Por: Juan Carlos Botero

9/11, diez años después

En el aniversario del 11 de septiembre la gente recordó a sus muertos.

Y, para medir el tamaño de la tragedia, basta poner las cosas en perspectiva y evocar el caso de Irlanda del Norte y su conflicto con Inglaterra, uno de los más largos y sangrientos de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial. El saldo final de esa disputa, que duró décadas, fue de 3.526 muertos, cercano al número de personas que, en un solo día, murieron aquel martes de cielos azules en Nueva York.

No obstante, diez años después, ¿cuál es el balance de los atentados del 9/11?

En el corto plazo, y de acuerdo con lo que buscaban los suicidas, seguramente los ataques lograron su objetivo: mataron a miles de personas inocentes; aterrorizaron a la población estadounidense; sembraron el miedo en el resto del mundo; Al Qaeda se convirtió en un punto de referencia; Osama bin Laden alcanzó fama mundial y sus tesis recibieron difusión mediática; los huecos en la seguridad de EE. UU. quedaron al desnudo, y la ideología del fundamentalismo religioso tuvo más atención que nunca en la historia.

Una década más tarde, sin embargo, el resultado para Al Qaeda es un fracaso rotundo. La masacre de miles de civiles indefensos produjo un coletazo de solidaridad nacional (y de repudio mundial) que no se había visto en los EE. UU. desde el ataque de la Armada Imperial Japonesa a Pearl Harbor en 1941. Osama bin Laden y otros líderes terroristas están muertos. Al Qaeda todavía es una amenaza, pero ha sido marginado, fraccionado, forzado a huir y sus recursos congelados. Los organismos de seguridad de los EE. UU. se han fortalecido y vuelto más eficaces. Se agudizó el choque entre civilizaciones que profetizó Huntington y aumentó, en forma nefasta, la suspicacia entre las culturas de Oriente y Occidente. Por último, el verdadero peligro de Al Qaeda, que su ideología fanática y homicida contagiara al resto del mundo musulmán con su población de 1,5 mil millones, no se logró. La prueba es la Primavera Árabe, cuyos pueblos reprimidos durante décadas piden democracia y dignidad, y no que los regresen al medioevo mediante regímenes fundamentalistas. Es decir, Al Qaeda no sólo perdió la batalla, sino la guerra más importante de todas: la de las ideas.

El fracaso de Al Qaeda es un triunfo para Occidente. Pero eso no significa que el desenlace para EE. UU., diez años después, sea de ninguna manera positivo. El país desvió su atención hacia Irak y descuidó su crisis interna. EE. UU. pasó de un superávit de 128 mil millones en 2001 al peor déficit de su historia. Pese al esfuerzo de Obama, su prestigio internacional no se ha recobrado a raíz de Irak y Afganistán, Guantánamo y Abu Ghraib. Han muerto miles de soldados y civiles. Bush aprovechó la tragedia para promover una diplomacia de vaquero y reducir los impuestos de los más ricos, y ahora el país está secuestrado por los republicanos, quienes tienen un solo objetivo: torpedear todo lo que haga el presidente, porque creen que algo bueno para él, así sea bueno para la nación, es malo para ellos. Una década después, ésa es la gran tragedia del 9/11: un triste saldo de viudas, huérfanos, libertades recortadas en aras de la seguridad nacional, y una potencia mundial en manos de políticos extremistas. En suma, ahora los perdedores somos todos.

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