¿A Duque le corresponderá hacer grandes reformas?

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Iniciando este Gobierno escribí una columna (“Duque, ejecutor”) planteando que Iván Duque no sería un presidente reformista.

Porque no lo es por temperamento, ni había prometido grandes reformas, ni su partido es reformista (es contrarreformista), ni tenía una coalición política para hacerlo, ni había nombrado un gabinete con grandes ideas. Porque recibía un país que había reducido enormemente la pobreza y la violencia en las últimas dos décadas, y había superado la crisis económica de la caída de los precios del petróleo. Porque su victoria no le había concedido un mandato político fuerte, pues millones habían votado más por miedo a Petro que por un programa. Y porque le había correspondido un periodo histórico de transición y no de cambio, pues el sistema político salía por fin del anacronismo anticomunista de la vieja Guerra Fría.

Así se confirmó en su primer año y medio de gobierno. No intentó ninguna reforma legislativa ambiciosa, a tal punto que prefirió gobernar sin mayorías en el Congreso. Las protestas sociales de final de 2019 eran en realidad un pedido de reformas, que respondió con un proceso de conversación nacional que no llevó a reformas. Sus dificultades en las encuestas se debieron en buen parte a que no se entendía cuál era su gran propósito de gobierno. He hizo una distribución de funciones en que el Gobierno se encargaba de administrar y le dejaba la política al partido de gobierno.

Pero parece que la historia va a poner en manos de Iván Duque un periodo en que le será inevitable acometer reformas de gran calado. La situación económica de la pospandemia será tan grave, que no se resolverá solo con el regreso de la normalidad. Esta va a generar una crisis social tan aguda que se requerirán soluciones de fondo. El desempleo va a ser tan enorme, que no bastará esperar a que la mano invisible de la recuperación económica genere nuevos empleos, y la caída de los ingresos fiscales por el deterioro tributario y de los precios del petróleo no se solucionará con una reforma tributaria como las que se vienen haciendo cada dos años. La pandemia ha desvestido el tamaño de una inequidad social y de una informalidad económica tan abismales, que cuestionan el modelo económico que parecía eficaz para reducir la pobreza.

Si, como parece, estamos ante el fin de la era neoliberal de 40 años, con el declive de la globalización y el regreso del Estado, llegarán vientos de cambio económico desde fuera. Especialmente si en Estados Unidos gana el candidato demócrata, que tiene la plataforma más liberal en la historia de ese partido. Duque recibirá grandes presiones para impulsar una reforma tributaria estructural, para desarrollar una política industrial que favorezca la producción nacional y reduzca el libre comercio, para limitar la dependencia en el petróleo, para aumentar el gasto social con programas como la renta básica.

Grandes reformas para las que el Gobierno no estaba preparado, pero para las cuales la mayor crisis en décadas está generando las condiciones políticas, económicas y sociales. Los cambios políticos importantes se producen por liderazgo o por crisis, y generalmente requieren de ambos. A Iván Duque la historia lo puso ante una gran crisis, falta que saque el liderazgo.

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