Por: Fernando Araújo Vélez

31 de diciembre

El otro es obstáculo, trampa, calumnia: el infierno, como decía Sartre. El otro es el contagio que nos lleva a perder nuestra autenticidad en aras de una tolerancia que suena a arrogancia. El otro es una supuesta alegría, un disfraz de felicidad, miles de sonrisas falsas y la imperiosa y cada vez más urgente necesidad de una aprobación. El otro es dogma, fanatismo, pocas veces argumento o razón. El otro es la amabilidad que se esconde detrás de la cobardía y nos desvía de nuestro camino. Es cariño, afecto y un sinfín de sentimientos afines que nos atan. El otro es una férrea e insistente cadena, cuyos eslabones se cierran en torno al amor, o a eso que hemos llamado amor. El otro es la posible puñalada por la espalda y la puñalada por la espalda. Es la debilidad, la queja ante un tercero, la mentira rastrera y pedir, solo pedir, esencialmente, por la incapacidad de tomar, y por la pereza de hacer.

El otro es esperar las doce campanadas del fin de año para brindar por cualquier cosa, y de pronto y ojalá, repetir, como el poeta “Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, tan temprano”, y nunca hablar de lo que tenemos que hablar. El otro es tener que saludar, tener que sonreír, tener que acudir a frases de ocasión, tan vacías como reiteradas. El otro es multiplicar la creencia de que necesitamos a otros, y ver a los otros como una salvación, cuando en realidad son, han sido y serán enemigos potenciales. El otro es la repetición, la costumbre, y luego, la ley por la cual debemos regirnos. El otro es la herencia de los antiquísimos códigos, y repetirlos sin pensar por qué o para qué. El otro es decir y repetir lo que dicen y repiten los otros, hasta formar eso que llamaron opinión pública, surgida de un otro que busca mantener sus privilegios. El otro es engañar en nombre de un dios, de una patria, de una ideología, de un género.

El otro es quien susurra te amo, cuando en realidad ama sus manuales, sus tradiciones, y en últimas, y apenas un poco, a sí mismo. El otro es quien se viste para aparentar con marcas de difícil pronunciación, porque no es capaz de desnudarse y odia su desnudez. El otro, te persigue, aunque seas paranoico, y te roba, aunque seas ladrón, y te miente y lo notas precisamente porque eres mentiroso. El otro te mira todas las mañanas desde el espejo.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Araújo Vélez