Encuentro con Julian Assange

Relato de cómo El Espectador llegó hasta una mansión del siglo XVII en las praderas inglesas para convertirse en el “aliado” de Wikileaks en Colombia.

Un minuto antes, por poco me caigo de la silla. Por eso, cuando entró a mi celular una llamada del exterior sabía de qué se trataba.

— Hola, ¿Fidel?, te estoy llamando desde Londres.

 — Sí, estaba pendiente, Santiago me contó todo.

— Ah, qué lástima no poderte dar la sorpresa. Bueno, ya sabes, estamos buscando un aliado en Colombia y quisiéramos que fuera El Espectador. ¿Te interesa?

— Sí, definitivamente sí.

— Excelente. Entonces tienes que viajar a Londres. Me avisas cuando estés listo.

— Me iría mañana mismo, pero ya sabes, somos colombianos, nos exigen visa. ¿Cómo te aviso?

— Envíame una nota al correo.

— Perfecto, ¿cómo me dijiste que te llamabas?

— No te he dado mi nombre a propósito.

Cuando colgué, llegaron a mi mente todas las preguntas que debía haber hecho. Demasiado tarde. La información era mínima, todo podía ser una farsa, pero ya estaba transitando un viaje a lo desconocido.

Envié mi primer correo confirmando el interés de El Espectador en ser el “aliado” de Wikileaks en Colombia. En cuestión de minutos leí en mi bandeja de entrada: “¡¡¡¡¡WIKILEAKS!!!!!! RE: Partner Colombia”. Sentí un frío seco que se desvaneció al abrir el mensaje: “Tenga en cuenta que estamos recibiendo un volumen de correos muy grande… Puede tomar un tiempo la respuesta. Por favor acepte nuestras excusas. Equipo de Wikileaks”.

Comenzaba a sonar verosímil. De cualquier manera, ya estaba enganchado en un juego de suspenso, en el que no podía faltar la jugada del destino. Por pura casualidad, mi pasaporte estaba ya en la embajada británica en Bogotá, pues tenía prevista para la semana siguiente una reunión en el Financial Times, para revisar nuestro contrato que cumple su primer año. Al menos, si nada era cierto, no sería un viaje perdido.

Días después, cuando todo estaba dispuesto, informé el día de mi llegada a Londres: martes 1° de febrero a las 5:30 a.m. “Estaré martes y miércoles, tengo regreso jueves en la madrugada”, dije en mi último mensaje. “Excelente. Te contactaremos. La transacción puede ser el propio martes”. Respondí de inmediato: “¿Y cómo me contactarán”. No hubo respuesta.

Me quedó revoloteando en la cabeza esa palabreja “transacción”. ¿Estarían acaso pensando en un pago? En El Espectador la regla es clara: nunca pagamos por obtener información; esta no iba a ser la excepción. Ya en el avión, pensando de nuevo en ello, sentí que en esa decisión quedaba ya implícita la relación que tendríamos con este “aliado”. Era simplemente una fuente con información valiosa e íbamos a trabajar bajo los mismos términos que lo hacemos con cualquier otra.

No alcanzó para aliviarme. Todas las reflexiones que hemos venido teniendo los periodistas desde que comenzó el escándalo de Wikileaks me atropellaban. Una cosa es escribir editoriales opinando sobre el fenómeno y otra es estar a punto de recibir información secreta que podía resultar desestabilizadora.

