¡Abajo el mal gobierno!

Noticias destacadas de Opinión

Al escribir estas palabras, continúa el paro nacional que se inició el 28A. No cesan las manifestaciones ni la represión policial y militar, y aún no hay certezas del número de detenidos, heridos y muertos. Hace mucho tiempo que Colombia —curtida ya en aguantar dificultades, injusticias, conflictos y tragedias— no vivía una coyuntura tan severa como la actual crisis multidimensional.

Por una parte, el tercer pico del Covid-19, mucho peor que los dos anteriores, ha aumentado dramáticamente los fallecimientos, pero sobre todo la frustración y la exacerbación. Mientras el resto del mundo avanza con la vacunación, aquí la inmensa mayoría no tiene idea alguna de cuándo le llegará su turno. Chile ya vacunó al 42% de su población y Colombia tan solo un 6%, incluso menos que el 9% de la India, el nuevo epicentro de la pandemia (ourworldindata.org).

A la vez, en días pasados, el DANE reveló que 21 millones de colombianas y colombianos están en condición de pobreza monetaria, confirmando lo que las investigaciones de Luis Jorge Garay y Jorge Enrique Espitia, objeto de columnas anteriores, advirtieron desde el año pasado. También vemos cómo en el resto del planeta los gobiernos de izquierda, centro y derecha ensanchan las redes de apoyo social, mientras aquí el de Duque rechaza la renta básica y espera que la gente se contente con el michicato “ingreso solidario”.

La gota que rebosó la copa fue sin duda la propuesta de reforma tributaria. Solo a un gobierno muy torpe, o demasiado desconectado con la realidad, o absolutamente cruel e indolente, o enteramente subordinado a las agencias calificadoras de riesgo, o todas los anteriores, se le podría ocurrir, bajo estas condiciones, aumentar los impuestos a las clases populares y medias, de lejos las más golpeadas. Hasta César Gaviria, el papá del neoliberalismo en Colombia, puso el grito en el cielo.

Vivimos un nuevo ciclo de movilizaciones sociales, que de alguna manera se inauguraron con la minga indígena en 2008, luego la sucedieron el paro agrario en 2013, la MANE en 2015, la huelga de Fecode en 2017 y el paro universitario en 2018, para llegar a las históricas jornadas de protestas ciudadanas y cacerolazos del paro nacional a partir del 21N en 2019. Para este último, Duque se negó a reunirse con los convocantes y armó el show de la llamada Conversación Nacional. Pero justo cuando se suponía que revelaría las conclusiones, llegó la pandemia y el correspondiente confinamiento. El gobierno estimó que lo había salvado la campana y que había logrado mamarle gallo a la gente. Incluso, a pesar de los disturbios desatados por la brutalidad policial en Bogotá en septiembre de 2020, pensó que el descontento social ya había pasado.

Lo que estamos viviendo estos días en todo el territorio nacional es evidencia de su gran equivocación. Hoy el país es otro. Muchísimas personas ya no comen calladas. En parte, es uno de los resultados indirectos del Acuerdo de Paz. Pero, sobre todo, es el desbordamiento de numerosas inconformidades acumuladas, el despertar de las rebeldías de múltiples nuevas ciudadanías y los justos reclamos de una juventud que siente que no tiene nada que perder. La decisión del CRIC y de los camioneros de sumarse a la protesta agrega nuevos ingredientes a las movilizaciones.

Pero lo más alarmante es que el gobierno no escucha. Si bien tardíamente retiró el proyecto de reforma tributaria, persiste en su línea de conducta y profundiza su viejo discurso. Aunque la inmensa mayoría de las marchas han sido pacíficas, se fija sólo en los casos aislados de vandalismo. Mientras que Human Rights Watch alerta sobre los graves abusos policiales contra los manifestantes en Cali, Twitter censura un trino de Uribe que instiga a la violencia, el ministro de Defensa señala a las disidencias como los responsables de los disturbios, continúan los arrestos arbitrarios y militarizan los centros urbanos. El resultado: crece la indignación.

Bien lo dijo Residente: “Si la gente sale con pandemia a protestar a la calle, debe ser que el gobierno es más peligroso que el virus “. Tiene razón.

danielgarciapena@hotmail.com

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.

Comparte en redes: