Por: Andrés Hoyos

07-08-2010

SI EL 7 DE AGOSTO DE 2010 ÁLVARO Uribe le entrega el poder a otra persona, quienquiera que sea, los colombianos de la franja sensata podremos darnos por bien servidos.

Ya oigo el crujir de dientes en los extremos de la polarización: ¡mamerto!, gritarán unos, ¡paraco encubierto!, gritarán otros. La polarización es el reino de los insultos sin argumentos y éstos abundan aquí. No en vano hemos vivido décadas de un conflicto que llegó a límites impresionantes de degradación. La visión de cada cual, en un ambiente así, depende de cómo le haya ido en el baile. Si es familiar, amigo o partidario de una persona secuestrada, torturada o asesinada por las Farc —los hay que sufrieron los tres destinos–, Uribe es el salvador y nada distinto de su coronación es aceptable. Si, por el contrario, es familiar, amigo o doliente de alguna persona asesinada fuera de combate por la Fuerza Pública después de 2002, Uribe no puede tener otro destino que no sea la cárcel. También le achacan a Uribe, con poca justicia, la totalidad de las víctimas presentes y pasadas del paramilitarismo, un fenómeno en extremo difícil de erradicar.

Aunque la guerra limpia no existe, el actual gobierno no ha hecho lo suficiente para limpiar la que hay. El nuevo presidente deberá acelerar esta limpieza a la vez que mantiene la presión militar sobre las Farc, en un proceso que es paradójico sólo en apariencia. Un segundo frente, muy desatendido por el gobierno actual, deberá consistir en desarrollar aceleradamente el campo, pues si no hay trabajo para los jóvenes allí, siempre quedará la tentación de enrolarse en los bandos armados. En esta materia, el Gobierno ha sido reacio a cualquier intervención enérgica, y como el statu quo favorece a los paramilitares, a sus aliados y a sus testaferros, bien puede afirmarse que la política agraria actual favorece al paramilitarismo como un todo.

El nuevo presidente deberá seguir con una versión reformada de la seguridad democrática y podrá, quizá, negociar un final al conflicto cuando se haya consolidado el debilitamiento estratégico de las Farc. No podrá, como quisieran los timoratos Colombianos y Colombianas por la Paz y una parte del Polo, proceder a una negociación que incluya formas camufladas de amnistía; mucho menos podrá llevar a la mesa nada que tenga que ver con la institucionalidad del país. Ojalá no les toque a los ilusos amigos de Piedad Córdoba pasar por la indignidad de promover el año entrante un “intercambio humanitario” para lograr la liberación del concejal Acuña. A la luz de su reciente secuestro, el espectáculo con el cabo Moncayo resulta absurdo. La cesación total del secuestro y la liberación unilateral y sin espectáculo de la totalidad de los secuestrados es hoy el punto de partida de cualquier trato con las Farc; ningún acuerdo es viable si esto no se da. Por ahora, los profusos escritores de cartas no les han exigido a las Farc nada parecido.

El nuevo presidente tendrá que lidiar con un fuerte contingente uribista en el Congreso y eso, con tal de que las listas uribistas excluyan de veras a los parapolíticos, me parece legítimo.

Ahora bien, si el 7 de agosto de 2010 Álvaro Uribe le entrega el poder a Álvaro Uribe, habremos entrado en territorio Fujimori, y los daños para la democracia del país serán muy severos. De ahí al territorio Chávez no hay más que un paso. Nos acercamos, pues, a una encrucijada histórica.

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