Por: Fernando Araújo Vélez

Acá

Acá, “donde en vez de un sol amanece un dólar”, como cantaba Rubén Blades, donde por ese dólar volvimos costumbre el empujar y clavar puñales por la espalda para marcar como perros nuestro metro cuadrado, y por estar en ese metro cuadrado nos volvemos especialistas, sin ver más allá ni más acá, como aquellos músicos rusos de los comienzos de San Petersburgo, mil setecientos y tantos, que se aprendían una nota y sólo una nota y luego se reunían para tocarla en el momento adecuado en un estricto orden decidido por un director, y entre todos, miles debían ser, producían una polka. Acá, donde olvidamos la máxima de Hipócrates, “el que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”, y la reemplazamos por mínimas como “el vivo vive del bobo”, “no importa que haga las cosas mal, lo que importa es que no se den cuenta”, o “el que piensa pierde”.

Acá, a donde casi todos llegan a hacer plata y a ser gerentes para formar una sociedad de plateros y gerentes, porque les dijeron que sólo acá podrían triunfar y que la única forma de triunfar era acumular billetes y tener poder. Acá, donde la felicidad se mide, donde lo postizo es ley, donde la ley se compra y se vende, y donde se entierran las felicidades que son sinónimo de lucha, de descubrimiento, de conocimiento, de plenitud. Acá, donde los amores y los cargos y los sueldos son un fin, en lugar de ser medios para, y donde los medios para son aparentar y difamar. Acá, donde los niños van de la casa al bus escolar, de ahí a la escuela y de la escuela a la casa, donde los ancianos permanecen en sus habitaciones y las mujeres caminan rápido, con la mirada clavada al piso para que no las ataquen. Acá, donde nadie quiere decaer porque nadie quiere desnudarse ante un espejo.

Acá, donde gatos, perros, niños, hombres, mujeres, casas, carros y árboles son posesiones, y por lo tanto, competencias. Acá, donde nos matamos si alguien es distinto y opina distinto, pues nuestras verdades son nuestras mayores seguridades, aunque no sepamos ni de dónde vienen ni para dónde van. Acá, donde ni siquiera somos dignos de nuestros odios o de nuestras venganzas, pues acabamos a tiros a nuestros enemigos sin comprender que aniquilándolos nos aniquilamos nosotros. Acá, donde la mezquindad y la liviandad imperan, y donde en vez de tomar, pedimos y seguimos pidiendo.

 

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