Literatura

“La escritura es un salvavidas para mi salud mental y para desarrollar mi propia voz”: Paula Moreno

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La exministra de Cultura habla de su libro El poder de lo Invisible en el que hace un recuento de su vida, relatando su nombramiento y paso por el ministerio, así como sus orígenes familiares y su trayectoria profesional.

Paula Marcela Moreno Zapata es ingeniera industrial con estudios en planeación urbana y liderazgo en MIT y Yale University, además se desempeñó como ministra de Cultura entre el 2007 y el 2010. De esta experiencia, y de su vida en general, habla en su libro El poder de lo Invisible, además de relatar cómo logró sin apellidos tradicionales o aristocráticos un cargo de tal importancia, hecho sin precedentes en la historia del país. Según Moreno, su historia puede servir de inspiración y empoderamiento a los jóvenes colombianos.

La publicación tiene siete partes en las que relata, además de su nombramiento y paso por el ministerio, cuáles son sus orígenes familiares y su trayectoria profesional. En entrevista con El Espectador, la autora habla acerca de todo el proceso de construcción del libro, de su familia, del papel que jugaron las mujeres de su familia en su desarrollo personal y profesional, así como del avance en temas de igualdad con respecto a la población afro en el país.

¿Cómo nace El poder de lo invisible?

Comenzó como un diario a partir de mi nombramiento como ministra de Cultura en el 2007. La escritura me ayudaba a registrar y tratar de organizar la nueva experiencia que estaba viviendo en el ejercicio de una posición de poder. En el diario registraba mis sentimientos, mis contradicciones, mis vacíos y proyectaba también lo que quería en mi vida, como ser humano, más allá de una posición de poder. La escritura era un salvavidas para mi salud mental, para desarrollar mi propia voz y para no sólo escuchar la agitación externa. Era mi pausa, mi calma.

¿En qué momento se da cuenta que su experiencia profesional puede convertirse en un libro?

Era la ministra más joven en la historia del país y una mujer afrodescendiente, además de no pertenecer a las élites tradicionales del país que dominan esas posiciones. Sabía lo particular de mi historia para ejercer el poder. Como tan pocas personas creían en mí y me subvaloraban al principio, decidí que había que contarlo para desmitificar el poder, para reconocer la humanidad, los errores y los dilemas con humildad, pero además lo hice con la confianza de que otros lo hagan mucho mejor que yo. Creo que es una memoria que le habla a las mujeres, a los jóvenes, a la mayoría del país de clase trabajadora que no proviene de abolengos, y a esa diversidad urgente y necesaria que es tan invisible aquí.

¿Cómo fue el proceso de escritura y creación del libro?

Duré un poco más de 10 años, no solo complementando el diario, sino reconstruyendo mi historia desde mis recuerdos y a partir de los de las personas cercanas a mí; e incluso comprendiendo el momento de Colombia y el mundo, que en particular enfatizó con todo el poder de la diáspora africana. En esa década viajé mucho: estuve en más de 15 países, desde Mali hasta Vietnam, y todos esos recorridos me nutrieron. De igual forma lo hicieron los viajes a esa Colombia profunda y paralela, sobretodo en el Pacífico, el Caribe, o los márgenes de las ciudades donde me gusta trabajar. Finalmente, en Nueva York tomé un curso de escritura de memorias, al igual que coaching con varios escritores colombianos que admiro, como Melba Escobar, Enrique Patiño y Antonio García, más varios amigos del alma que propusieron desde los títulos, tomaron la foto de la carátula y hasta propusieron apartes. Fue un proceso apasionante.

En su libro habla de discriminación y desigualdad, ¿cómo se pueden romper esas conductas?

