"Ya tenemos un lugar para honrar a nuestras víctimas"

Con un fuerte dispositivo de seguridad, miles de personas llegaron a la Zona Cero para recordar a las casi 3.000 víctimas que dejaron los atentados contra las Torres Gemelas. El dolor y el miedo siguen latentes.

“No es un accidente, esto es un acto terrorista”, dijo Doreen Payle cuando vio impactar la segunda torre del World Trade Center, exactamente a las 9:03 de la mañana, diez años atrás. Ayer, 11 de septiembre de 2011, pareciera que el humo y la resignación de la tragedia siguieran en el aire. “Por más que me digan lo contrario y que sienta que el tiempo cura las heridas, hubo algo que ese día me fue arrebatado para siempre: mi hijo y mi tranquilidad”, aseguraba con los ojos partidos Doreen, quien como el 60% de las casi 3.000 víctimas del mayor ataque terrorista que ha sufrido Occidente nunca recibió el cuerpo de su hijo.

Algunas familias recibieron partes identificadas de los cuerpos de sus familiares, a veces sólo una mano o un hueso, y organizaron un entierro. Pero 1.122 víctimas aún siguen a la espera de ser identificadas. Como el hijo de Doreen.

El vacío de la ausencia sigue intacto para ella.

El tiempo pasa...

Eran las 7 y 50 de la mañana cuando el área de la Zona Cero se encontraba completamente acordonada. Mientras los familiares de las víctimas cruzaban los cinco anillos de seguridad para llegar a Reflecting Absence (Ausencia Reflejada), los dos estanques en cuyos bordes de bronce se inscribieron los nombres de las cerca de 2.983 víctimas, el dolor se confundía con el sol de una radiante mañana. Justo como aquella de hace diez años, incluso con la misma brisa que hizo pensar a muchos dos veces en los reportes de los últimos días sobre un posible atentado terrorista.

“Han pasado diez años y el miedo y la intranquilidad de que algo así pueda volver a ocurrir siguen latentes”, decía uno de los tantos neoyorquinos que con ramos de flores, banderas y fotos de sus seres queridos seguían la ceremonia en las calles aledañas a la Zona Cero.

El presidente Barack Obama, la primera dama, el expresidente George W. Bush y su esposa, Laura, recorrieron en silencio la Zona Cero y saludaron a los familiares de las víctimas. El homenaje comenzó cuando 60 gaiteros desfilaron entre los estanques y se desplegó la bandera raída que ondeó durante diez años.

Fue un momento para dejar atrás todo tipo de protagonismos políticos. Obama, Bush, Michael Bloomberg, actual alcalde de Nueva York, y su predecesor, Rudolph Giuliani, intervinieron con cartas, salmos y poesías. No hubo discursos. Obama leyó el salmo 46: “Dios es nuestro amparo y fortaleza. Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida y se desplomen los montes en el corazón de la mar. El señor está con nosotros”. Bloomberg citó a Macbeth y Bush, quien apenas podía contener las lágrimas, leyó una carta que el presidente Abraham Lincoln le envió a Lydia Bixby, quien perdió a cinco hijos en la guerra civil.

La lectura de los nombres de las víctimas, que se hace cada año pero que ayer se hizo más larga, sólo fue interrumpida por los seis minutos de silencio de la jornada: a las 8:46, 9:03, 9:36, 9:59, 10:03 y 10:28, horas exactas de los cuatro impactos de avión y otros dos por la caída de cada una de las torres.

Luego del sentido homenaje, las calles se abrieron dando comienzo a una peregrinación que para muchos terminó en el Battery Park, en el bajo Manhattan, donde más de 3.000 banderas en honor a los caídos ondearon mientras muchos arrojaban sus coronas de flores al agua en una sentida ceremonia.

Sobre el río Hudson un gigante e imponente navío del ejército estadounidense, con bandera a media asta y escoltado por varios buques cisterna que arrojaban chorros de agua color azul y rojo, se unió al duelo que se vivió en Nueva York, Washington, Pensylvania y el resto del país.

Mientras tanto, en la intersección de la calle Rector y Trinity, a escasas cuadras del World Trade Center, Jules Valante, de 50 años y con una camiseta en memoria de su sobrino que murió en las labores de rescate, entregaba claveles a todos aquellos que como él sufrió el vacío de la muerte de un ser querido.

“A partir de mañana, cuando el memorial abra al público, tendremos por fin un lugar donde honrar a nuestras víctimas. Ya dejaremos de llamar a esto Zona Cero y volveremos a hablar del World Trade Center, el orgullo de esta gran ciudad”, decía Valante.

Al entrar la tarde los cafés y restaurantes, que sirvieron de templos privados para las familias que decidieron aceptar la invitación a la ceremonia, fueron quedando vacíos, al mismo tiempo que los 88 focos de luz comenzaban a serpentear el cielo neoyorquino posando por última vez los dos gigantescos chorros de luz, representando el adiós de lo que fuera la joya más preciada de una ciudad que diez años después se dispone a seguir para adelante.

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