La metáfora de ‘El diluvio’

Esta lectura alucinada explica por qué es llamado autor de la “ruptura” y el origen de su “bosque de las paradojas”.

De J.M.G. Le Clézio había leído El Africano (2004), particular biografía de su lejano padre, médico nacido en la isla de Mauricio, y una evocación de la belleza del paisaje y de sus años en Nigeria, en el continente que lo marcó en la niñez, en plena guerra mundial, y lo dejó en eterno conflicto espiritual con Europa, donde nació en Niza en 1940. Conmovedora calidad narrativa y sensitiva.

No había leído una muestra de su primera etapa hasta que, con motivo del anuncio de su visita a la Feria del Libro de Bogotá, encontré El diluvio, novela publicada en 1966 y escrita cuando tenía 25 años de edad. Seix Barral publicó en Colombia la traducción del francés de Jaume Pomar.

Por cuenta de este complejo libro de más de 300 páginas pasé una Semana Santa alucinante. El epígrafe es un anuncio: “Los ojos no tienen fronteras”. Es la historia de François Besson, un profesor fracasado de 27 años que no soporta ni a sus padres, con los que vive, ni a sus amantes, ni a su entorno citadino, ni a él mismo. Pero esto lo empieza uno a saber después de que el precoz Le Clézio, el lector compulsivo y autor de ficciones desde los 7 años, ha fabricado en 50 páginas un universo apocalíptico, con cierto tono bíblico irreverente que ronda los límites del lenguaje.

No es una novela fácil. Si uno acepta el reto de meterse en ese universo metafísico-hiperbólico, que tiene algo de borgiano —y él tertulió largo una vez con Borges—, descubrirá “el bosque de las paradojas” del que habló el día que recibió el Nobel. Escrita cuando quería entender de dónde venía —de una familia que fue rica y llegó a no tener refrigerador— y para dónde iba, cuando sintió la necesidad de ser testigo de su época y hacer algo mejor de lo que hicieron los escritores que leyó y digirió para transmutarlos en sus obras, El diluvio surgió justo en la época en que García Márquez creaba el realismo mágico de Cien años de soledad. Le Clézio inventa y nombra un mundo deforme que “había cesado de ser y de haber sido”, pero que ahora era el principio del fin de lo abstracto, matemático, caleidoscópico; la visión dislocada de la realidad que también se tomaba el arte.

Apoyado en una poética del caos construye una atmósfera fragmentada, confusa, ilógica, en metamorfosis y fricción permanente; una palabra suelta, una cifra, un signo matemático, una cruz, una lista, un letrero, la punta de una pestaña, son parte del torrente descriptivo de “una especie de infierno de la inteligencia”, de la decadencia humana y material que albergará la ciudad donde el personaje principal aparecerá en una nueva dimensión del tiempo y del espacio para ser testigo de la “fulminación universal”. El suspenso es la amenaza latente del diluvio, real y metafórico a la vez.

Un ambiente de pesadilla, la realidad contrahecha: “Ahora empezaba la historia de las nubes amontonadas, ahora empezaban las primeras aventuras de la sombra y del negro; la ciudad, frente a los horizontes bloqueados, giraba alrededor de sí misma, como un rinoceronte herido en el corazón. El viento se había hecho piedra... los fósiles de los hombres y de los perros, abandonados aquí y allí, bajo el sol de la conciencia... las montañas estaban aplastadas, los ríos habían sido bebidos... el universo construido como una pirámide inversa”. Sensibilidad más amenazante y profunda, sintaxis y semántica mejor llevadas hacia las fronteras de la imaginación que en La carretera de Cormac McCarthy, ganadora del Pulitzer 2007. El diluvio funda en los años 60, desde la habitación del inmóvil François Besson, “la gran caverna del silencio”, su inconformismo con la materia, la carne y el espíritu, la incertidumbre de sus acciones y pensamientos, sus múltiples visiones de la vida y de la muerte. Viéndolo deambular hambriento por las calles, huyendo del estrépito opresor de la urbe, me recordó a Suttree (1979), el personaje de McCarthy que se harta de Tennessee y se va a vivir bajo un puente y desde allí construye un personaje épico al estilo del agobiado Leopoldo Bloom del Ulises de Joyce en Dublín.

La estructura de El diluvio tiene 13 capítulos, cada uno representa un día cada vez más angustiante que el anterior, agobiantes para François y para el lector, pero que Le Clézio sostiene explorando otras formas del yo, narrando desde la tercera, la primera y la segunda personas. El temor incluye al lector: “El peligro viene de todos lados; por todas partes se abren en el mar las bocas ávidas, las bocas horribles y fascinantes que mugen hacia ti”. El vértigo es dosificado con ficciones paralelas como el cuento de Albonico (guiño a Salinger) y el de Albert; el monólogo de 12 páginas de Anna contra los hombres y contra todo, incluida la literatura; la novela infantil de Oradi, las aventuras de Texas Jack y los relatos de Lucas, el hijo de Marthe, su segunda amante. Personajes como la amada y despreciada madre de François, su hermano, Josette, son importantes pero intrascendentes frente a la fuerza del universo que los domina y los lleva hacia el abismo. El François pedagogo, con instinto paternal, arrepentido, se dibuja a través de diálogos y apariciones fantásticas al estilo de Carver; explora lo religioso, la mendicidad, el trabajo, la criminalidad, la agonía propia vista a través de la de un perro callejero que muere de rabia. Construcción en rombo, “desde una nada anterior hasta una nada posterior sin decaer en el ritmo”.

Y el temporal definitivo llega, “el sol franqueó la línea del horizonte y el paisaje devino una carnicería”; con la fuerza de la naturaleza fundida con la oscuridad y la incertidumbre de la condición humana; con la musicalidad, el cuadro febril, la rara sinfonía de lo horrendo bello, al estilo de Baudelaire, que atrapa desde la primera línea. Aquí Le Clézio es un talento precoz iluminado por el gran Rimbaud, el precoz mayor, a quien dio crédito el día del Nobel y cuya poesía convirtió en mandamiento de su prosa: “Paños negros y órganos, relámpagos y truenos, suban y retumben. Aguas y tristezas, suban y vuelvan a levantar los diluvios”. La metáfora atraviesa la mayoría de los libros de Le Clézio interrogando “el destino maléfico” de los hombres.

Nelson Fredy Padilla

 

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