Por: Santiago Montenegro

90 años de juventud

DICEN QUE ES MEJOR TARDE QUE nunca y, por eso, hoy quiero celebrar el cumpleaños noventa de Otto Morales Benítez, quien nació en Riosucio, Caldas, el 7 de agosto de 1920.

Porque Otto Morales es un gran colombiano, con una excelente hoja de vida como servidor público, uno de los mejores presidentes que Colombia nunca tuvo y, sobre todo, una gran persona. Abogado de la Bolivariana de Medellín, fue diputado, representante a la Cámara y senador por Caldas, secretario del Partido Liberal cuando era jefe único Alberto Lleras, su amigo cercano. Al comenzar la segunda presidencia de Lleras, fue nombrado miembro de la Comisión Investigadora de las Causas de la Violencia, designada para estudiar las causas de la llamada violencia de los años cincuenta y para investigar sus secuelas. Junto al sacerdote Guzmán Campos recorrió el país, se entrevistó con los jefes guerrilleros y realizaron recomendaciones de política que redujeron significativamente la violencia en las décadas de los sesenta y setenta. En la misma administración de Lleras fue ministro de Trabajo y de Agricultura. Como ministro de Agricultura promovió y defendió el proyecto de reforma agraria de Alberto Lleras en el Congreso, que se traduciría en la Ley 131 de 1961, que, además, creó el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora) con el propósito de modernizar y hacer más equitativa la tenencia de la tierra. Después de la Ley 100 de 1936, este sería el segundo intento de reformar la tenencia de la tierra en el siglo XX.

Junto a los Lleras y a otros conductores del medio siglo, Otto Morales encarnó una generación de políticos profundamente creyentes y practicantes de la democracia liberal y de nuestros valores republicanos. Teniendo como modelo a los liberales radicales del siglo XIX, ejercieron su militancia política, participaron en elecciones o fueron llamados a ocupar un puesto en el Ejecutivo. Y cuando perdían, aceptaban la derrota y se iban y volvían a lo que sabían hacer, a dictar clases en la universidad o en un colegio de secundaria, o a ejercer su profesión de abogados. Porque les horrorizaba aferrarse al poder, cambiar las reglas de juego, meterle la mano a la Constitución para quedarse. Creían y practicaban la doctrina de que el poder debía tener límites tanto en el espacio como en el tiempo. Con esa calidad de políticos y de ciudadanos nuestro país desarrolló una tradición civilista, de respeto a las leyes, a la alternación en el poder. Pero, además, Morales formó parte de una generación de políticos honestos que vivieron de su salario y que fueron pobres antes y después de haber pasado por la política. Es una generación de políticos que Colombia también extraña, porque respetaban el castellano, decían lo que pensaban, pero, sobre todo, pensaban lo que decían, escribían los textos antes de hablar y escribían bien.

Cuando tuve mi oficina cerca de la de él, almorzamos con alguna frecuencia, siempre en El Virrey, del Hotel Tequendama. Vestido impecablemente de negro, con chaleco y sombrero, irrumpía saludando y hablando casi a gritos, como una vez que llegó con mucha hambre y para asombro de los comensales, quienes a esa hora ya abarrotaban el restaurante, al ver las bandejas del bufé, comenzó a gritar, “¡doctor Santiago, hay unas yucas ricas, hay unas yucas ricas!”. Así, conocí al ser humano, al editor de más de una centena de libros, al papá de Adela, al amigo. Tantas cosas buenas que tiene nuestro país las debemos a personas como Otto Morales Benítez.

¡Gracias por esos noventa años, querido Otto!

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

Hola, soledad

El Bicentenario

Así no somos viables

Encuestas, marchas y votos

La ley de financiamiento