Por: Santiago Montenegro

22 de noviembre de 1963

Recuerdo que era una tarde soleada. Tan pronto me bajé del bus del colegio, entré corriendo a la casa y en el estudio encontré a mi mamá llorando y escuchando las noticias en un Telefunken, a medio volumen.

“Mataron al presidente Kennedy”, dijo. Y agregó: “Fueron los comunistas”. Pese a que aún era muy niño, sabía que Kennedy era el presidente de los Estados Unidos y los comunistas eran los hermanos Fidel y Raúl Castro, porque había visto las fotos de unos y otros en la revista Life, en español, que con regularidad llegaba, cada quince días o cada mes, no recuerdo bien. En Pasto, entonces no había televisión —ésta sólo llegó para la visita del papa Pablo VI, en 1968—, y a esa edad escuchaba la radio, pero para reírme con los Chaparrines o con La Escuela de Doña Rita. De esta forma, la primera e incipiente educación política de los acontecimientos del mundo nos llegó por Life, una estupenda revista gráfica, sin duda, uno de los mejores medios que, quizá, tuvo los Estados Unidos para difundir su cultura, sus ideas y, por supuesto, su sistema político. Los marxistas dirían: uno de los medios de alienación de las clases medias de los países del Tercer Mundo por parte del imperialismo norteamericano. Porque allí aparecía el joven presidente firmando documentos en su despacho de la Casa Blanca, mientras sus pequeños hijos jugaban debajo del escritorio. O eran los tres hermanos Kennedy caminando descalzos por una playa de Massachusetts. O era la hermosa esposa del presidente charlando animadamente con Charles de Gaulle. Con sus fotografías y reportajes, la revista Life presentaba la pujanza económica, la fortaleza de la democracia, la apertura y la vida feliz de la sociedad norteamericana. Como contraste, eran innumerables los artículos y fotos que reflejaban el despotismo del régimen cubano, con Fidel, Raúl y el Che Guevara vestidos en traje de campaña, con sus barbas mal cuidadas y fumando unos habanos enormes. Se hablaba de la censura, de los recortes a las libertades y muchas fotografías, entre las que impresionaba la de un sacerdote confesando a un aterrado hombre minutos antes de ser fusilado por contrarrevolucionario. Eran, sin duda, dos caricaturas.

La del mundo aparentemente próspero y feliz de los norteamericanos y la del régimen cerrado y cruel de los Castro. Pero, qué ironía, cincuenta años después los hermanos Castro siguen allí y de los hermanos Kennedy ya no queda ninguno. Quienes pretendieron ser revolucionarios convirtieron a Cuba en uno de los regímenes más cerrados, conservadores y autocráticos que jamás han existido. Kennedy lo comprendió muy pronto y quiso extender el reformismo que intentó dentro de su propio país —y por lo cual, quizá, lo asesinaron— a la América Latina. Porque a través de su Alianza para el Progreso quería consolidar la democracia, creía en la necesidad de la reforma agraria y en la expansión de la educación a todos los sectores. Infortunadamente, nuestras élites políticas lo recibieron con una gran desconfianza —con la excepción de algunos, como Alberto Lleras—, en tanto un gran número de los jóvenes prefirieron al Che y a los fusiles, antes que la democracia. Con el asesinato del presidente Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, desapareció también un gran aliado norteamericano para el reformismo, la consolidación de la democracia y la modernización de la América Latina.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

El Bicentenario

Así no somos viables

Encuestas, marchas y votos

La ley de financiamiento

¿Qué nos pasa?