Por: Mauricio Botero Caicedo

¿Acabar con los ricos o terminar con los pobres?

Una anécdota —que ilustra la mediocridad de la izquierda radical— cuenta que cuando Otelo Saraiva de Carvalho (artífice en 1974 de la llamada Revolución de los Claveles en Portugal) se encontró con Olaf Palme, el primer ministro sueco, le dijo: “En Portugal queremos acabar con los ricos”, a lo que Palme le respondió: “Qué curioso, nosotros en Suecia solo aspiramos a terminar con los pobres”.

La vigencia de la anterior anécdota ilustra la dicotomía entre los profetas de la igualdad de los países como los escandinavos, en donde se practica un capitalismo vigoroso y responsable, en los que la envidia y el resentimiento son la excepción y no la regla, la corrupción tiene poca cabida y aspiran es a terminar con los pobres, y América Latina, en donde impera un capitalismo de instituciones extractivas (según la acertada definición de Acemoglu y Robinson), reina la corrupción, la envidia y el resentimiento se dan silvestres, y el objetivo es acabar con los ricos. La izquierda, como lo ha hecho en Cuba y Venezuela, en su patológica obsesión de acabar con los ricos está más que dispuesta a sacrificar, en el altar de la igualdad, la casi totalidad de las libertades individuales. Nuestros mamertos, que no entienden sus drásticas políticas redistributivas, terminan es en la repartición equitativa de la miseria, insisten en que las personas son pobres por culpa de los ricos, convicción tan peregrina como asumir que los Renaults son lentos por culpa de los Ferraris.

Dicho lo anterior, si en Colombia pretendemos terminar con los pobres, no podemos seguir con una legislación laboral obsoleta que nos ha llevado a una informalidad por encima del 60 % y un desempleo entre los jóvenes del 20 %. Parte del problema es que los costos laborales de contratación en Colombia son muy altos, costos que naturalmente inciden en lo que puede llegar a ser uno de los más altos niveles de informalidad en el mundo. Para Fenalco, cuando una empresa quiere contratar a una persona, pero no la necesita de tiempo completo, muchas veces prefiere no contratarla, porque el exceso de costos encarece su nómina. Adicionalmente, no parece ser muy realista acabar con la pobreza sin haber simultáneamente estrangulado la corrupción. Muy pocos se dan cuenta de que es el mismo Gobierno, que expide leyes, decretos, normas y reglamentos muchas veces insensatos, el que contribuye a alimentar la corruptela. En los países con alto nivel de corrupción, 70 de cada 100 personas son pobres, mientras que en aquellos con muy bajo nivel de sobornos, menos de una persona de cada 100 lo es. Tercero, como lo acaba de señalar la OPEC, “las transferencias monetarias a la población más desfavorecida son escasas” y gran parte de los subsidios “van a parar a la población más rica”. En Colombia se nos hizo creer que se estaba implementando un “Estado de bienestar”, cuando en realidad lo que se había impuesto era un “bienestar del Estado”, en donde los políticos, los legisladores y los magistrados, acompañados de los altos burócratas y de sus familias, se han y se siguen lucrando de casi la totalidad de los subsidios y apoyos del Estado a los menos favorecidos.

Apostilla: en relación a las elecciones del domingo pasado, ni tanto triunfalismo, ni tanto derrotismo. No debemos olvidar la sentencia de José Saramago: “La derrota tiene algo de positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva”.

889218

2019-11-03T00:00:39-05:00

column

2019-11-03T01:00:01-05:00

[email protected]

none

¿Acabar con los ricos o terminar con los pobres?

49

3564

3613

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio Botero Caicedo

Ni siquiera a los trabajadores

El cartel de los 18

El ruido de las chicharras

¿Será que les quedan fuerzas?

El precio de ahuyentar a los ricos