Por: Tulio Elí Chinchilla

220 años después de La Bastilla

TODAVÍA HOY VIVIMOS BAJO EL INflujo intelectual de la Revolución Francesa.

Cada vez que reclamamos una libertad fundamental o invocamos una garantía constitucional contra el poder arbitrario, seguimos cabalgando sobre esa gran ola histórica cuyo momento mítico —aquel 14 de julio insurreccional de la toma de La Bastilla— siempre será recordado con exultación por quienes valoran la civilización liberal.

Lo que no siempre se recuerda (o sólo como un dato menor) es el papel cumplido por el abate Emmanuel Sieyés, personaje que en aquellos grandiosos y terribles diez años —que se cierran con el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte (noviembre de 1799)— aportó un completo glosario de palabras ambiguas pero sonoras, un repertorio de ideas con significado difuso pero motivador, que hoy, aún vivas y activas, continúan nutriendo la mitología constitucional de nuestros días. Y aunque sometidas a cuidadoso escrutinio casi todas aquellas categorías discursivas parecen más bien verdades metafísicas de una teología laica del Estado, ellas nos suministran el componente argumental insustituible de cualquier propuesta de solución a callejones sin salida tales como la disputada legitimidad constitucional de hoy en Honduras.

La inventiva doctrinaria de este cura (sin vocación) para insuflar palabras sugestivas y retórica a la Revolución era desbordante: la entidad metafísica llamada nación como titular de la soberanía; la idea utópica de constitución como portentosa razón creadora y ordenadora del mundo social, superpuesta a la voluntad del legislador; el mítico concepto de poder constituyente como dios generador de todo el orden jurídico en el primer día de la creación; el diseño perfecto de un tribunal constitucional como supuesto guardián imparcial de la Carta, dotado de los superpoderes que hoy reclama; y la fábula de la moderna representación política.

Sin el brillo de Marat, la elocuencia de Mirabeau, el carisma de Talleyrand, la finura de Condorcet, ni tampoco la perversidad fundamentalista de Robespierre, el abate Sieyés logró transformar el Tercer Estado (reunión de delegados de sectores productivos de Francia) en Asamblea Nacional todopoderosa. Paradójicamente, este precursor de la democracia moderna, que no tuvo reato moral para votar (“sin discurso”, según su propia frase) la decapitación de Luis XVI, fue quien indujo a Napoleón al golpe del Dieciocho Brumario (triste epílogo de la Revolución). E, irónicamente, quien en 1788 había redactado el mejor panfleto abolicionista de los privilegios aristocráticos, ya en 1808 recibía ufano del Corzo el título de Conde del Imperio. En su senilidad, con extravagancia y presuntuosidad fue capaz de afirmar que “La Constitución soy yo”, parafraseando al absolutista Luis XIV.

Al festejar, con mezcla de comparsa y reflexión crítica, la entrañable efeméride, la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia ha querido también recordar a Félix de Bedout, maestro erudito y discreto, capaz de hacer enamorar del pensamiento utópico a varias generaciones, al tiempo que develaba las glorias, miserias y vergüenzas de estos procesos históricos que han moldeado lo que hoy somos y como pensamos.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tulio Elí Chinchilla