Por: Juan Carlos Botero

50 años sin Hemingway

HACE 50 AÑOS, ERNEST HEMINgway despertó temprano y vio que su esposa, Mary Welsh, aún dormía.

 

Era una mañana clara en Ketchum, Idaho, y el escritor se levantó en silencio de la cama. Se puso una bata y bajó a la sala. Pasó a la cocina y buscó las llaves del sótano que Mary había escondido, porque allí guardaban las armas de caza. Descendió al sótano, abrió el armario y escogió una escopeta Boss de dos cañones para matar palomas. Tomó una caja de municiones, regresó al salón y se sentó en el vestíbulo. Luego cargó el arma y asentó la culata en el piso de baldozas. Apoyó la frente contra los cañones, y con las yemas de los dedos buscó los gatillos. Mary despertó con el estruendo.

Hacía rato que Hemingway deseaba morir. Estaba inmerso en una honda depresión y ya tenía el aspecto de un hombre derrotado. Una mañana Mary lo encontró en la casa con una pistola cargada, mirando con tristeza a través de las ventanas. Otro día, dos enfermeros lo detuvieron cuando se llevó un revólver a la garganta. Días después, mientras volaban hacia un hospital en Rochester, Hemingway aprovechó la escala en un aeropuerto para dirigirse hacia las hélices de un avión encendido en la pista. Sin duda, la distancia entre la leyenda del gran escritor y la triste figura que procuraba matarse, era abismal.

Quizás lo más asombroso, sin embargo, es que su cuerpo hubiera resistido tanto garrote. Durante la I Guerra Mundial, en Italia, una bomba de chatarra estalló en su trinchera, y le sacaron 237 pedazos de metal del cuerpo. Entre 1930 y 1944, sufrió dos accidentes graves de automóvil. Un día mientras pescaba, se baleó las piernas al dispararle a un tiburón. En 1954, la avioneta en que viajaba se desplomó en Kenia y casi pierde la vida; dos días más tarde, la avioneta que lo rescató también se accidentó, y el escritor se abrió el cráneo. Al mes, mientras ayudaba a sofocar un incendio en la sabana africana, cayó entre las llamas. A lo último, poco antes de morir, veía mal, padecía delirios de persecución y amnesia. Pero su mayor tormento era su incapacidad de escribir.

Para entonces, Hemingway lloraba ante el reto de anotar una frase sencilla. Escribir era el norte de su vida, y todo lo que hacía alimentaba sus textos: no escribía para vivir, sino que vivía en función de escribir. Cazaba, amaba, pescaba, iba a guerras y veía corridas, no tanto por amor a la aventura sino para nutrir su obra. Hemingway fue un autor moderno, creador de una de las prosas más influyentes del siglo XX, pero vivía obsesionado con valores clásicos. Desempolvó conceptos como el honor, el coraje y el actuar sin trampas o atajos, pues para él lo valioso no era el premio al final de la odisea sino la conducta del héroe durante la prueba que lo destruye. Desde esa óptica, su obra maestra fue Santiago, el anciano de El viejo y el mar.

Sí, han pasado 50 años sin Hemingway, pero su arte sigue vivo e intacto. ¿Cómo entender, entonces, que él se hubiera suicidado? Carlos Fuentes ofrece la clave: “¿Somos sólo lo que fuimos un día, el día en que la voluntad, la necesidad y el azar —la suma del destino— se reunieron para ofrecernos nuestra máxima posibilidad? ¿Podemos o merecemos vivir después de ese momento?”. Hemingway respondió con un triste no, y entonces apretó los gatillos de la escopeta.

 

 

 

 

 

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