A reconstituir las coordenadas

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La pandemia distorsionó por parejo el espacio y el tiempo. Comprimió a los humanos en recintos medibles en metros cuadrados. Abolió el concepto experimentable de kilómetros, achicó el globo. El tiempo resultó cortado por la mitad: medio año dentro de un año. La duración real se angostó por arriba y por abajo, en cabeza y cola. El calendario sufrió un salto de garrocha entre marzo y septiembre u octubre.

Hay memes que invitan a no cumplir años en el 2020, para permanecer más jóvenes. Tienen su lógica: este año trunco para miles de millones de terrícolas no merece contabilizarse entre sus pares con la misma legitimidad. En realidad la década de estos años veinte se consideraría bisiesta al revés, en vez de agregar una unidad la restaría.

Esta consideración suena a artificial y arbitraria. No obstante, íntegra la matemática que procura calcular el tiempo es arbitraria. Fue consagrada por los cavernícolas cuando miraron las estrellas y cada civilización resolvió por iniciativa propia fijar un año como el comienzo de todos los años. De ahí que existan diversos calendarios, de acuerdo con el esplendor del pueblo que fundó cada uno, el romano, el judío, el persa, el maya, el chino.

Algo parecido ocurre con el concepto de espacio. Habitantes de islas no logran evitar la sensación de constreñimiento. El mar no cuenta, pues es un espacio que se comió el espacio. Para apropiarse de la esencia espacial, el hombre necesita pisar fuerte, palpar la consistencia fidedigna del globo.

Durante la cuarentena las ventanas devoraron el barrio, las avenidas, engulleron los parques. Los centros comerciales adquirieron carácter espectral, a pesar del esmero de las administraciones con la mentada bioseguridad. Es evidente la reducción de perspectivas padecida por las miradas.

La medición de las dos coordenadas fundamentales, tiempo y espacio, es de resorte interno de la gente. Así que no solo es arbitraria sino personalizada. Cada cual percibe duración y distancia de acuerdo con la resonancia que originen en su órgano receptor. Incluso esta percepción varía según el tono de su ánimo, la pujanza de su salud.

“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles…”, así comienza Barba Jacob su Canción de la vida Profunda. Añade el siguiente epígrafe de Montaigne: “El hombre es cosa vana, variable y ondeante…” Tan fértiles, tan plácidos, tan sórdidos, tan lúbricos, tan lúgubres, de esta forma continúa el poeta transhumante el cuadro de la volatilidad del hombre.

Pues bien, el encierro ha elevado a niveles arriesgados la desvinculación de esta cosa vana que de por sí es el hombre, frente a los polos a tierra establecidos por el espacio-tiempo. Para comprobarlo conviene abordar un transporte público y experimentar cómo el entorno está recién nacido, parecen las mismas cosas anteriores pero revestidas de un aura escondida y amenazante.

Las distancias se aminoran, el reloj se niega a admitir que las cintas de asfalto dejan rodar más rápido porque hay menos tráfico. La cabeza afronta la tarea de reconstituir las coordenadas del mundo.

arturoguerreror@gmail.com

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