Luces y sombras del Carnaval de Curramba

Con marimondas y papayeras el pueblo tumbó la prohibición de exhibir disfraces “con alusiones vulgares o morbosas”.

El indio es uno de los personajes que adquiere importancia simbólica en el Carnaval de Barranquilla. / Cortesía

El decreto fallido de la Alcaldía de Barranquilla que pretendía restringir los disfraces y las alusiones burlescas en el carnaval, pareciera haber aguijoneado la creatividad popular, pues durante los días siguientes se vieron caricaturas inverosímiles en los actos previos a la gran fiesta de la llamada Arenosa.

En el instante de la promulgación, la primera reacción fue la de César Morales Mejía, apodado Paragüita, director de Las marimondas del Barrio Abajo, una comparsa de 960 integrantes que ha ganado 28 congos de oro, máxima distinción para los disfraces más originales y de tradición.

“Ese decreto lo tumbamos a punta de muletazos”, me explica Morales, quien, al igual que la alcaldesa del Distrito de Barranquilla, Elsa Noguera, usa soportes artificiales para apoyar sus extremidades inferiores. Enseguida anota que, cuando la primera autoridad del Distrito le anunció que iría a conversar con él, se alistaron 70 marimondas y una banda musical ‘papayera’ que desplegó sus ritmos para derrumbar las prohibiciones.

El decreto, en su artículo 14 del capítulo VII, prohibía “todo tipo de disfraces con alusiones vulgares o morbosas…”. Paragüita dice ahora que la norma apuntaba, principalmente, contra sus disfraces, pues la marimonda es creación criolla, irreverente y de connotaciones fálicas por la inmensa nariz que cuelga desde la mitad del rostro.

“La marimonda se mete con todos, es un resentido social que usa, al revés, un viejo pantalón, orejas de cartón, saco mohoso y una corbata gigante para burlarse de la élite del poder y del nepotismo. Pero es triste que el pueblo no pueda ver el carnaval, porque los palcos son para gente pudiente”, agrega.

De diablos, muertes y sátiros. En el mismo sentido se expresa Luis Orellano Niebles, quien hace 22 años decidió emerger de un cementerio imaginario de su natal Galapa y disfrazarse de muerte, esa extinción de vida que cada año recorre el carnaval en su cruda realidad y en su fantasía más antigua.

Orellano habla con pasión, pues considera que su municipio, descubierto por el adelantado español Pedro de Heredia en 1533 y ubicado a ocho kilómetros de Barranquilla, aporta 40 grupos folclóricos al carnaval. Lo dice en su condición de autoridad tradicional y como exgobernador indígena del cabildo Mocaná, primeros pobladores de Galapa. “No debe olvidarse que el Carnaval de Barranquilla tiene origen en mi pueblo”, enfatiza.

Luis explica que frente a la inminente extinción del disfraz de muerte, decidió revivirlo para rescatar la tradición de un temible y alegórico personaje que ronda por doquier. Así, convocó a varios amigos y creó una danza acompañada de diablas vestidas de rojo que impiden con sus movimientos que los esqueletos andantes las capturen con sus guadañas con el propósito de llevarlas al más allá.

“Hay que proteger la declaratoria de la Unesco. Que no se pierda la tradición por caprichos de una alcaldesa. A veces se piensa más en el negocio. La empresa privada nunca ayuda a los grupos, sino a Carnaval S.A. Poco nos colaboran”, dice, mientras se alista para exorcizar a la parca el lunes de carnaval, día en el que desfilan las comparsas de fantasía y los grupos de tradición.

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En la calle 68 entre carreras 62 y 63, norte de Barranquilla y sitio que se convierte en un espacio antropológico para dar rienda suelta a otra especie de carnaval, Darío Moreu, fundador del colectivo Ay Macondo, avanza en los preparativos para una nueva Carnavalada, evento al aire libre por el que se pasean, en desfiles y rondas de apariencia fantasmagórica, danzas, saltimbanquis sin rumbo, aprendices de prestidigitadores, goleros sin hambre, arlequines de ocasión, cumbias, sextetos, septetos, gaiteros venidos de San Jacinto y grupos de teatro que reviven los personajes sin rostro de algunas obras del Nobel Gabriel García Márquez.

