Por: Diana Castro Benetti

51 semillas

Según las enseñanzas del Buda, existen cincuenta y uno tipos de semillas almacenadas en nuestra consciencia. Semillas de miedo, dolor, ira, angustia o de alegría, serenidad, compasión, perdón y felicidad; semillas que van creciendo y arraigándose.

La ira, por ejemplo, puede ser una simple pataleta infantil que, con el tiempo, puede convertirse en la típica característica de los coléricos; una simple tristeza, desenvuelve un carácter melancólico por toda una vida.

En el sistema del yoga, cualquier emoción o pensamiento es la expresión de una semilla que proviene de un sótano en nuestra mente. Cada vivencia es una oportunidad de comprender y cada acción es el camino para acrecentar la maestría de nuestras reacciones. Y es ese baúl, delicado, complejo, profundo de la consciencia donde se atesoran las memorias. Memorias que son como trampas porque surgen de manera automática, porque se enquistan en el cerebro, en el corazón, en el estómago; memorias que se asemejan a una mala nota en el colegio, a la mentira de un amigo, a la mirada de desprecio del más fuerte, al abrazo en una boda, a la canción de una abuela o a la despedida de un padre.

De estos 51 prototipos de semillas, el miedo, la ira y la tristeza son los más comunes y hacen de las suyas cuando amamos, cuando trabajamos, cuando el éxito nos ronda o cuando hacemos presupuestos, viajes y pretendemos seguir las utopías de nuestra época.

Y en el yoga, aguzar el acto de observar el cuerpo permite cazar cada una de las semillas. Es tan fácil como prestar atención a los dedos de los pies, los tobillos, las pantorrillas, las piernas y las caderas o tan divertido como, aún en la cama y reclinados sobre la espalda, verificar cómo amanecen el estómago, los ovarios, el hígado o cada milímetro de nuestro cerebro. Avivar cada célula antes de empezar el día es como saludar los pulmones o darle un breve repaso a ojos, oídos, nariz y boca para provocar los sentidos.

Cada acto de atención es condimentar las semillas amables y desintegrar las malolientes; es inventariar las memorias que nos hacen los mismos de siempre y es abrirle paso al mejor de los oficios cotidianos, que se parece mucho al andar mezclando los hábitos con la consciencia.

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