Por: Augusto Trujillo Muñoz

50 novelas y una pintada

Durante los años comprendidos entre la República Liberal y el Frente Nacional, y aún desde antes, el meridiano de la política colombiana cruzaba por el Tolima.

En 1922 la Convención Nacional Liberal se reunió en Ibagué, bajo las orientaciones del general Benjamín Herrera, y marcó un punto de inflexión en la historia del liberalismo. Una década más tarde, un equipo de tolimenses de primer orden brilló en el centro de la actividad pública, impulsando un proyecto que el país conoció como la revolución en marcha.

El viejo López, nacido en Honda, fue su gran líder. A su lado estaban el maestro Echandía, Caicedo Castilla, Parga Cortés, Rocha Alvira, Camacho Angarita y otros más que –en el decir de Alberto Lleras- conformaron “un concilio de jurisconsultos caracterizado por su falta de codicia, pero también por su devoción por la controversia y, sobre todo, por una sed inextinguible de creación”. De ese concilio surgió la llamada “Escuela del Tolima”, integrada por hombres de leyes, de estado y de pensamiento, al servicio de una gran empresa de transformación institucional.

Inclusive fue toda una generación, entre cuyos miembros había diferencias naturales, la que convirtió una historia de música y de guerra en vocación intelectual, en eclosión periodística, en debate doctrinario: Los Lozano y Lozano, los Peláez Trujillo, los Melendro Serna, los Bonilla Gutiérrez en el liberalismo. Los Casabianca, los Jiménez, los Tribín, los Arbeláez en el conservatismo.

Dirigentes populares como Pedro Narváez y Julio Ocampo lideraron el movimiento conocido como “los bolcheviques” en el municipio del Líbano, surgido del Congreso Nacional del Partido Socialista Revolucionario que se reunió al amparo de la Tercera Internacional. Y dirigentes campesinos se levantaron en las montañas del sur del Tolima contra las dictaduras del medio siglo, conformando grupos guerrilleros de inspiración liberal unos, y de inspiración comunista otros. Gerardo Loaiza dirigió los primeros y Jacobo Prías Alape, conocido como “Charro Negro”, los últimos. Aquellos se denominaron “Limpios” y estos “Comunes”.

Todavía durante el Frente Nacional Alfonso Palacio Rudas, Rafael Caicedo Espinosa y Alfonso Jaramillo Salazar, discípulos de la “Escuela del Tolima”, mantuvieron encendido el faro de una historia propositiva y de una vocación civil. En efecto, por todo lo largo, por todo lo ancho y por todo lo profundo del Tolima, cruzó el meridiano de la política.

Medio siglo después el suceso heroico de la guerra y de la paz es asunto de historiógrafos. El actual –más reposado en lo político, pero también intenso en lo espiritual- parece estar siendo asunto de escritores. El académico Eduardo Santa es su decano, y el más joven, probablemente, Oscar Godoy. Como es natural, constituyen un conjunto disparejo en su formación y heterogéneo en su desarrollo. Pero están suministrando a la sociedad elementos para ayudar a movilizarla en función de  valores culturales.

El crítico Germán Vargas Cantillo fue el primero en intuir que la literatura tolimense podría abrir unas puertas que se estaban


cerrando en la política. Así lo sugirió en su antología titulada “La violencia diez veces contada”, publicada en 1975, la cual recogió textos de unos jóvenes que hoy tienen espacio propio en el ámbito literario del país. Todos ellos forman parte de la colección “50 novelas y una pintada”, uno de los éxitos editoriales de la Feria Internacional del Libro que actualmente se cumple en Bogotá.

Pero además se trata de la consagración de lo que algunos vieron como una aventura sin porvenir, emprendida por Carlos Orlando Pardo y su hermano Jorge Eliécer en 1973. Por entonces en el Tolima se asomaba otra generación prometedora, cuyo líder es responsable de haber implantado un estilo hegemónico que la desintegró como esperanza colectiva. Aquella aventura es hoy Pijao Editores, una empresa cultural a cuyas puertas comienzan a tocar los protagonistas internacionales del mundo de la cultura y de la industria editorial.

La colección incluye cincuenta novelas breves de otros tantos creadores de literatura de imaginación, y una más pintada por Darío Ortiz Robledo, el consagrado artista tolimense de 40 años, que hace diez fundó en Ibagué el Museo de Arte Contemporáneo. Darío leyó las novelas y pintó luego un cuadro para la carátula de cada una de ellas. Enseguida escribe –o pinta- la suya propia, narrando lo que puso en imágenes o, como él mismo dice, escribiendo una novela de cuadros que se yuxtaponen.

Carlos Orlando y su equipo –enriquecido ahora con su hijo Carlos y su hermano Pablo- están consolidando una aspiración que nació como una aventura de provincia. También yuxtaponen una publicación sobre otra, un título sobre otro, una temática sobre otra, para ofrecerle a su provincia una valiosa memoria histórica, y a su país la andadura creativa de un listado de escritores que representa lo más significativo del mapa literario colombiano después de Gabo.

En ese sentido creo que el país ha cambiado para bien. Antes la provincia quedaba demasiado lejos del centro. Bogotá estaba más cerca de Miami que de Tunja, y lejísimos del municipio de Arbeláez. Hoy mirar hacia la provincia es un ejercicio refrescante. Allí está el país de verdad, en toda su dimensión democrática. A pesar de que el imaginario social conserva la impronta del centralismo, el Estado se ha visto obligado a resignar funciones hacia abajo, en beneficio de la vida comarcana.

El ámbito local ofrece el marco propicio para la adopción de unas reglas de juego –públicas y privadas- aptas para el mejor suceso de la concertación ciudadana. También la empresa tiene responsabilidades sociales y, sobre todo, si es una empresa cultural. La cultura ha de transitar libre, inconforme, disidente por las múltiples vías sociales, o no pasará de ser un ingrediente de distinción individual.

Desde la provincia se puede hacer activismo cultural y difusión literaria sin los cálculos que imponen los monopolios y las dictaduras mediáticas o, mejor, de los grupos económicos y de poder que, a través de aquellos y de estas, influyen en la sociedad. Pijao creció por fuera de esos cálculos. Quizás no creció, porque sigue siendo una empresa pequeña. Pero se consolidó como tal, en el amplio mundo de la cultura. Por eso mirar hacia Pijao Editores también resulta un ejercicio refrescante.

Ex senador, profesor universitario

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