No por casualidad había guardado para el viaje la lectura de los apartes del libro Open Secrets: Wikileaks, War and American Diplomacy, de Bill Keller, el editor de The New York Times, que esa semana había salido en la revista dominical de ese periódico. Con su lectura reforcé muchas ideas desordenadas que me atormentaban. Primero sobre la distancia frente a una fuente tan poderosa. Pero, más importante, sobre el valor de la transparencia que, creo, es lo que debe perseguir cualquier periodista cuando se enfrenta a la decisión de publicar o no. El viejo debate de si los periodistas deben tomar partido del lado de las instituciones, tan presente en la Colombia de los últimos años, estaba en el centro del manejo de una información como la que esperaba recibir en unas horas. En ese debate, siempre he creído que el derecho a la información es prevalente. Las palabras de Keller al respecto resultaron reconfortantes: “No tenemos dudas sobre dónde están nuestras simpatías en esta tensión de valores. Y, sin embargo, no podemos dejar que esas simpatías nos transformen en propagandistas, incluso de un sistema al que respetamos”.

Subrayé la frase cuando ya volábamos sobre una Londres absolutamente encapotada. Era de madrugada cuando entregué mi pasaporte en la inmigración. No eran nervios lo que sentía, pero sí algo de ansiedad. Cuando la chica me entregó el pasaporte y me dio la bienvenida con una sonrisa, sentí alivio. Que no duró mucho, pues al llegar al carrusel de las maletas ya sólo giraban un par, no la mía. La inmigración en Washington había tardado casi una hora y la maleta no había alcanzado el avión.

Entré a mi habitación, agotado. ¿Y ahora qué? Envié el correo de rigor: “Estoy en Londres. Hotel Sheraton Heathrow. Habitación 3124. Espero instrucciones”.

Me recosté en la cama y caí profundo. Me despertó el ruido del teléfono, fuerte, agudo, como en todos los hoteles. Salté de la cama, vi la hora en el reloj sobre la mesa, 12:40 p.m., contesté aún somnoliento.

— Debes llegar a Diss; es un pueblo como a dos horas de Londres. El tren sale de la estación Liverpool. Anota este teléfono.

— ¿Y nos vamos a ver hoy o mañana?

— Tiene que ser hoy mismo.

Al bajar del tren en la estación de Diss me sacudió el golpe de la brisa. Atardecía ya y el frío me recordó que era invierno. También, que la ropa apropiada venía en la maleta extraviada. No sé qué me hizo pensar que alguien me estaría esperando. En segundos mis compañeros de viaje se perdieron y quedé solo en la plataforma. Marqué el teléfono y me recibió el equivalente a “buzón de mensajes, tendrá cobro…”. Varias veces, y el mismo mensaje. Cuando ya tiritaba del frío, noté que había un pequeño salón de espera, con calefacción. Vi que el último tren de regreso salía poco antes de la medianoche. Ya eran más de las ocho. ¿Y si no aparecen?

Mandé un correo informando que ya estaba allí. Tenía el correo de otro contacto que sabía que se podía comunicar con ellos. También le mandé un correo, que me contestó de inmediato. “Voy llegando a la casa, me conecto y les cuento”. Pasó más de una hora cuando entró un mensaje. “No recibimos llamadas. Por favor toma un taxi a Ellingham Hall”.

Creí que sería algún hotel en el pueblo, pero el taxi tomó una autopista por la pradera británica. Veinte minutos después comencé a pensar en los precios insólitos del transporte inglés. ¿Cuánto me irá a costar este viaje, si del aeropuerto al hotel, no más de 4 kilómetros, me habían cobrado 25 libras? Llevaba 100 en la billetera. Ya veremos qué hacer. Una media hora después, estimo, por fin escuché el ruido de las direccionales. El taxi entró en un camino destapado. La noche era muy oscura. Un par de kilómetros y tropezamos con un portón de finca, cerrado con una gruesa cadena y un  candado. Eloise, la taxista, se pegó al pito cual camionero en paro. No se movía ni una hoja.

— Debe entrar a pie. Son 90 libras. ¿Va a pasar la noche?

— No, debo regresar. ¿Me llevaría de vuelta?

— ¿Cuánto se demora?

— Me han dicho que no más de una hora.

— Voy entonces a tomar un  té por acá cerca; me avisa cuando vaya a salir.

