Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

16 días

Hoy nos asfixia la trashumancia ética y política, pero hubo una época en la que daba vergüenza incumplir la palabra.

Como una epidemia de intereses creados por el egoísmo, el miedo y las mentiras, se volvió cotidiano violentar el bien, el patrimonio y el sentido común. Lo público y la esperanza se defraudan sin respeto ni misericordia, y recintos que deberían ser sagrados se convirtieron en casas de compraventa, donde se empeñan cargos, prebendas, honra (¡así sería!) y votos, y uno no sabe si están hablando de baratijas, de auxilios soterrados o del futuro del país.

Por algo será que según Gallup, octubre 2017, el 82 % de los colombianos tiene una imagen desfavorable del Congreso.

¿Qué esperaban? Si un irresponsable y amañado ausentismo está ad portas de tirar a la basura el dolor y la memoria de 53 años de guerra, siete años de negociaciones por la paz y un acuerdo que desarmó a las Farc y es modelo para el mundo.

Cuando la amnesia es voluntaria y se cocina con fines cobardes, narcisistas o perversos, genera rechazo. Imposible respaldar un Congreso que pretende desconocer que los pactos se hacen para ser cumplidos, no violados. Si no, démosle carta blanca a la barbarie a uno y otro lado, sigamos matándonos —que en eso somos expertos— y no nos disfracemos de demócratas, porque resulta que esa democracia a la que pretendemos jugar nos da pavor. Como el cuero del tigre.

¿Alguien pensó que Timochenko se iba a convertir por gusto y por nada en un Rodrigo Londoño invisibilizado en el anonimato? Él no entregó armas y poder con la esperanza de pasar los próximos 40 años en una cárcel o, en el mejor de los casos, vendiendo achiras en un peaje.

Hace poco, Londoño planteó consultarle a la gente si quiere que él sea candidato presidencial. Ojalá pregunte y le contesten. Si la desfavorabilidad hacia las Farc es del 79 % —ligeramente menos peor que la pésima imagen que se tiene del Congreso—, eso traduciría que la inmensa mayoría de los colombianos no quiere que ex-Timo sea presidente. Y como bien lo plantea Sergio Ocampo (El Espectador, 12-11-17), la Farc tiene el derecho y el deber de ejercer una política bien hecha, y eso es demorado de aprender. Aguante tantico, decían en mi colegio.

Yo no votaría por Londoño, ni por ninguno de los señores de la rosa, pero ellos no se desmovilizaron para meterse entre unos paréntesis infinitos, sino para hacer política; sin armas, con la garantía de tener acceso a la plaza pública y a la contienda electoral. Es preciso garantizarles la participación democrática que se ofreció, y para eso necesitamos que los señores parlamentarios hagan su tarea. Es decir, que se sienten en sus pupitres —ojalá despiertos—, piensen más en la urgencia de construir un país viable, que en el ego y en los bolsillos, y con responsabilidad, legislen.

Si la JEP se hunde en el Congreso y a los desmovilizados se les niega la opción de hacer política desarmada, tendremos que asumir el horrible costo de haberles incumplido la palabra.

16 días. Por favor, recapaciten; que nadie pueda decir que por codicia, odios o inercia de los legisladores, esta fue la paz más breve del mundo, y que la pesadilla regresó.

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