Por: Arturo Charria

129 veces Guadalupe

Van 129 excombatientes de las Farc asesinados desde la firma del Acuerdo de Paz. La última víctima fue Dimar Torres y su nombre ha sonado por las macabras circunstancias de su crimen, pero también por la desfachatez con que el ministro de Defensa, Guillermo Botero, se refirió a los hechos. 

El crimen de Dimar Torres demuestra las consecuencias del discurso incendiario de la extrema derecha, que busca acumular capital electoral: desde los tiempos del plebiscito y durante las pasadas elecciones presidenciales. Este sector político lleva años insistiendo en la idea de la entrega del país a las Farc y en la humillación que implica para el Ejército las concesiones del Acuerdo de Paz. Basta con recordar las palabras del senador Ernesto Macías durante la posesión del presidente Duque, para señalar responsabilidades políticas en este crimen: “Cambiar la mentalidad de los nuevos comandantes, para recuperar la seguridad y la tranquilidad de los colombianos”.

Este cambio de mentalidad busca desmontar una idea promovida por el expresidente Santos: “La paz es la victoria de los soldados y los policías”. Esta frase fue replicada por los generales que hacían parte de la cúpula militar, e intentaba romper la idea de que la victoria solo es posible con la aniquilación del enemigo. Sin embargo, la persistencia del discurso contra todo lo que implique la palabra paz tiene consecuencias como el asesinato de Dimar Torres.

Pero el caso de Dimar es uno entre más de 100: ¿Quiénes son los otros 128 excombatientes asesinados? ¿Quiénes son los autores materiales? ¿En qué circunstancias murieron? ¿En qué zonas del país se están presentando estos hechos? ¿Qué rol tenían dentro de la antigua guerrilla? ¿Qué actividades realizaban desde su desmovilización? Estas son las preguntas que deben hacerle al ministro de Defensa y estas son las respuestas que deben dar las autoridades. Encontrar estos patrones y parar los asesinatos es urgente para garantizar la estabilidad de un proceso de paz que se desmorona ante nuestros ojos.

Hace más de 60 años, el 6 de junio de 1957, fue asesinado el comandante de las guerrillas liberales de los llanos, Guadalupe Salcedo Unda. Éste se había desmovilizado junto a sus hombres tras el acuerdo de paz firmado con el Gobierno de facto del general Rojas Pinilla. Su asesinato es uno de los hechos que sirven para comprender los vasos comunicantes que hay entre la Violencia y el inicio del conflicto armado.   

El asesinato de Guadalupe Salcedo intentó ser encubierto: “Las fuerzas policiales actuaron en legítima defensa. El bandolero salió disparando”, informaron las fuentes oficiales. De la misma forma el ministro de Defensa se refirió al asesinato de Dimar Torres: “El hecho ocurrió durante un forcejeo por un fusil”. Ambos hechos tienen en común el intento por encubrir un crimen, al tiempo que minan la confianza de quienes dejaron las armas. Los disparos contra Guadalupe Salcedo fueron heridas letales al proceso de paz de los años 50; el asesinato de Dimar Torres es otra fisura que le hacen al Acuerdo con las Farc. 

La responsabilidad del asesinato de Dimar Torres no debe tener como único culpable a un soldado que disparó y otros que lo encubrieron, sino todos aquellos actores políticos que, desde su discurso, han alentado este tipo de acciones. Sobre ellos deben recaer las consecuencias de cada excombatiente que decida volver a empuñar un arma, sobre ellos debe caer el juicio histórico de cada muerto que se produzca ante una eventual reactivación del conflicto. En este caso, no se trata de juzgar quién disparó la primera bala, sino a quién incitó, con sus palabras, la violencia contra los desmovilizados de las Farc.

@arturocharria

853288

2019-05-02T00:00:50-05:00

column

2019-05-02T00:15:01-05:00

jrincon_1275

none

129 veces Guadalupe

19

3947

3966

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Charria

El tonto

Una peatona en el mundo de los signos

Disección literaria del relato amoroso

Con pena y sin gloria

Una tienda en el Samper Mendoza