Por fin tenía  un ángel de la guarda. Cuando se alejó quedé ciego, solo. No veía ni la carretera. Daba pasos diminutos a tientas, sentía que me iba a doblar el tobillo, siempre me pasa. Otra vez la ansiedad. Y la ‘colombianada’: esperaba los ladridos de unos perros bravos que nunca aparecieron. Casi tropiezo con un establo y se encendió un reflector con sensor de movimiento. Vi una mansión de tres pisos a un costado. Del siglo XVII, vine a saber después. Se apagó el reflector. Sólo se veía una luz encendida en un costado. Me asomé discreto. Un hombre y una mujer daban de comer a un par de menores en una cocina. No debe ser aquí, imposible. Al fin me atrevo a tocar a la puerta. Me abren. ¿Y ahora qué les digo? La chica me saca de problemas. “¿De Colombia?”. Suspiro agradecido.

Me lleva por un corredor y me entra a un salón amplio, enchapado en madera oscura, rodeado de óleos de, supongo, nobles caballeros. “Él no te puede saludar, está en una reunión. Ellos no han llegado”, me dice como si fuera de la familia.

— ¿Tomas coñac?

— ¿Perdón?

— ¿Quieres un coñac?

— Bueno, gracias.

Trae dos copas, cierra la puerta de la cocina, hablamos un rato. El coñac y el calor del salón reconfortan. Se oyen pasos y entran tres jóvenes con sus computadores bajo el brazo. “¡Fideeeeeel!”, dice una muchacha. Me abraza. Supongo que es mi contacto y me uno a su emoción. Cuando me volteo, ya los otros dos muchachos están concentrados en sus pantallas. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa. Mi contacto me alcanza un contrato para que lo revise. “¿Trajiste tu computador? Dámelo, que te voy a instalar un programa de chat encriptado, esa va a ser nuestra única vía de comunicación”. Le entrego, no sin vergüenza, mi pequeño notebook personal. “Yo no existo. Ni mi mamá sabe que estoy en esto”, me murmura cómplice.

El contrato tiene tres páginas en tamaño oficio. Las reglas son sencillas pero precisas. El Espectador se compromete a borrar los nombres de cualquier persona que juzguemos que corre peligro de muerte o que puede ser objeto de un juicio sin garantías. Cualquier edición debe ser reemplazada por 12 equis mayúsculas, ni una más ni una menos. Wikileaks se reserva el derecho a revelar esa información si considera que hubo razones diferentes a las dos citadas para borrarla. El Espectador se compromete a no compartir con nadie la información y a trabajarla con personal de máxima confianza, en un computador que no tenga conexión a internet y que quede bajo llave cuando no se esté trabajando en él. Cualquier información que utilicemos debe ser alimentada en la página de Wikileaks…

Sólo se escucha el rápido tecleo de los computadores. No tengo reparos al contrato, salvo que el nombre del periódico está mal escrito. En casa de herrero… No hay una impresora para obtener una copia corregida. Mi contacto hace la enmienda con un estilógrafo y me pide que lo firme. Al lado queda el espacio en blanco para la de Julian Assange.

De pronto entra el señor que me abrió la puerta con una cámara de video y hace unas tomas mientras uno de los muchachos me muestra la página de Wikileaks y me enseña a subir la información. Veo que están listas para entrar en circulación historias del Telegraph y de La Jornada de México. Me dice que luego me darán las claves. Casi al instante, el otro joven expulsa de su computador una USB y me la entrega. “Aquí tiene. Por su seguridad y la nuestra, todo está encriptado. Cuando estemos seguros de que todo ha salido bien, le entregaremos las instrucciones”.

