Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

20 años sin Garzón, todo lo mismo

Se cumplen 20 años de la muerte de Jaime Garzón y se llenan los medios y redes sociales de homenajes para exaltar la genialidad del humorista y condenar ese execrable crimen. Recordamos su asesinato como si fuera una época superada, pero el regreso de la ultraderecha a la Casa de Nari con el subpresidente Duque ya muestra indicios de que aquí la libertad de expresarse, de opinar y hasta la de reírse siguen pagándose con la tranquilidad de quienes las ejercen y, como van las cosas, hasta con la vida.

Se olvidan pronto los excesos de este Gobierno —en este nuevo mundo de “ciclos de noticias” de 24 horas— también por su sistematicidad. Por eso hay que recordar que, apenas posesionado Duque, el abusivo Juan Pablo Bieri solicitó la salida de Santiago Rivas de RTVC por atreverse a criticar lo que hoy, para nuestro infortunio, ya el Gobierno convirtió en obligatorio a través de la Ley TIC.

En el partido del subpresidente —si es que sigue siéndolo— sacaron a Ángela Garzón por hacer chistes inofensivos sobre su amo con el youtuber Daniel Samper Ospina, a quien la senadora Paloma Valencia volvió a insultar, aunque luego recogió sus infundios sin excusarse. A la Garzón pudieron haberla expulsado por traidora, como su padre, pero no, prefirieron sancionarle la audacia de hacer bromas flojas sobre el hombre que nunca se ríe.

Noticia también se ha tenido de nuevas chuzadas a periodistas y gente incómoda para el Gobierno. La cosa es mucho peor en provincia, pues los periodistas trabajan con las uñas y enfrentan amenazas todos los días, como el caso de mi coterráneo William Vianey, en Buga, declarado objetivo por la corruptela de la administración municipal que ha cooptado al resto de comunicadores, como ocurre en toda la región. En efecto, con la pauta de gobernaciones y alcaldías se manejan las noticias también en el Valle del Cauca, donde para rendirle culto a Dilian Francisca y a su prohijada invisibilizaron groseramente la candidatura de Griselda Janeth Restrepo a la Gobernación. La han sometido a la conspiración del silencio en El País, el diario de los momios, en radio y televisión locales.

Cuando las noticias no le gustan, el Centro Democrático acusa al medio que se atreva de estar comprado o de representar intereses ilícitos. Han llegado incluso a denigrar de The New York Times o The Economist, sindicándolos de estar untados de la mermelada castrochavista, mentira que tantos réditos electorales y mediáticos les ha traído aquí.

En el Ministerio de Defensa se adelanta una persecución sin descanso para identificar y castigar a los militares que prendieron las alarmas sobre el posible regreso de los “falsos positivos”, olvidando que esos “soplones” son el único camino de acceder a la verdad que mantienen prisionera en las guarniciones militares.

Todos estos hechos hacen parte de una política sistemática de rechazo y hostigamiento a la prensa libre, y no sorprenden en un Gobierno que poco o nada responde a los medios. Son escasas las apariciones del presidente o sus ministros ante los periodistas y cuando lo hacen se aseguran de que sean “entrevistas amables”; publirreportajes donde nadie cuestione con seriedad los conflictos de interés, las decisiones abusivas y tantos otros gatos encerrados.

El complot narcoparamilitar que asesinó a Garzón vio en él un peligro enorme para sus propósitos oscuros. No fue el primero que pagó con su vida denunciar al poder a través de la burla, y tampoco será el último. Por eso preocupa este Gobierno del subpresidente Duque, tramposo y perseguidor, que en la palabra ve una amenaza, en la risa un enemigo, en la discusión pública una afrenta. No nos digamos mentiras, hoy este no es un paraíso para la libertad de prensa, lo contrario, sigue siendo territorio peligroso para ejercerla.

Que la muerte de Jaime Garzón no sean banderas incoloras —ahora llamadas hashtags—, sino la oportunidad para reflexionar cómo vamos. Cuántos garzones más tendrán que sacrificarse para que se entienda que el aniquilamiento de la prensa y la palabra es una honda grieta de nuestra frágil democracia. Por eso mataron a Garzón y lo harán con quienes se atrevan de nuevo.

Adenda. Oportuno, serio y ameno Disparos a la paz, el libro de los exministros Juan Fernando Cristo y Guillermo Rivera.

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