Por: Columnista invitado

¡Acabemos con el proceso de paz y traigamos la guerra a las ciudades!

ESTA PARECE SER LA ÚNICA FÓRMULA que nos queda para que los sectores que hoy claman por el fin de los diálogos de paz y la profundización del conflicto se pellizquen y se den cuenta de que el horror debe terminar de una vez por todas y de que por ningún motivo hay que pararse de la mesa.

Para quienes la guerra en Colombia ha sido sólo titulares de prensa en lugares remotos de nuestra geografía rural, con víctimas civiles anónimas de extracción popular (al fin y al cabo siempre han estado acostumbrados a sufrir)... y jóvenes campesinos carne de cañón, enrolados en las filas del ejército, guerrilla, paramilitares, narcotráfico, bacrim, delincuencia común... la guerra es sólo una abstracción, unos datos, unas estadísticas. ¿Cuántos atentados como los del Club El Nogal y cuántos carros bomba en los centros comerciales o en las calles de las principales ciudades, como en los peores momentos de la era Escobar, se necesitarían para que quienes han sido cómodos espectadores de una demencial carnicería digan ¡NO MÁS!... ¡esto hay que pararlo!?

Es un hecho irrefutable que si nuestro horrendo conflicto armado se hubiera concentrado en la ciudades y no en las selvas y montañas de Colombia, no habría durado 50 años sino a lo sumo 5. Si los hijos de los dueños del país —y de la guerra— (entre ellos Tom y Jerry) hubieran sido combatientes y hubieran perecido o sufrido mutilaciones, violaciones, vejaciones y despojos de todo orden, el clamor por la paz sería unánime... Pero no. Hoy, por un repudiable y atroz hecho de guerra como fue la masacre de los 11 soldados por parte de las Farc en un remoto caserío del Meta (¿o fue en el Caquetá? ¿Cauca? ¿Putumayo? Da lo mismo... por allá...), muchos se rasgan las vestiduras y claman por más guerra. Lo que se está negociando en La Habana es justamente el fin de todas estas aberraciones que cometen tanto la guerrilla como algunos agentes del Estado y de la Fuerza Pública: emboscadas, secuestros, minas antipersonas, falsos positivos, extorsiones, corrupción estatal. Algunos dicen que la negociación que se está llevando a cabo es entre asesinos, entre los representantes de quienes han sido responsables por lo que ha ocurrido durante medio siglo en este país del horror. Razón no les falta. Un Estado indolente y corrupto que en muchos casos ha despreciado e ignorado a su gente y que le ha negado durante décadas las oportunidades de una vida digna a la mayoría de sus asociados, dialoga con un ejército irregular y delirante de alzados en armas, que han llenado también de dolor y de sangre nuestro territorio. Pero hay que abonarles, a unos y a otros, el que hayan tenido la voluntad y la persistencia de sentarse en una mesa, lejos del tronar de las balas, a dialogar.

En La Habana se está negociando el fin de una guerra no lo olvidemos... No nos dejemos confundir. Y la única forma de acabarla es reconociendo los terribles errores del pasado que TODOS (por acción u omisión) hemos cometido... Debemos asumir como colombianos la responsabilidad compartida por haber engendrado el país inviable, invivible e inmoral que tenemos.

Paz ahora o guerra en las ciudades, que nos involucre, nos conmueva y nos horrorice a todos.

 

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