Levantan sus computadores, entran a la cocina, cierran la puerta. Mi contacto toma el contrato y me pide que la espere. “Tengo que interrumpir una reunión, ya regreso”. Me quedo solo en el gran salón tratando, sin éxito, de reconocer alguno de los retratos que me observan desde las paredes. Oigo carcajadas a lo lejos. Luego, pasos. Se acerca el final de esta aventura y el comienzo de otra, pienso. Volteo a mirar y veo entrar una figura conocida, flaco, alto, pelo liso, canoso, la barba incipiente, sonrisa plena. Julian Assange me estira su mano.

— ¿Todo en orden?

— Sí, señor, mucho gusto.

— Lleva mucha información. Es bueno que se conozca en su país.

— Seguro.

Entramos a la cocina, donde todos trabajan en silencio en sus computadores. Todos menos el señor de la cámara, que toma vino al fondo y conversa con otro visitante de claro acento americano. Assange se queda recostado sobre el marco de la puerta. Mi contacto hace un ácido comentario sobre el expresidente Uribe. “Y Santos es la continuación de lo mismo, hay que desvelarlos”, dice convencida. “¿Lo es?”, pregunta Assange. “Hay muchas diferencias, pero digamos que ganó con un programa de continuidad”, digo. “Estuvimos siguiendo el fenómeno de Mockus, creímos que podía ganar”, dice mi contacto. “Pudo, pero él mismo se fue hundiendo cuando entró en el fragor de la campaña”, comento. “Debería seguir insistiendo”, opina Assange.

No sé si es por influencia de la lectura de Keller, pero no me produce confianza. Se nota que sabe que es una estrella y explota su personalidad. No puedo evitar pensar en las rasgaduras de condón que hoy lo tienen en problemas en Suecia y pienso que tiene toda la pinta de ser verdad. La admiración de sus muchachos es evidente, casi chocante. Mi contacto habla de tener países verdaderamente independientes. Assange la interrumpe para decirle que es peor cuando uno cree que su país es independiente. “Si observas la ‘coronación’ del presidente de los Estados Unidos —dice circunspecto—, todo está muy bien planeado. Lo ponen allá, arriba, y todos los demás abajo para que el mundo sepa que debe ser sumiso, que a él es a quien se debe obedecer. Es una escena muy bien diseñada”.

— ¿Has probado mi coñac?

— Sí, gracias, tomé una copa.

— ¿Cuándo regresas?

— Viajo el jueves temprano, pero estaré unos días en Washington.

— Ja, Washington. Debes tener cuidado.

Assange sube el tono de la voz. “No se le pueden dar  claves sino cuando estemos seguros de que está en Colombia”.

Entiendo que ya es hora de partir. Llamo a Eloise y, fiel, me dice que está en el portón. Pasada la medianoche llego al hotel. La maleta me espera en el vestíbulo.

Ahora estoy en Bogotá preparándome para ir a trabajar. Enciendo el radio. Darío Arismendi y su gente entrevistan en Caracol a Javier Moreno, director de El País de España, de visita en Colombia. Wikileaks domina las preguntas. Quieren saber sobre los cables de Colombia. De nuevo escalofríos. Dice que aún están trabajando los documentos, que la mayoría de la información es irrelevante, que si no publican nada en las próximas semanas es porque no hay nada de interés. Cuando termina la entrevista, son otros los temores. ¿Habré perdido el viaje? ¿Será que no hay nada realmente interesante?

Ya en la oficina, solicito las claves para abrir el primer paquete. Ya está el computador que había solicitado. Conecto la USB y pongo a rodar el programa. “Esta no es una aplicación Win32”, me dice. ¡Auxilio! Cambio a mi computador, me conecto de nuevo al chat y pido ayuda. “Bájalo de internet”, me contestan. Me dan la dirección y logro descargar el programa. Creo haber desencriptado el archivo con los datos. Lo abro, tarda bastante, me aparece un Excel repleto de signos; parece una grosería interminable. Noooooo. Me he pasado el día en estas, entre asuntos represados de trabajo tras la ausencia. Echo llave, debo salir.

