Por: Iván Mejía Álvarez

Abdicar

Fue apenas una coincidencia brutal y desgarradora. En la misma semana en que Juan Carlos de Borbón abdicó de su corona real, entregando el trono a su hijo, la selección española también conjugó el mismo verbo, abdicar, y le dijo adiós al Mundial de Brasil.

Jugó tan mal, tan rematadamente mal la selección española que no merece ni un análisis futbolístico. Lo primero es que España se traicionó a sí misma, apostató de su credo de la posesión y la posición, pilares fundamentales del tiki-taka, y se entregó a un desnaturalizado e insaboro híbrido futbolístico.

Pelotazos a lo Real Madrid con Ramos y Alonso. Toque insulso a los costados estilo Barcelona de los últimos meses. Falta de pegada y mordiente en los últimos metros. Y, fundamentalmente, unos bajonazos individuales que dan pena. Casillas en su peor versión, culpable de cinco de los siete goles que recibió España en Brasil. Ramos marcando horrible, Busquets completamente perdido y llegando siempre tarde, y la peor versión de Xabi Alonso, desnortado y sin entregar una pelota bien. Iniesta no jugó y Silva estuvo a media máquina sin producir ni el 30% de lo que produce en el Manchester City.

La confusión española arranca desde el momento en que Vicente del Bosque admite a Diego Costa y reclama su presencia. Costa, nacido en Brasil, fracturó totalmente la selección en lo anímico y en lo táctico. Mal podrían Villa, Torres y, fundamentalmente, Cesc aceptar la presencia del nacionalizado cuando con ellos alcanzó España dos Eurocopas y una Copa del Mundo. Su convocatoria y obligatoria alineación, en malas condiciones físicas, pues viene de una lesión que lo sacó de la final de Champions, fracturó la convivencia. Y en la parte táctica es claro que Costa juega a otra cosa, al fútbol vertical del Atlético, con movimientos totalmente diferentes a los de Iniesta y Silva. Costa es vertical y España ataca horizontal, elaborando desde los costados, con un nueve que abre espacios. Con Cesc como falso nueve, españa lo ganó todo.

Pero lo peor de España fue la parte física. Ese colectivo estaba absolutamente destrozado en la parte atlética, cansado, sin aire, sin fuerzas, sin capacidad para regular energías o dosificar esfuerzos. Sin aire no se puede hacer presión en la recuperación, sin aire el equipo se alarga y concede espacios, sin aire el margen de error en la entrega crece pues la cabeza piensa algo y las piernas hacen otra cosa, luego la posesión no existe.
Chao, España. Recordaremos tu pasado con alegría, pero lamentamos este inmundo presente.

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