Por: Columnista invitado

50 años de Idipron

Por: Alberto López de Mesa

Al inicio de la segunda mitad del siglo XX la capital del país remienda los destrozos que dejó “el bogotazo” con un desarrollo funcional pero ajeno a la realidad social: migraciones de todo el país acomodadas a la topa tolondra, franjas de miseria invadiendo los cerros del sur, un urbanismo de corte moderno pero excluyente e inequitativo. Cuando llega de Italia el seminarista salesiano Javier de Nicoló Lattazi que también vivió en su natal Bari los horrores de la segunda guerra mundial, se conmovió con la existencia patética de niños en las calles e inspirado por la obra de Don Bosco, orientó su vocación de servicio hacia estos infantes indigentes que vivían al garete del desamparo y a quienes los capitalinos llamaban gamines.

El amor al prójimo y la sensibilidad social obligaron a una comprensión del fenómeno. Y para su solución llegó la inspiración, y de la inspiración el plan y para el plan un equipo que investigó, que estudió y que produjo el proyecto. Entonces Javier de Nicoló, el soñador, el visionario, recurrió al talento latente de gestor, de político, para seducir a gobernantes, a la empresa privada, a su Orden religiosa, para consumar un sueño humanitario.

El y los pioneros que lo acompañaron en ese origen sabían que más allá de la caridad era necesario un organismo estructural que superara los escollos de una sociedad escéptica, renuente a valorar la ayuda desinteresada y prestada más bien a un desarrollo para la industria y el mercado. El proyecto de salvar a los niños de la calle podía parecer oneroso, de no ser porque el inspirado saleciano supo convencer al Estado y a la sociedad de la necesidad de crear un instituto responsable de la asistencia y la superación de los niños y la juventud vulnerable. Este fue el origen del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud – Idipron.

El Padre Javier se entregó en cuerpo y alma a la construcción de una utopía. Encumbró un frenesí creativo y osado, no escatimó mañas ni ideas para implementar espacios en el centro, en las afueras mismas de la ciudad, unas veces para una asistencia inmediata y otras veces para encumbrar procesos pedagógicos de transformación profunda a la existencia de los muchachos. Se sabe que estudió los procesos pedagógicos de MakarenKo, Piaget, Montessori, la Escuela de Chicago, pero al final con una conciencia y comprensión de nuestra realidad concibió un modelo a la colombiana, pleno de creatividad, intrépido en la propuesta, al colmo que en la unidad de La Florida, diseñada a propósito para sublimar su ideal, llegó a practicar una república independiente de muchachos con constitución y moneda propia. Soñó incluso una ciudadela experimental en El Tuparro, frontera con Venezuela, y otra en Acandí, frontera con Panamá. Pero acaso porque los sueños y la realidad son un maridaje imposible para sociedades pragmáticas, el ideal de Idipron empezó a alcanzar su aplomo a la medida del presupuesto y a la escala de nuestros gobiernos. Ciertamente dejaron de existir los gamines. No hubo más niños en la calle. Pero el desarrollo amorfo e inequitativo e inconsciente de nuestras ciudades obligaban la existencia de poblaciones marginales y la habitabilidad en calle aumentaba peor cuando en los años 90 irrumpió la droga. Entonces todo Idipron y el mismo Javier de Nicoló entendieron que la tarea era inmensa, que exigía día a día más creatividad, más compromiso.

En abril del 2015 falleció Javier de Nicoló, pero sus nociones, su invitación a la creatividad constante, su conciencia de que la labor social exige tesón e imaginación hicieron que Idipron se consolidara como modelo de atención a los jóvenes vulnerables y a la superación de habitabilidad en calle. Hoy celebra cincuenta años de existencia. El reconocimiento de su tarea trasciende las fronteras del país y lo agradecen miles de muchachos y de familias.

 

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