Viaje a Rodrigues’, etc.), así como su relación conflictiva con Europa. No puedo dejar de preguntarle por la invasión de Francia a Malí, movida por intereses económicos coloniales.

No comparto el entusiasmo de la clase política francesa para esta intervención. Siempre me preocupa cuando un ejército potente con armas modernas invade a un país pobre, cuyas fronteras han sido trocadas artificialmente por la colonia.
A propósito del colonialismo francés, hace seis años usted firmó junto a otros intelectuales el manifiesto “Pour une littérature-monde en français”. ¿De qué sirvió en el plano político y literario francófono?

Fue un apoyo al gran poeta Édouard Glissant. No me enteré de sus consecuencias, particularmente en cuanto a la autonomía de las Antillas francesas y de la Guyana. Me imagino que fue una lágrima en el océano narcisista de la literatura francesa contemporánea.
Desde ‘El proceso verbal’ y ‘El diluvio’, influenciado por el norteamericano J. D. Salinger, usted empezó a ser reconocido como representante de la novela experimental y luego de su vivencia indígena parece haberse establecido en una línea más tradicional. Ahora que se cumplen 50 años de la publicación en Francia de una obra emblemática como ‘Rayuela’, de Cortázar, ¿cómo ser innovador en la novela del siglo XXI?

Lo bueno de nuestros tiempos modernos es que gracias a la novela hemos recurrido a todas las arcanas de la expresión literaria, desde el libro absoluto como de Joyce, hasta la así llamada autonovela en Francia y América Latina, pasando por la literatura comprometida y la novela experimental, como Cortázar o Alain Robbe-Grillet (gran influencia de Le Clézio a través del movimiento de la “nueva novela”, más metafísica que carnal). Así, estamos de nuevo vírgenes, con toda libertad para expresar la individualidad, inventar nuevas palabras y, según el mejor cumplido que me hizo la academia, nuevas partidas.

La vida pasa y novelistas consumados como Philip Roth acaban de anunciar su renuncia al oficio porque ya escribieron lo que tenían por decir. Después de 50 libros, entre novelas, cuentos y ensayos, ¿qué cree que le falta narrar?

¡Me falta tiempo! Gracias por sus preguntas. ¡Será un placer que nos encontremos en Bogotá! Atentamente suyo, J. M. G. Le Clézio.

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