Por: Santiago Montenegro

20 años de espera

CUANDO SE ANUNCIÓ EL DESCONgelamiento del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, después de la reunión de los presidentes Obama y Santos, varios analistas hablaron del fin de un estancamiento de cinco años.

Pero en realidad no son cinco, sino casi veinte años de espera por parte de Colombia para tener un tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Si es que acaso lo logramos este año. Son casi veinte años, y no cinco, porque el acuerdo debió haberse dado en la primera mitad de la década de los noventa. Eran los gobiernos de Bill Clinton en los Estados Unidos y de César Gaviria en Colombia. El Congreso del país del norte había conferido el llamado “fast track” a su gobierno para negociar tratados comerciales y todo indicaba que, ya aprobado y ratificado por el Congreso el TLC con Chile, seguirían en su orden el de Argentina y el de Colombia. Pese a los problemas de seguridad, Colombia era percibida entonces como una estrella que brillaba en el firmamento económico de América Latina. Es cierto que el entusiasmo por avanzar en los tratados comerciales se apaciguó en los Estados Unidos después de la llamada Crisis del Tequila, pero no es menos cierto que el TLC no avanzó por culpa de nuestros propios problemas.

En una gran medida, la historia de la negociación del Tratado de Libre Comercio con los Estados es también la historia de dos décadas de crisis, avances y zozobras en la historia de Colombia. Los primeros grandes obstáculos que enfrentó el tratado fueron a causa del llamado Proceso 8.000, con episodios graves como la descertificación del país en la lucha contra el narcotráfico por parte del Departamento de Estado, cuando no la falta de entusiasmo por parte de su equipo económico para avanzar con el tratado, pues preferían la “integración con el Sur”. Después vino el fallido proceso de paz de San Vicente del Caguán, que consumió prácticamente la totalidad del gobierno de Pastrana, situación que se vio enrarecida por las dificilísimas condiciones económicas, la contracción de la economía del año 1999, la pérdida del grado de inversión y los coletazos de la crisis del Sureste Asiático con la devaluaciones del rublo y del real brasileño. Después vino el gobierno de Álvaro Uribe con su Seguridad Democrática y la lucha contra la guerrilla, la desmovilización de los grupos de autodefensa, pero también las condenas de la justicia a sectores de la clase política por sus relaciones con el paramilitarismo, además de acusaciones e imputaciones de ONG, sindicatos y muchas organizaciones nacionales y extranjeras sobre violaciones a los derechos humanos, al tiempo que se negociaba, primero, y luego se esperaba, la ratificación del TLC.

Más allá de los beneficios por el intercambio comercial y por los flujos de inversión, un TLC con los Estados Unidos es muy importante para Colombia por la estabilidad institucionalidad que genera, con normas y marcos regulatorios predecibles y no ya sujetos a cambios de personal o a la discrecionalidad de burócratas y funcionarios. No deja de ser una ironía, pero positiva, que sea el presidente Santos quien haya podido destrabar el TLC, pues fue él precisamente quien hace ya casi dos décadas, como ministro de Comercio Exterior del gobierno de César Gaviria, negoció y firmó los primeros tratados comerciales con Chile, Venezuela, México, y comenzó a realizar las primeras gestiones del tratado con los Estados Unidos. Veinte años después, es un círculo que parece, por fin, cerrarse.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

Para combatir la corrupción

El sesgo de selección

Diálogo y pacto

7 de agosto de 2019

Una gran decisión