Maratón musical del Pacífico contra el coronavirus

hace 1 hora
Por: Mauricio Rubio

Academia, burocracia, informalidad y virus

La prevención de esta epidemia causará estragos que nadie sabe cómo mitigar.

En estos días de encierro recordé los asuetos forzados por huelgas o paros cuando niño. Súbitamente me interesaban las noticias. Con total inconsciencia económica rezaba para que la emergencia continuara. La noción de desabastecimiento, actualmente generalizada, nunca empañó esos descansos como lo hacía mi mamá al volver del mercado anunciando que dejaría de comprar mantequilla por lo cara.

Con matices tipo negociar la mesada o lidiar aspavientos por la matrícula, en la universidad mantuve cierta despreocupación por la economía real, a pesar de estudiarla en una reputada facultad. Cuando participé en un proyecto sobre vivienda compartida en el barrio Kennedy me pidieron algo inusual: hacer trabajo de campo. Con narcotráfico incipiente, los nuevos ricos llamativos eran esmeralderos en su emblemático Dodge Demon. Como encuestador visité una casa con dos de esos vehículos parqueados al frente. El propietario anotó orgulloso que no arrendaba habitaciones y al preguntarle por sus ingresos respondió: “ponga cualquier pendejada… un salario mínimo”. Ese inesperado contacto con el bajo mundo mermó definitivamente mi confianza en la visión del país desde la academia.

Enfrenté otras paradojas. Colosales fortunas ilegales, ya vox populi, torbellino cambiario, exorbitantes precios inmobiliarios, se tapaban con eufemismos como “ventanilla siniestra”, una lavandería oficial de divisas. La manía de ignorar la economía ilegal persistió hasta nuestros días: fue un error garrafal del proceso de paz y ahora debe estar anaranjada.

Aunque se hablaba constantemente de empresas privadas, mercados eficientes y unas pocas instancias de intervención estatal, la facultad formaba la tapa burocrática. Era mal visto que estudiantes con buenas notas se emplearan en el sector privado. Tocaba renunciar al egoísmo ensalzado en clases de micro y trabajar por el país, en el Banco de la República, Planeación o algún otro selecto trampolín para estudiar en el exterior y volver a empezar la carrera. Seguí el manual del uniandino pilo y viajé becado a los EEUU para hacer doctorado en economía.

Antes de la tesis, que ni siquiera empecé, sufrí por primera vez en mi vida la complejidad, dureza y opacidad de la realidad económica colombiana. Experiencias y dilemas de amigos delinearon la Y que enfrentaba. Perseverar en la profesión con subsidio familiar para pagar un alquiler o, salto al vacío, montar un negocio que permitiera vivir decorosamente, sacrificando plácidas horas de biblioteca. Bajo ese escenario, debía someterme a una clientela caprichosa, nómina, impuestos, arriendo… y depender de una caja registradora implacable. Opté por diversificar y seguir las dos pistas, que con altibajos logré mantener. Pronto entendí que con esa maniobra de supervivencia buscaba compensar, sin exilarme, el impacto devastador de la economía subterránea sobre los salarios formales. Después emigraríamos motivo conflicto armado.

Volviendo a la cuarentena, a pesar del gusto por jugar cartas a media tarde, ahora me resulta imposible compartir la dicha de mi hija por capar colegio durante varias semanas. El impedimento no es mi formación profesional sino el sello indeleble de pequeño comerciante en Chapinero. Saber que pocos días sin ventas bastan para quebrar un negocio y constatar que unas autoridades obcecadas por permisos y licencias son insensibles a ese drama fueron certezas que me marcaron para siempre. Por eso abomino alcaldadas como el día sin carro, la ley seca o manifestaciones que perturben la rutina comercial. Además, al enfrentar precios totalmente disparatados, o insólitos proveedores, pude experimentar que la economía ilegal permea los negocios colombianos mucho más de lo que se reconoce oficial y académicamente. Es lo que muestran hace años guionistas perspicaces de TV.

Análisis preliminares de la crisis hechos en democracias maduras, con instituciones sólidas, comunidades científicas de punta y opinión pública informada sobre las decisiones apresuradas con datos epidemiológicos deficientes ilustran lo que puede ocurrir en Colombia. Faltan datos, muchas cuentas, pragmatismo, liderazgo político y observación minuciosa en el terreno, porque lo que viene es inédito, totalmente incierto. Solo se sabe, como en el cuento, que algo muy grave va a pasar en este pueblo.

Artesanos, cuentapropias, empleadas domésticas y microempresarios informales serán damnificados económicos del virus sin la adecuada comprensión de la crema burocrática e intelectual que con teletrabajo mantiene sus ingresos. Unos reforzarán lo que mejor saben hacer, mandar. Otros mantendrán invariables tanto su exigencia de mayor gasto público, que esta vez sí será ágil y transparente, como su angustia inercial por la miseria rural, aunque allí el riesgo de contagio sea menor y la subsistencia esté garantizada. Ante el colapso del rebusque y la informalidad urbanos, las mafias extenderán sus tentáculos. Élites iluminadas que salvan el país con restricciones y prohibiciones, sumadas a una oposición, también de raigambre cristiana, que busca culpables de catástrofes o genocidios es precisamente el entorno que aprecian quienes llevan décadas explotando mercados negros, contrabando y sobornos adobados con miedo.

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2020-03-26T00:00:10-05:00

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2020-03-26T05:37:51-05:00

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Academia, burocracia, informalidad y virus

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