Darío fue el protagonista de una divertida historieta que ocurrió en el carnaval del año 2000, cuando se hizo una retrospectiva después de haber ganado el Congo de Oro en 1996. Su disfraz fue el de Sátiro Alado, al que dotó de inmensas orejas, cuernos puntiagudos en la frente, piernas alargadas, alas gigantes y un falo de 70 centímetros que sacudió luego de detenerse frente al palco donde el presidente Andrés Pastrana observaba con ojos de asombro y sonrisa oficial.

“Hubo reacciones —me cuenta Moreu—. El comandante de la Policía censuró la acción y al final del desfile me esperaba una tanqueta para llevarme preso. Me detuvieron durante seis horas y para ‘negociar’ me dijeron que debía quitarme el falo, el cual se llevaron escoltado hasta el estadio de béisbol Tomás Arrieta. Yo quedé libre”.

—¿Carnavalada es una fiesta alternativa? —pregunto.

—Es una muestra de arte escénico y democrático —contesta—. Allí no hay contaminación visual ni comercial. Y está basado en la música tradicional. La idea es la protección, la preservación sin negar el dinamismo de la ciudad, pero sin poner en riesgo el carnaval con otros factores.

—¿Qué otros factores?

—La llegada de otras músicas y las programaciones en emisoras y canales de televisión. No hay nada ancestral en ello y responde más a propósitos comerciales.

Mientras Moreu da los toques finales al fandango carnavalero del lunes de carnaval, en el municipio de Galapa, Brian de Moya Albor y su madre, Sissy Albor Cera, directora del grupo colectivo Sátiros, Mitos y Leyendas, esperan ganar su octavo Congo de Oro con el disfraz con el que destacan las piernas de cabra, cuerpo de hombre, piel de animal y nariz chata que rinde culto al dios Baco, pero que, según Brian, evita satanizar el cuerpo humano y prefieren por tanto imitar la acción que hubo con el sátiro de la Capilla Sixtina: ocultar el órgano simbólico de la reproducción y la fertilidad.

Al final del diálogo, termina con la frase de combate de una celebración multitudinaria que antecede a la cuaresma cristiana en medio de saturnales caribeñas que evocan aspectos de las fiestas paganas de la antigua Roma: “¡Carnaval es carnaval y quien lo vive es quien lo goza!”.

Una década como obra Maestra de la Humanidad
En 2014 se celebra el décimo aniversario del Carnaval de Barranquilla como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, declaración hecha por la Unesco en París el 7 de noviembre de 2003. El primer Carnaval que se llevó a cabo con ese título fue en 2004, luego de la presentación de un ‘dossier’ liderado por la periodista e investigadora Lola Salcedo y en el que participaron otros académicos y gestores culturales, entre ellos el poeta Harold Ballesteros.

“El propósito de la Unesco fue preservar el espacio antropológico y evitar la invasión de lo que hemos visto en los últimos años, es decir, la contaminación sonora, visual, comercial y política de los espectáculos del Carnaval. La comercialización es excesiva. Además, los hacedores del Carnaval, que son gentes que habitan en zonas marginales y en la periferia, no son correspondidos como debe ser”, sostiene Ballesteros.
Según él, existe una desnaturalización simbólica de las fiestas mediante la invasión de marcas comerciales. Pero la resignificación de los espacios por parte del pueblo —prosigue— permite que el Carnaval siga vivo. “La diversidad cultural fue uno de los factores que permitieron la declaratoria de la Unesco”, concluye.

 

* Próxima entrega: Desde la 44 se escuchan voces que cuestionan la organización oficial. La resurrección de Celia Cruz y Hugo Chávez. Habla Carla Celia, presidenta de Carnaval S.A.

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