Sueño en movimiento o Dos hombres, dos países

Este texto, escrito a cuatro manos entre el novelista J. M. G. Le Clézio y el poeta mexicano Homero Aridjis, se publica por primera vez, con motivo de la entrevista concedida por el Nobel francés a El Espectador.

Dos escritores, dos países, qué fácil y qué difícil personificar en una relación los vastos territorios culturales de Francia en México y de México en Francia, de un hombre del mar con un hombre de la montaña. Y qué tentador, y qué soberbio, tratar de unir también a través de una amistad las raíces remotas, los entornos humanos y, en consecuencia, las obras literarias, con todas sus semejanzas y diferencias, de dos naciones con un fuerte carácter cultural. Y con una historia donde deambulan lo mismo un Vercingetórix, le chef gaulois, y Cuauhtémoc, el Águila que Cae; una Malinche, la gran “traductora” de la cultura mexicana por excelencia, y la rebelde Juana de Arco, y esas formidables escritoras, con un cuarto propio donde pensar, como la mundana Madame de Stael o la monja Sor Juana Inés de la Cruz. O, más cerca de nosotros, hemos visto arder la imaginación de un Antonin Artaud en el país de los Tarahumaras o hallamos a Octavio Paz en las calles de París descubriendo el surrealismo, que André Breton había encontrado vivo en tierras mexicanas.

A veces, creemos que hay que viajar mucho para encontrar en otra parte lo que somos en nosotros mismos, y que al final del día las sombras animadas que somos acaben proyectándose tenuemente en el vasto horizonte de una historia colectiva, que con el paso de los años se convierte en obra individual. Porque como en una cámara de ecos, las voces de los ancestros, que detectamos en los escritores contemporáneos, con frecuencia no sólo son registros nacionales sino también evocaciones del mundo judeo-greco-Iatino, o, en el caso de los mexicanos, proceden de los mitos, los ritos y los códices. Porque en nuestros comienzos, franceses y mexicanos hemos celebrado unos y otros el alba del mundo a través de las vidas de dioses y reyes, narrando la comedia humana.
 
Cuántas tardes hemos podido evocar los nenúfares en los bosques de la mariposa Monarca, cuando los verdes del Cerro Altamirano y el vuelo recurrente de los lepidópteros en su cráter apagado se asemejaba al movimiento de los Ninfeas en los estanques sin bordes y sin límites de Claude Monet. Cuántas veces hemos pensado en la arribazón de miles de tortugas marinas en las playas de Michoacán, o en las costas de Oaxaca, como si fuera un “desarreglo de todos los sentidos” que, a lo Rimbaud, nos permite convertirnos en videntes de la Naturaleza. Asimismo, podemos ver la cacería de la ballena gris a través del prisma de Pawana(palabra nattick por “ballena”), en el cual el cazador Charles Melville Scammon, quien dio su nombre a Scammon’s Lagoon (la actual laguna costera de Ojo de Liebre, donde ahora una salinera comparte el hábitat hibernal de la ballena en Baja California Sur), se arrepiente de sus matanzas del cetáceo.
 
Nos referimos a un Michoacán de la mente, ese pequeño estado del ser que se encuentra dentro de nuestros países como un reino propio. Mas también, cuántas veces un poeta mexicano ha caminado por los senderos del bosque de Chapultepec evocando los versos de El Desdichado de Gérard de Nerval o Le Soleil de Charles Baudelaire, como si se estuviera inmerso en un sueño francés o una fábula mexicana. No cabe duda, nuestra literatura, que ha nacido de siglos de lenguaje colectivo, está presente en la vida. Es un sueño en movimiento. Leyendo la obra de Homero desde el principio, no hay duda para mí de que es el poeta que tiene la visión más ambiciosa del México de hoy, puesto que no se dedica a mantener una idea trasnochada de la cultura mexicana, sino que nos propone un futuro sin certidumbre, abierto, probablemente pesimista, pero exacto, y lleno de afán y de entusiasmo. Es cierto que encontré a México primero en los libros de los cronistas y en las traducciones de los códices. Me acuerdo de la maravilla que fue para mí leer en un facsimilar las páginas del Codex Borbonensis o del Codex Florentinus, o en la edición de José Tudela la Relación de Michoacán. Me dio inmediatamente un sentimiento de pesar, porque esas páginas eran como restos flotantes después de un diluvio, fantasmas de un mundo desaparecido que tenía algo de ideal, a pesar de lo sangrienta que fue la cultura indígena de México. Después de publicar El sueño mexicano me enteré de la ambigüedad del mensaje: algunos críticos en Francia (y creo, en México) me acusaron de hacer una suerte de apología del mal absoluto que era esta civilización basada en la superstición y violencia -me acuerdo de que hablaron de un elogio del fascismo azteca. No sé cuál puede ser el valor de tal crítica. La sociedad azteca tenía aspectos guerreros evidentemente, pero a la vez era una cultura impregnada de la idea de la dualidad masculina/femenina, y una simbología religiosa comparable a la del mundo hindú. En Michoacán, tuve la oportunidad de acercarme a personas del pueblo purépecha de la meseta, que tú conoces bien, Homero. Me asombró lo próximos que están del sistema contemporáneo y de las estructuras políticas y la filosofía que se expresan en la Relación de Michoacán. El tema de la protección de la naturaleza es esencial en las culturas indígenas de hoy -no solamente en México, sino en todo el continente americano. Los pueblos de la meseta que tratan de defender el bosque son los parientes inmediatos de los Innus de Quebec que hoy mismo pelean contra el proyecto de construcción de una presa hidroeléctrica en el río Romaine, que significaría la aniquilación de todo el sistema ecológico de la región. No creo que sea la inocencia de los pueblos indígenas lo que me conmovió en México, sino al contrario una larga experiencia, un conocimiento de la relación entre los seres humanos y el medio ambiente. En tu poesía, en tus novelas leo esta mezcla de sabiduría y de sencillez que es parte de lo magnífico de la cultura mexicana, tan antigua y a la vez tan innovadora. La pregunta ansiosa del último Cazonci de Michoacán a la llegada de los conquistadores: “Ya llegan, ya están aquí. ¿Habemos de deshacer?”, hoy día resuena nuevamente en nuestras mentes, porque quizás estamos viviendo otra conquista- que podría resultar universalmente destructora.
 
La interrogante de J. M. G. Le Clézio en Le Réve mexicain, ou la Pensée interrompue sobre qué hubiera pasado si el Imperio Azteca no hubiera sido conquistado por los españoles, la cual lo llevó a preguntarse cómo hubiera sido la literatura mexicana de hoy si fuera escrita en las lenguas indígenas reflejando el pensar, la cultura, la cosmogonía de docenas de etnias -maya, tzotzil, chontal, purépecha, mazateca, zapoteca, huichol-, como diría Ezra Pound, me quita el sueño. Ver la destrucción del mundo por sus conquistadores y querer volver a la pureza de los orígenes explica la fascinación de Le Clézio por México.
 
Celebremos con sus múltiples rostros y con los Cantares mexicanos:
En Acolhuacán-Texcoco
se guardan maravillosas
pinturas de los anales;
en las casas de los libros,
están las flores preciosas ...
 
Copyright: Homero Aridjis / J.M.G. Le Clézio

J.M.G. Le Clézio / Homero Aridjis 

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