Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Absolución agridulce

A quienes nos hemos formado y vivido entre códigos, providencias judiciales y la academia, sabemos que un pilar de la convivencia pacífica es respetar las decisiones de los jueces, así no nos gusten.

No voy a romper esa línea con el fallo de la Corte Suprema que por mayoría bastante precaria terminó absolviendo a Plazas Vega, ni siquiera por el gesto inusual que reveló Plinio Mendoza, acerca de que el presidente de la Sala Penal llamó telefónicamente al propio coronel a comunicarle la noticia de su exoneración, que todos los presentes aplaudieron. Si hubiera sido al revés, la ultraderecha habría despotricado de los magistrados llamándolos indecentes, venales o incompetentes, como lo hicieron con los jueces de primera y segunda instancia, porque en esa cofradía solo aceptan las decisiones favorables.

La postura del coronel Plazas en cuanto se hizo pública la absolución que se había filtrado hacía meses a los medios, francamente resultó provocadora con las víctimas, que siguen sin conocer la verdad, y con el país entero. En efecto, las afirmaciones de Plazas según las cuales esta decisión en su favor repara la persecución en su contra, es tan necia como irresponsable. Olvidó el oficial tres detalles:

• que la Corte confirmó que sí hubo desaparecidos;

• que la absolución con la que fue beneficiado Plazas no se produjo porque los magistrados hubieren encontrado prueba fehaciente de su inocencia sino porque ante la duda debieron aplicarla en su favor (in dubio pro reo);

• que no fue una decisión unánime, pues de ocho magistrados, tres de ellos consideraron que sí era culpable.

Que tres magistrados hayan disentido de la mayoría que absolvió por dudas a Plazas confirma que la condena no era una temeridad, menos una persecución y que tenía sustento probatorio y jurídico. Plazas tendrá que admitir que ahora no puede dividir los togados de la Corte, entre justos y “bandidos”, dependiendo si apoyaron o no su exoneración.

La enseñanza que dejó este penoso litigio es que cuando se juzgan altos oficiales, además bien entroncados en medios y en refinados círculos sociales, quien se atreva a investigarlos o sancionarlos su vida se convierte en un infierno. Así les ocurrió a la fiscal Ángela María Buitrago y a la jueza María Stella Jara, dos funcionarias honestas que tuvieron el valor de haber establecido pruebas que en opinión de varios magistrados y jueces sí daban para condenar a Plazas Vega.

A la fiscal Buitrago, Plazas le formuló una temeraria denuncia penal, por la cual la distinguida jurista sigue hoy enredada, dizque por haber suplantado al testigo Édgar Villamizar, el cabo del Ejército que extrañamente se retractó de su versión inicial que incriminaba a varios oficiales y lo hizo coincidencialmente ante el procurador, la primera persona que visitó Plazas Vega al quedar en libertad. Según la senadora Tania Vega —esposa del coronel—, Villamizar murió recientemente. Si bien la Corte encontró inconsistencias en este testimonio, enterró el cuento infame de que había sido suplantado. A su turno, la doctora Jara padeció amenazas contra su vida y la de su hijo, por las que tuvo que exiliarse en Alemania donde enfermó de depresión, estrés postraumático y trastorno de ansiedad.

¿Quién dio la orden de amenazar a la jueza Jara? No se sabe, pero el mensaje intimidatorio quedó claro. Nunca durante estos años, y menos el día de la euforia en la que Plazas celebraba su exoneración, les hemos oído a él ni a quienes se rasgaron las vestiduras por su causa, repudiar las amenazas a la jueza Jara acaecidas precisamente mientras juzgaba al altivo coronel. Eso nunca les ha importado, y tampoco les importará en el futuro.

El fallo exoneró a Plazas, sí, es cierto, pero también ordenó compulsar copias para que se investiguen los excesos de la Fuerza Pública en la retoma del Palacio de Justicia, noticia gris para quienes aspiraban a sepultar de una vez por todas este episodio doloroso de nuestra historia. Ya veremos si en esa nueva investigación se repiten las amenazas a los funcionarios que se atrevan.

Adenda. Feliz navidad a los pacientes lectores, y, claro, también a los impacientes.

[email protected]hotmail.com

 

 

 

 

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