Abran paso

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Estoy acostumbrada a ser la única persona negra en grupos grandes y pequeños. No es algo que me intimide. Si alguien tiene un problema con el color de mi piel, que se revise o que se embrome. Fuimos a pasar el fin de semana a un pueblo del interior. El primer día dejamos el equipaje en la casa rural en la que nos hospedamos y le preguntamos a nuestros anfitriones por un lugar para comer. Cuando llegamos al restaurante del pueblo vecino, casi en el sur de Francia, casi a las tres de la tarde, todas las miradas se posaron sobre mí. No sobre nosotros dos: sobre mí. Había cuatro mujeres y una pareja de mediana edad. Los demás eran todos hombres, y todos viejos. Había un aroma a vino dulce y a carne a la brasa. Las mesas estaban vestidas con manteles de cuadros y las ventanas, con cortinas de ganchillo que le daban al restaurante una apariencia de cabaña de cuento.

No sabía qué hacer con tanta atención. Empecé a comportarme como una estrella de cine que espera que en cualquier momento se acerquen a pedirle un autógrafo. Lástima que no tuviera a mano un abanico o un cigarro con pitillo al estilo de El último cuplé. Cuando una camarera nos trajo la canastilla con el pan, estaba tan metida en mi papel que le agradecí con un “merci, querida”. ¿Qué era lo siguiente que iba a hacer? ¿Ponerme a bailar Chiquita Madame encima de la mesa? Tenía que frenar a la hedonista traviesa que se había adueñado de mí. Se lo advertí: Joséphine Baker, yo no soy tú, tú no eres yo y esto no es París. ¡Sal de este cuerpo!

Un joven negro nos sirvió vino y puso un plato de escalibada con salsa romesco sobre la mesa. En este punto de la historia, igual que en una película en la que el protagonista mira a la cámara y se pone a hablar con los espectadores, me alejé de mi interpretación por un momento. ¿Qué está pasando aquí? Despojada de la exclusividad de mi gloriosa negritud, me preguntaba a qué venía tanta miradera. Cuando el camarero trajo el segundo plato, le pregunté si conocía un lugar interesante que pudiéramos visitar. Mencionó un museo de botijos y un jardín diseñado por Gaudí. Aproveché que estaba en marcha la conversación para averiguar si era de la comarca. Era de Senegal. “¿Tú eres de Catalunya?”. Le dije dónde nací y él sonrió con todos los dientes. “¡Oh, debe ser muy bonito!”. Cuando llegamos a los postres, Jawara había pasado a tratarme de “hermana” y a interesarse por mis antepasados.

—¿De qué parte de África eran?

—Bueno, querido Jawara, dadas las circunstancias que llevaron a mis ancestros a América, en un punto de mi árbol genealógico empiezan a enredarse las ramas. Me gusta pensar que soy descendiente de Ana María, la mujer esclavizada que, según cuenta la leyenda, encabezó una rebelión en el ingenio de Boca de Nigua en 1796. Mis abuelos nacieron cerca de ese lugar. Mi abuela se llamaba como ella, Ana María.

En mi teléfono tenía la foto de un mural dedicado a la reina Ana María. Considero que se le debe dar trato de reina a una mujer que alentó la libertad en un ambiente de dominación absoluta, aunque su nombre no figure en las páginas de la historia oficial ni hayan levantado una estatua en su honor en una rotonda del pueblo. La figura de Ana María ocupa el centro de la escena. Tiene los brazos extendidos, fuertes como columnas jónicas, una corona de flores de moringa y un vestido blanco que deja entrever uno de sus senos. Detrás de ella, un ejército de hombres cautivos rompe en pedazos sus cadenas.

—Una pregunta, Jawara: ¿a ti también te miraban con tanta insistencia?

—Al principio, sí. Pero no te preocupes. Estoy convencido de que sus miradas son de admiración.

—¿Tú crees?

—No todos los días nos visita la descendiente de una reina.

sorayda.peguero@gmail.com

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