Al otro día abro de nuevo la USB y me doy cuenta de que hay un archivo llamado “lea esto primero”. Qué torpe he sido. Allí están las instrucciones detalladas. Por fin tengo los cables de 2006 frente a mis ojos. Llamo al editor general, Jorge Cardona. Llega el presidente del Consejo Editorial, Gonzalo Córdoba. Empezamos a hacer búsquedas selectivas: parapolítica, Corte Suprema, ejecuciones extrajudiciales, DAS, Noguera, Gaviria, Moreno, Palacios… Nos divertimos un rato, algunas revelaciones, comentarios sorprendentes, también generalidades conocidas, muchas generalidades. Coincidimos en que así no es como debemos trabajar. Son chispazos de información sin ningún contexto. El Espectador no es un periódico de titulares estridentes que al final no terminan informando. La decisión es unánime. Leeremos todos los cables, así nos demoremos un poco, e iremos desarrollando informes por temas, todo enmarcado en su contexto adecuado.

Han sido muchos días de lectura, de clasificar cables, de hacerles guías de contenido, de confrontar en el archivo la agenda noticiosa de cada momento. No hemos siquiera terminado este primer bloque de 2006. Es mucha información. Nos han entregado más de 16.000 cables, de Colombia y de Venezuela. Al fin esta semana nos sentimos seguros de poder empezar a publicar. Hacemos hoy el primer informe y luego dedicaremos cada miércoles a desarrollar un tema. Puede tomarnos más de un año, por lo que calculo. Desde los tiempos de reportería en la calle, no me había sentido tan feliz manejando una información. Que me disculpen si no paso al teléfono, si quiero terminar las reuniones rápido, si no acepto invitaciones.

Las preocupaciones, empero, no ceden. Aunque no ha aparecido nada explosivo, sabemos que después de 2006 el país entra en épocas tumultuosas. Sé que tenemos el equipo para estar a la altura de la responsabilidad en el manejo de esta información. Vuelvo a repasar mis resaltados en el artículo de Keller y de nuevo encuentro coincidencias, reafirmaciones. “Soy el primero —escribe— en admitir que las organizaciones de medios, incluyendo esta, a veces hacemos mal las cosas. Podemos ser demasiado crédulos o demasiado cínicos sobre los asuntos y las motivaciones oficiales… Hacemos los mejores juicios que podemos. Cuando son equivocados, tratamos de corregir. Una prensa libre en una democracia puede ser un lío. Pero la alternativa es entregarle al Gobierno un poder de veto sobre lo que sus ciudadanos tienen derecho a saber”. No podría decirlo, ni pensarlo, mejor. Basados en esos principios iniciamos este camino.

Cumbre de directores en España por Wikileaks

Los directores de The New York Times, Bill Keller; The Guardian, Alan Rusbridger, el semanario Der Spiegel, Georg Mascolo; Le Monde, Sylvie Kauffman, y El País, Javier Moreno, participarán el próximo miércoles 23 de febrero en un debate titulado “El futuro del periodismo. Wikileaks, revoluciones y el nuevo escenario informativo”. El acto, abierto al público, tendrá lugar en el Auditorio del Museo Reina Sofía de Madrid a las 6:30 p.m. El acceso será libre y los internautas podrán seguir el encuentro y participar a través de Eskup y Twitter, y del streaming con la emisión en directo en www.elpais.com. La revelación de cientos de miles de documentos secretos por Wikileaks, su difusión a través de internet como principal plataforma y la explosión de las redes sociales han modificado durante los últimos meses el ecosistema de la información. Una revolución en medio de la que ha estallado la ola de protestas en el norte de África y Oriente Próximo. Sobre todo esto charlarán los responsables de los cinco medios que precisamente trabajaron juntos con los papeles del Departamento de Estado estadounidense filtrados por Wikileaks. Los periodistas responderán a las preguntas que haga el auditorio y a las formuladas a través del hashtag en Twitter #pconfuturo.