Abriendo la brecha

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Durante la Edad Media, Europa fue asolada por el flagelo de la peste negra. Millones de personas murieron atacadas por la enfermedad, que, manifestándose de distintas maneras, acabó con 1/3 de la población del continente en tan solo unos años. La peste bubónica atacaba con fiebre alta, dolores de cabeza e insoportables mareos. Continuaba con la formación de enormes llagas negras y terminaba con daños neurológicos en los pacientes, performando su ataque final con un infarto fulminante. La peste neumológica generaba ahogamiento, tensión baja y terminaba la vida del paciente con daños neurológicos y una repentina falta de respiración. Aquellos que padecían la peste septicémica amanecían con salud y vigor, pero la muerte los sorprendía al crepúsculo sin permitirles ver las estrellas de la noche una vez más. Semejante episodio no solo hundió a la población en un pánico absoluto, sino que los hizo reflexionar sobre cómo la muerte era una entidad igualadora de hombres: frente a ella, jerarquías sociales, privilegios económicos y renombradas posiciones no tenían ningún valor. Este cambio de percepción fue el abrebocas a la era del Renacimiento, que privilegió otras cualidades humanas frente a las diferencias de estrato social y económico.

Hoy en día, el COVID-19 parece dirigirnos hacia la dirección contraria. Según estudios y estadísticas recientes, la crisis económica que desató el coronavirus ha contribuido a abrir las brechas de desigualdad que tanto nos estaba costando cerrar en nuestro continente. En los últimos años, varios países de América Latina, incluyéndonos en los primeros lugares, habían hecho grandes esfuerzos para hacernos vivir en mejores circunstancias. En Colombia, por ejemplo, personas que habían nacido en extremas condiciones de miseria, sometidas a menudo al trabajo infantil y a denigrantes condiciones de vida, hoy en día ya podían contar con un trabajo más o menos digno, adquirir una vivienda con los subsidios del gobierno e incluso pensar en pagarles a sus hijos estudios universitarios. La crisis del coronavirus dejó a muchas personas sin empleo, teniendo que renunciar a los pocos privilegios de los que podían gozar, haciéndonos regresar hacia atrás al menos un par de décadas. De un mes para otro, el trabajo infantil volvió a estar a la orden del día y también aumentaron las cifras de prostitución: aumentaron los rostros de personas invisibles que con la cara cubierta salen a desempeñar oficios que antes les causaban miedo y escalofrío.

Y mientras tanto, ¿qué hacen los más privilegiados? El fiscal Barbosa no se la pensó dos veces antes de llevar a su hija de paseo a San Andrés, disfrutando de la soledad de las playas y de la compañía del contralor, cuando hay muchas personas que, separadas por algunos kilómetros de distancia, no han podido ir a visitar a sus familias en meses o que no tienen el dinero ni siquiera para permitirse un paseo por la sabana de Bogotá. El miércoles, amanecimos con la noticia de que el alcalde Pinto, del municipio de Algeciras en el Huila, celebró su boda con bombos y platillos, 50 invitados, servicio de catering y danzas tradicionales, mientras tantos otros se han visto multados por salir a vender productos en la calle para poder sobrevivir.

Esta pandemia está abriendo las puertas para que acaudalados y poderosos aprovechen sus ventajas, sometiendo a los demás a leyes y estrictas medidas que otros cumplen y que ellos no. El COVID-19 se ha posicionado como el gran “desigualador”, un virus que no solo ha dejado a gran parte de la población en la más extrema pobreza, sino que también ha llegado a quebrar y a fragmentar aún más la sociedad. A los que gozan del más mínimo privilegio no les importa nada de aquellos que deben sufrir las consecuencias económicas de la cuarentena o la tristeza que alberga el encierro: la falta de solidaridad que antes era fuerte ahora se acentúa, invitando a los más privilegiados al “sálvese quien pueda” mientras los demás padecen la increíble miseria que el coronavirus trajo de vuelta.

@valentinacocci4, valentinacr424@gmail.com

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