Implica involucrarse. No hay otra manera. No es cuestión de discursos. Esto requiere abrir y compartir los espacios, al igual que invertir para nivelar el punto de partida. Hay muchas desigualdades, no solo económicas o educativas, sino culturales y conceptuales que hacen que no rompamos con los estereotipos, y que muchas personas encuentren normal y natural discriminar. Por ejemplo, he pensado mucho en las desigualdades culturales que existen en la literatura infantil, pues hay muy pocos libros que les dicen a los niños que este es un país diverso. Y es que no es solo para que los niños negros, indígenas o especiales se vean como parte de la historia, sino, sobre todo, para reducir la ignorancia de la mayoría que crece sin ver ni entender en qué país vive.

¿Cree que se ha avanzado en el reconocimiento de las poblaciones afro?

Hay avances, sin duda, aquí y fuera del país. No hemos parado de trabajar. Hemos abierto espacios y no hemos parado. Hoy hay un poco más de representación, pero la experiencia ya no es piramidal en términos de tener uno o varios ministros, que ya debería ser normal, sino que en realidad la apuesta es más desde las bases y colectivos, jalonando y creando condiciones en los territorios con un liderazgo más diverso que no solo es necesario en lo público, sino en lo privado, en los medios.

No estamos pidiendo más sino nivelar el punto de partida. Adicional, queremos poder ser todo lo que somos más allá de los chiches. Todavía escucho que las poblaciones afro son más orales y eso justifica para muchos la exclusión en la memoria escrita del país. Nosotros escribimos y hacemos de todo como el resto. Lo difícil está en que esta nación nunca ha valorado integralmente, ni invertido seriamente, en nuestros relatos.

¿Qué fue lo más difícil a la hora de escribir su libro?

Encontrar una voz en la narrativa que refleje las muchas versiones de Paula que existen, no solo como académica, profesional o ejecutiva, sino como la joven insegura, la rumbera y bailarina, la melómana. Abrirme sin miedo a compartir mis duelos y brindar un texto sin extremismos, ni idealizaciones, sino con ese paisaje de la vida que siempre es desigual.

¿Qué le deja su libro?

Es una de las mayores realizaciones de mi vida, siento que dejó un legado para cuando no esté. Nadie va a narrar por mí mi historia, la escribí yo y la conté yo, eso tiene mucho. Tuve la oportunidad de trabajar el libro con más de 5.000 personas en un taller de narrativas, viajando por todo el país, más los lanzamientos. Eso me llenó el corazón, pues el libro ya no era mío, era el poema de un muchacho de un consejo comunitario, o la puesta en escena de un bailarín en Medellín, o un niño de 12 años en Tumaco diciéndome que era un texto de duelos. Ha sido compartir humanidad, vida, familia. Somos espejos.

Las mujeres de su familia la marcaron mucho, ¿por qué el rol de la mujer juega un papel importante en su libro?

Soy fruto de un matriarcado: las mujeres de mi familia moldearon mi espíritu. Hoy lo veo en la pandemia. No es extraño que las que están en la labor del cuidado sean mujeres que como mi abuela siembran, comparten, y desafían los límites y exclusiones de la sociedad.

¿Qué tan difícil es ser mujer en Colombia y lograr que el trabajo sea reconocido?

Aún predomina una mentalidad machista que bloquea y frustra nuestro ascenso y aporte en la sociedad, pero, al mismo tiempo, hay un empoderamiento global imparable. Hay que trabajar para armonizar las relaciones de género y entender que es otro momento en la historia, que ya nadie define nuestro lugar y que vamos por más, porque somos conscientes de nuestro poder y cada vez hay más sororidad.

¿Qué es lo que más recuerda de su infancia y cómo eso ha influido en su vida y profesión?

Santander de Quilichao, el pueblo de mi familia, me enseñó a valorar lo sencillo, la naturaleza y que al final uno no necesita muchas cosas para ser feliz. La magia de todo eso es la que nos perdemos en estas vidas urbanas y aceleradas. De vez en cuando me escapo a cualquier pueblo en el Pacífico o el Caribe a comer un pescado en la Boquilla, o a cantar en una calle en Timbiquí con una marimba de fondo. Esas cosas siempre me han hecho muy feliz: sentarme en los andenes con chancletas y vestidos de tiritas, y disfrutar la vida como lo hacía en Santander cuando era pequeña.

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