Por: Cartas de los lectores

Aborto sí, aborto no

El editorial de El Espectador del domingo 2 de octubre y los comentarios de De la Calle y de María Elvira Samper me recordaron un artículo que ya había olvidado.

A principios de enero de este año un distinguido jesuita escribía una columna en El Tiempo. De manera sincera y honesta nos presentaba su punto de vista sobre el aborto; en su argumentación afirmaba: “La experiencia de Dios en Jesucristo nos conduce a estar siempre al lado de los débiles”. De manera súbita vino a mi mente el siguiente pasaje: cuando el Señor habló a Josué —y como una regla de oro que se repetía para el trato con los enemigos— le dijo: “exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos, no se apiaden de ello tus ojos, degollad a todas las mujeres que hayan conocido varón, reservad únicamente a las niñas y a las doncellas…”.

Volví a recordar también a Lucas XIX, 27: “Pero en orden a aquellos enemigos míos que no me han querido por rey, conducidles acá y quitadles la vida en mi presencia…”, y pensé luego que esto permitió restringirle la libertad y el derecho a la vida al enemigo y no importaba el estado de indefensión en que se encontrara; fueron las razones de tipo teológico para proceder contra las brujas y contra los herejes.

El “testimonio de vida” al cual aludía el respetado sacerdote, quien también hizo alusión a la restricción de la libertad de la mujer, no alcanzó a ser el consuelo que la razón esperaría.

¿Qué nos dice la naturaleza sobre la vida? Si observamos su comportamiento, ella es pródiga en dispensarla y también en destruirla, y el ciclo de la vida es un continuum entre reproducción y destrucción, millones de espermatozoides se malogran cada día y cada óvulo no fecundado es una maternidad que se frustra. Los deshielos o los terremotos han destruido la vida, los seres que se malogran por voluntad de la naturaleza son incontables, para luego florecer de nuevo en otra resurrección. Hace 65 millones de años hubo una extraordinaria extinción en masa de flora y fauna, estuvo en vilo la posibilidad del surgimiento de la vida humana en el planeta, entre azar y causalidad como en la física moderna, así se ha dado el fenómeno humano y su desarrollo.

Es la ciencia la que debe iluminar el camino para decirnos qué es la vida, es su método el que debe disipar las tinieblas, no son las ficciones teológicas que la religión ha inventado para sobrevivir, con ellas la especulación va por delante.

Si la razón y la ciencia no pueden entrar en el debate, ¡que entren los payasos! ¡Como diría Nietzsche!

Gracias a los columnistas por las luces que aportan al debate.

 

Raquel Judit Cárdenas. Manizales.

 

 

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