Por: Eduardo Barajas Sandoval

Abe, a alzar su vuelo propio

Provocar al Japón puede ser, con el tiempo, el error más grave, y el más peligroso, de Kim Jong-un. 

El Japón es un gigante dormido, primero por la fuerza y luego voluntariamente, cuando aprovechó la ocasión excepcional de dedicarse tan solo al bien estar. Para conocer aquello de lo que es capaz, basta recordar su tremendo desarrollo científico y tecnológico a partir de la séptima década del siglo XIX, hasta desembocar en la Segunda Guerra Mundial, cuando pudo demostrar también cuánto puede hacer en uso de la fuerza. 

El modelo ejemplarmente pacifista de las últimas décadas, bajo el cual los japoneses entraron en la “Era Heisei”, ha dependido hasta ahora de su compromiso con la paz, de la confiabilidad de una relación clara con los Estados Unidos, que se han comprometido a brindarle protección, y de la solidez de Occidente, grupo dentro del cual se le clasifica, sin dejar de ser el país del sol naciente. 

Si llegase a desfallecer ese bando occidental que cobija al Japón y se beneficia de su amistad y de su alto nivel de desarrollo, no solamente estaría en peligro el orden del Lejano Oriente, sino que tambalearía la arquitectura del orden internacional, y se desataría una desbandada que obligaría a cada quien a buscar la mejor forma de guarecerse y apelar a su potencial para defender sus intereses. 

En un hipotético escenario de esa gravedad, el Japón se encontraría por un lado desarmado y por el otro rodeado de potencias en las que no puede confiar. Además, se haría evidente que el orden institucional de la posguerra, establecido por los vencedores, no le ha pagado la deuda de fidelidad a la causa de la paz y de la cooperación con sus antiguos enemigos, al no buscarle espacios de representación, por ejemplo, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El anterior escenario se hace cada vez más posible con la irrupción en el escenario de la Corea del Norte contemporánea, dedicada monolíticamente, por la combinación de fuerza y discurso, a sobrevivir aislada en un mundo en el que solo la pueden entender unos pocos. Pero, como su idea no es solamente la de sobrevivir sino la de protagonizar actos, aparentemente innecesarios, de disuasión armada, precisamente dichos actos, orientados abiertamente en contra del Japón, tienen que obligar a la dirigencia japonesa a reflexionar sobre un estado de cosas que podría llegar a desbordar su paciencia oriental. 

La combinación de las reiteradas ofensas norcoreanas con un posible desfallecimiento del bloque al que pertenece el Japón, facilitado por la ignorancia y la falta de confiabilidad de un presidente de los Estados Unidos que solo tiene experiencia en sus negocios de edificios, hoteles y campos de golf, podrían llevar a cambios importantes. Entonces se podría vislumbrar un retorno a la tremenda lógica de la vida internacional del extremo del Asia, con sus enemistades interminables y la forma tradicional de arreglar sus problemas, que no ha sido precisamente modelo de paz. 

En ese orden de ideas, resultaría impensable que el Japón estuviera dispuesto a que un país vecino, cualquiera que fuese, terminara por imponerle condiciones de convivencia, como si fuese un subordinado, en su área vital. La repetición del vuelo de misiles por encima del espacio japonés reviste todas las características de una de esas provocaciones sin sustento que justifican una respuesta de adecuada drasticidad. Frente esa provocación, que se convierte en creciente amenaza, y si se llegasen a presentar dudas o debilidades en la suficiencia de la protección militar debida, tal vez el Gobierno del Japón, hoy en cabeza de Shinzo Abe, se vería obligado a combinar el poderío científico, tecnológico y económico del país, al servicio de un proyecto de urgencia orientado a la defensa nacional. 

Si el Japón tuviese que llegar a ese extremo, el primero en preocuparse debería ser Kim Jong-un, pues una cosa es andar suelto e impune en sus actividades preliminares de un arreglo violento de cuentas en el que sólo él parece interesado, y algo muy diferente sería el tener que vérselas de nuevo con un competidor histórico que, en su momento, ocupó “todas las Coreas” entre 1910 y 1945.  Para no hablar del despertar de numerosos problemas históricos y culturales que se han presentado entre coreanos y japoneses a lo largo de los años. Situación que ha sido manejada con sabiduría y firmeza por la actual Corea del Sur, que, sin dejar de reclamar por los hechos y los efectos de la ocupación japonesa, fruto de un tratado cuya validez ha sido disputada, ha conseguido llegar a una convivencia y cooperación ejemplares con el antiguo imperio invasor. 

Como suele suceder con todos los presidentes de los Estados Unidos, el empresario que se aventuró exitosamente a competir por la Oficina Oval de la Casa Blanca se ha tenido que venir a enterar de esta materia, como de tantas otras, como parte de las famosas “obligaciones imperiales” que son consecuencia de la condición preeminente de su país en el mundo de la posguerra. Condición que, aunque desfalleciente, todavía exige el cumplimiento de deberes que, si bien él mismo se atrevió a anunciar que desconocería, a la hora de la verdad, y al enterarse de las implicaciones que traería para el equilibrio del mundo entero, tendrá que honrar. 

En la medida que cada acción agresiva de Corea del Norte solo obtiene como respuesta un nuevo párrafo de amenazas de los Estados Unidos y otro canto a la bandera de la paz a cargo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ahora con el voto de China y Rusia, se hace más probable un escenario que podría llevar al Japón a repensar sus opciones de defensa propia, y de eventual acción militar, en un mundo cuyo orden se desbarata por momentos; con una institucionalidad que no sirve de mucho y unos actores que es más lo que hablan, como Trump, que lo que son capaces de hacer en favor de un mundo más sosegado. 

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